BIENVENIDOS A LA MALETA DE PILI:

Una maleta cargada de ilusiones, aventuras, anécdotas, sorpresas, recuerdos y mucho más…







domingo, 31 de diciembre de 2017

Recorrido por el 2017 a través del blog

RESUMEN DEL 2017 A TRAVÉS DE LAS ENTRADAS DEL BLOG


Señal de Tráfico de Alto




ALTO EN EL CAMINO DEL 2017


A veces es bueno hacer un alto en el camino, detenerse, echar la vista atrás, coger impulso y seguir marcando las huellas en el camino de la vida.

Hoy que es el último día del año 2017, me apetecía hacer un recorrido por lo que ha sido el año a través de las entradas en el blog. Los post no son todo lo que ha ocurrido durante este año, porque me he dejado en el tintero aún mucho que contar, pero sí que es algo significativo de lo que ha acontecido en mi pequeño micro espacio, para ir dejando plasmado lo que ha pasado.

A pesar de que cuando llega el final de un año es bueno hacer un balance, de lo que no me cabe duda, es que si no escribiera en este humilde blog, no sería capaz de recordar muchas de las hazañas que he vivido. La memoria es caprichosa y este ejercicio de escritura me ayuda a no olvidar y registrar cada uno de los momentos vividos. Desde hace unos años a esta parte, los años me pasan más que volando y el hecho de echar la vista atrás, se asemeja a un espejismo. Gracias al blog revivo momento y soy capaz de hacer un recorrido por los meses, gracias a los post escritos.

Con este post que estoy redactando será la entrada número 40 de este año,  que no está nada mal. Así que solamente espero poder seguir uniendo palabras en este nuevo año que a pocas horas está de inaugurarse. Continuar con el mismo ritmo de publicación o superarlo. Os deseo todo lo mejor, muchas aventuras, viajes, lecturas y mucho que contar. De igual modo, espero seguir rellenando todos los huecos que puedan caber en una maleta con muchos post más y que estéis ahí para leerlos.

¡Feliz y dulce año 2018 para todos!

EMPEZANDO RECORRIDO POR EL 2017 A TRAVÉS DE LOS POST DEL AÑO

El 2017 lo estrené con un post sobre los libros que habíamos ido leyendo en el grupo de Facebook: Saboreando Libros. La lectura es fundamental que esté en nuestras vidas, ya se sabe que es otra manera de viajar, de relajarte, de dejarte llevar y de ampliar tu vocabulario. Mi primera lectura del año fue: Patria de Fernando Aramburu. Este libro narra el conflicto de ETA en el País Vasco desde diferentes puntos de vista. Ha sido, para mí, sin duda, el libro del año, porque sin miedo relata lo que significó ETA, tanto desde dentro, como para familiares y víctimas. Ha ganado diferentes premios por ser un libro que ha tratado el tema del terrorismo desde diferentes vertientes y en una zona que estuvo muy golpeada por esa lacra terrorista.
El título del libro, Patria, que significa: Lugar o comunidad con la que una persona se siente vinculada o identificada por razones afectivas.
Y, como si de un preludio de lo que iba a acontecer este 2017 con palabras y términos como: patria, tierra, identidad, país y demás términos se ha hablado bastante en este año. El patriotismo llevado al extremo, tanto de un lado como de otro, nunca es bueno, ya que, como siempre digo, los extremos siempre dañan. Pero, sobre todo, si a todo esto se le suma la violencia, la represión y se niega a que entre en juego la palabra y el diálogo, perdemos todos.  

Más tarde, llegó a nuestras vidas llegó un nuevo miembro en la familia. Un pequeño plumas, una ninfa, que se llama Pingu y nos alegra los días con sus cantos. Ha venido, para hacer compañía a Rufi, pero, a pesar de que ellos convivan juntos en la jaula y vuelen juntos en sus ratos de ocio, no solamente le hace compañía a ella, ya que, como digo, nos alegra con sus silbidos y  sus cariños a todos. En este tiempo que lleva con nosotros, que todavía no hace ni un año, ya ha aprendido a silbar varias melodías, a hacerse mimos con Rufi, a volar a sus anchas y seguirte allá donde vayas de casa, con lo que conlleva tener un cuidado con las ventanas y puertas.  


Foto de nuestra ninfa Pingu




Con el estreno de la primavera recobré la inspiración y volví con la creación de textos olvidados. Incluyendo pequeños bocados de textos, los llamados microcuentos y celebrando los dos años del grupo de Saboreando Libros, un grupo en el que se sugieren libros, se comparten opiniones y, de vez en cuando, hacemos lecturas en común, para ir leyendo un mismo libro a la vez que se comenta y se dan diferentes puntos de vista.   

Aquí os dejo un ejemplo de todas las entradas creativas, en las que he escrito algunos textos. Espero que en 2018 la creatividad, la inspiración y las ganas me sigan acompañando, para no abandonar el arte de con palabras crear un escenario, unos personajes y una trama.
Relatos publicados en el blog en 2017:

Reflexioné sobre la Semana Santa y el cambie de fecha en el calendario. Seguro que muchos de vosotros ya sabíais el porqué, pero a mí, el hecho de escribir el blog, no solamente me sirve para escribir y dejar mis memorias por escrito, sino que con cada post que hago aprendo, ya sea con alguna fecha, con algún nombre, definición o recuerdo olvidado. En este caso quise indagar y compartir con vosotros el porqué del cambio de fecha cada año de la Semana Santa.  
He querido compartir qué día de la semana me gusta más, y, aunque pueda parecer una tontería, seguro que siempre hay algún día que agrade más que otro, ya sea porque es inicio o final, porque notas en el ambiente más sonrisas o simplemente porque te gusta. A veces este tipo de preguntas como qué color es tu favorito, o qué te gusta más esto o esto, puede tener diferentes respuestas, dependiendo en el momento en que estés, pero casi seguro que tendrás respuesta. ¿Y, a ti, qué día de la semana te gusta más?

Abrí la puerta a hablar de los podcast, ese mundo, para algunos todavía desconocido, pero que es muy entretenido. Un mundo que está repleto de voces, donde podrás encontrar audios de todo tipo, desde música, hasta cine, desde misterio hasta deportes, y seguro que puedes encontrar alguno que te pueda aportar mucho. Sobre Podcast hice varias entradas, y más que tendré que hacer, porque hay mucho que descubrir. Uno de ellos fue sobre: El mundo de los podcast  y otro orientado a los podcast que te pueden ayudar a sumergirte en el idioma de Shakespeare: Podcast para aprender inglés.

En 2017 descubrimos el Parque Nacional de Aigüestortes, viendo el lago de San Mauricio helado, respirando en plena naturaleza, viendo a la peluda Kenzie pasárselo en grande en la nieve, pero, sobre todo desconectamos haciendo una Escapada al Pallars Sobirà.  A veces, a pesar de que no sean semanas, simplemente un par de días, ya sirve para desconectar del día a día. A veces no hace falta ni moverte de tu sitio de confort, pero a veces si que es necesario, escaparte y respirar otros aires, para renovarte y seguir adelante con la rutina.

Me di cuenta de que, a veces algunos post del blog, por muchas fotos que incorpore y vídeos que pueda incluir, era mucho mejor contarlo con mis propias palabras. Además, a veces me encontraba en la tesitura de querer colgar algún vídeo grabado por mí, y no sé si por la plataforma que utilizo o el porqué, pero después  en algunos dispositivos no se podía reproducir correctamente, y tenía que pasar los vídeos a Youtube para poder subirlos en la entrada del blog que quisiera que estuviera ese vídeo en cuestión. Es por ello que pensé en renovar el blog, y ya que cuenta con el soporte de redes sociales como: Facebook y Twitter, faltaba que tuviera su propio canal de Youtube. Así que me animé a crear el Canal de Youtube de LamaletadePili, así el blog tendría también cara. Creo que es una manera de darle más visualización, publicar otro tipo de contenido que, a veces con soporte audiovisual ayuda a completar un post. Además, así todos los vídeos que suba están en el canal y todo queda vinculado.  


Celebramos como si de un cumpleaños en toda regla se tratase el cumple trimestre de Pingu. Queríamos celebrar por todo lo alto la buena adaptación que ha tenido el pequeño plumas de la casa. Lo bien integrado que se siente y que nos sentimos con el nuevo miembro de la familia.

Recordé fechas en el calendario que marcan la diferencia, porque siempre hay números en el calendario que están escritos como los demás, pero que para ti significan mucho más que unas cifras en un papel. A veces, si piensas y echas la vista atrás, puedes ver que hay números que, aunque a primera vista parezcan que no significan nada, te das cuenta de que el destino es muy caprichoso y hace que haya fechas, números, cifras que signifiquen mucho más. Entonces, es cuando los recuerdos afloran y ves que las coincidencias te pueden dibujar sonrisas.

En junio cuando el calor ya empezaba a hacer de las suyas, fuimos a que Kenzie disfrutase de la playa para perros que habían instalado en Barcelona. Así que, estrenamos la playa para perros en Barcelona. A ella, a pesar de la edad y los achaques, la playa es un lugar que le encanta. Y, a pesar de que ya sabe sus limitaciones y se cansa más, aún disfruta como una cachorro. A nosotros nos encanta ir a sitios en los que pueda sentirse libre y jugar, verla feliz nos hace feliz a nosotros también. Y, ya que seguimos sin ninguna área para perros en el barrio, para que pueda jugar de forma controlada, tenemos que buscar otros sitios en los que lo pueda hacer. Puede que no lo hagamos con la frecuencia que se merece, pero al no tener ninguna área cercana destinada a los canes, no podemos hacerlo con la asiduidad que nos gustaría. Espero que, aunque no lo pueda disfrutar como lo hubiera hecho en años anteriores en este 2018 el Ayuntamiento de Barcelona se ponga las pilas con este tema y le den un buen regalo a nuestros peludos. Ellos se lo merecen, después de que sus dueños se pasen, en la mayoría de casos más de ocho horas fuera de casa. En el caso de Kenzie, al ser un perro guía, está todo el día en tensión, trabajando y se merece tener su momento de diversión, de desconectar y sentirse como un perro más.  

En lo que sí que se pusieron las pilas el Ayuntamiento de Barcelona fue en ponerme los semáforos sonoros que tanto tiempo llevaba solicitando. Sé que aún hay mucho camino por hacer en cuanto a barreras arquitectónicas, y para que haya plena accesibilidad. Sin embargo, no entendía cómo costaba tanto instalar unos semáforos acústicos en una zona que no solamente había solicitado yo, sino que me consta que muchas más personas que apoyaban mi causan lo habían hecho. Yo necesitaba cruzar cada día por esa avenida tan transitada, y quería hacerlo sin tener ansiedad, con seguridad y cuando quisiera. Al fin, lo conseguí, y ahora aquella hazaña que tanto me costó la recuerdo  cada vez que tengo que cruzar para ir a mi puesto de trabajo y sigue sonando a música celestial cada vez que está en verde para mí.    



Además aprovechamos para descubrir un festival que se realiza en Barcelona. Un festival que sirve para conocer otra cultural, y en este caso, con lo que estábamos planeando no podíamos faltar. Festival Matsuri en Barcelona, un evento que te acerca la cultura japonesa.

El mes de julio llegó y se notó que la gente era más feliz, porque se acercaban las vacaciones para algunos, por el calor y por el efecto de la serotonina. Fue un mes de efemérides, ya fuera por el 25 aniversario de las Olimpiadas en Barcelona. A pesar de que ha llovido y nevado bastante desde aquella época, recuerdo con cariño algunas cosas de aquel 92 que hizo cambiar mi ciudad.   
Además, también se cumplieron 20 años del asesinato a manos de ETA de Miguel Ángel Blanco, alguien a quien no conocía, pero que durante aquellos días del 97 todos lo hicimos uno más de la familia. Puede que, aunque no lo recuerde con nitidez por el tiempo pasado, por mi edad de aquel entonces, me marcó, ya que fui a una de las manifestaciones más multitudinarias. El pueblo sin miedo salió a la calle, para condenar esa muerte y para gritar a los terroristas: ¡Basta ya!

En uno de los meses del año que más gente viaja, aunque la dinámica poco a poco va cambiando, dejé 25 frases para viajeros.  Además de presentar una herramienta que puede venir muy bien en el día a día, o cuando viajas, para ir escribiendo tus memorias, y esos no son, ni nada más ni nada menos, que mis queridos mini teclados. Sin estos pequeños teclados portátiles no escribiría con tanta frecuencia en el móvil, ya que gracias a ellos, me resulta mucho más fácil poder hacerlo.
Hablé de lo poco que nos gustan los días de lluvia a Kenzie y a mí.  
Pero, sin duda y desgraciadamente, lo que más marcó fue que el terrorismo
Imagen: Barcelona con lazo negro
acechó a mi querida ciudad de Barcelona. ¿Quién me iba a decir a mí, que después de hablar un mes antes de la muerte de Miguel Ángel Blanco, del terrorismo y de la manifestación a la que asistí con 13 años, el terrorismo volvería a ser el protagonista, volvería a salir a la calle para demostrar que no teníamos miedo? Pues, así fue, por una de las calles más pisadas de Barcelona, Las Ramblas, el terror, la barbarie y la sinrazón se cebó con ciudadanos de a pie. Barcelona se quedó sin palabras, pero salimos a la calle para solidarizarnos con las víctimas y gritar que no teníamos miedo.   

Septiembre con la vuelta al cole, volví a recordar la importancia de la lectura y recomendé 10 libros para 10 ciudades. Pero, sobre todo, me volví a dar cuenta que los años van pasando y ya es una década los que la peluda Kenzie cumplía, así que fue el turno de cederle la palabra a Kenzie. Y, aunque sea un sentimiento agridulce ver que la peluda ya tiene diez años, sobre todo lo es de felicidad. Nos alegra que siga con nosotros, que siga demostrando su carácter, que siga guiando, y, que a pesar de todo, siga al pie del cañón.  

Kenzie y Pili con la estatuilla que le dieron la Asociación de perros guía por su décimo aniversario


Empecé a dejar unas pinceladas sobre nuestro próximo viaje, el viaje del año. Nuestras vacaciones se acercaban y ya estaba casi todo listo, así que solamente me quedaba compartirlo con los lectores del blog. Estábamos emocionados, ilusionados y con la incertidumbre de no saber cómo sería ir a un destino desconocido.  Al fin y al cabo, después de meses esperando y viendo cómo todos se iban y venían de sus vacaciones, llegaron nuestras ansiadas vacaciones.  Aunque a veces las esperas se puedan hacer eternas, todo llega. Y tal y como llega se va, así que después de nuestro viaje a Japón, sufrimos las consecuencias del Jet Lag, aunque reconozco que fue mucho peor al llegar al destino que al volver.  

Una vez que volvimos de nuestro viaje, tocaba volver a la realidad y enfrentarnos de nuevo a la rutina diaria. Sin embargo, no podía dejar escapar la oportunidad de plasmar mis primeras impresiones generales sobre nuestro viaje a Japón y Corea.  



Y, a pesar de que este blog no esté centrado en viajes, ya que hablo un poco de todo, ya que todo puede caber en una maleta, y, en este caso la mía, la de Pili, fuimos nominados a los premios Liebster awards, gracias a unos asiduos lectores como son Nunitravelers.  Nos hizo mucha ilusión que pensasen en Lamaletadepili para nominarnos, porque, a pesar de que hablo de todo, sí que es cierto que creé el blog cuando iniciábamos un viaje, Viaje aDublín, y que siempre que realizamos alguna escapada o viaje lo intento narrar en algún post, para que quede en el recuerdo. 

Este año aún no había seguido con la dinámica de seguir publicando Refranes y dichos populares, su significado y origen. Ese tipo de expresiones que utilizamos en el día a día , que están muy presentes en nuestro habla, pero que llevan años utilizándose. Así que, haciendo referencia a la expresión: La curiosidad mató al gato, me puse a descifrar algunas de esas expresiones que contienen la palabra gato. Aunque de esta saga titulada: Refranes y Dichos Populares solamente lleve cuatro entradas, espero poder ir escribiendo más en este 2018, porque aún hay muchas expresiones de las que me gustaría saber de dónde vienen, y a medida que lo descubro poder compartirlo con vosotros.

Después de escribir unos retazos gigantescos y detallados sobre nuestro viaje a Japón y Corea, tocaba centrarse en ir por partes para que fuera lo más detallado posible, ya que un viaje de estas características no lo habíamos realizado hasta el momento. Así que empezamos desde el Vuelo, el vuelo más largo hasta el momento que hemos emprendido.  Y siguiendo por las diferentes paradas que hemos ido haciendo durante el viaje. De momento llevamos publicadas las paradas de Tokio y Kioto.  Aún nos quedan unas cuantas paradas que contar sobre nuestro viaje, así que, en 2018 seguiré publicando paso a paso y lugar a lugar cómo fue nuestra aventura por el país nipón y por Seúl, Corea del Sur.    

¡Un brindis por todos los momentos compartidos y por todos los que vendrán!  

¡Por muchos más viajes, más aventuras y más posts!

Y ahora toca darle al PLAY del 2018 y empezar a jugar. 


                 
Señal de Tráfico de Alto




2018




domingo, 24 de diciembre de 2017

Segunda parada: Nuestros 3 días en Kioto

3 días en Kioto


Kioto nos recibió tal y como nos había despedido Tokio, con lluvia. Así que, aunque el hotel estuviera más o menos cerca de la estación, no era plan de mojarnos y menos ir cargados con las maletas y mochilas. Cogimos un taxi, dimos la dirección del Hotel, pero no había manera de que nos entendiera. El conductor no sabía inglés. Le enseñamos el papel de la reserva, en el que estaba escrito el nombre del alojamiento. Se quedó igual, no es que no supiera leer, pero no entendía los caracteres occidentales, como ya nos había avisado que podía ocurrir, fuimos previsores y llevábamos una copia de la reserva en japonés. Se lo enseñamos y su cara se iluminó con una sonrisa, asintiendo, como diciendo que eso era ya otra cosa. En pocos minutos llegamos al hotel River East Nanajo.  

Nada más llegar nos dio muy buena impresión, porque, a pesar de que no era la hora de entrada, nos dejaron realizar el check in y nuestra habitación ya estaba lista para nosotros. Además la recepcionista fue muy amable y hablaba un inglés perfecto, la cual cosa nos alivió. La habitación era mucho más que una habitación, era como un apartamento: con nevera, cocina, baño, lavabo, comedor, armario y cama. Estábamos sorprendidísimos. Pero, había una norma, dejar el calzado en un rellano que había antes de pisar la súper habitación. Para ello nos habían dejado varias zapatillas a nuestra disposición. Todo un detalle.  
Después de ver la sorpresa que nos había deparado nuestro alojamiento en Kioto, dejamos las cosas y nos fuimos en búsqueda de un sitio para comer y visitar el Santuario Fushimi Inari.  

Aparte de la buena ubicación de la guest house, sus instalaciones y su buen trato,  esa misma noche nos dimos cuenta que en la entrada había un cartel dando la bienvenida a los huéspedes que entraban ese día. Y ahí estaba el nombre de Carlos en la entrada, dándole la bienvenida. 

Cartel Bienvenida en el hotel  con nombre de Carlos




Ya no llovía, por tanto fue un descanso meteorológico y una calma a la hora de hacer turismo sin necesidad de ir con chubasquero, ni paraguas, aunque lo llevábamos por si acaso. El restaurante lo encontramos de camino, estaba más o menos cerca del hotel, y nos gustaron los platos que tenían en el escaparate. En muchos casos, los restaurantes dejan el menú del día en el escaparate, al contrario que aquí que nos encontramos con la típica pizarra con los platos del día, allí son platos de cerámica recreados a la perfección de como son, y así aunque no sepas qué es con el nombre, sabes qué contiene y te puedes hacer una idea de lo que contiene el plato. Al entrar vimos que en las mesas había ceniceros, una vez más se podía fumar en el restaurante. El menú era indescifrable para nosotros y la dueña, muy amable, pero sin saber inglés no
Menú indescifrable en japonés
nos podía ayudar. Así que tuvimos que salir afuera, para saber qué queríamos pedir. Decidimos, Carlos su ansiado ramen y yo un arroz con curry. El menú estaba muy bien de precio y muy rico. 

Con la barriga llena fuimos a conocer el Santuario Fushimi Inari estaba muy cerca. Todo estaba cerca del alojamiento, porque el restaurante estaba en línea recta a dos calles, y a tres calles más todo recto, encontramos un gran torii que nos daba la bienvenida al reciento. Había varios templos, y a medida que íbamos subiendo escaleras veíamos más y más gente que como nosotros quería conocer el escenario donde se rodó Memorias de una Geisha. Este santuario es muy famoso por la cantidad de toriis rojos que van haciendo un camino.  
Pili tras torii rojo

Todo el camino está flanqueado por miles de toriis rojos que te acompañan durante toda la ruta, además de escaleras. Se podría decir que no es muy accesible por la cantidad de escalones que hay que ir subiendo sin barandilla, pero gracias a la mochila de Carlos y a los toriis no tuve mayor problema. Son más de 4 km que van rodeando y subiendo el monte Inari, así que es muy cansado. Reconocemos que no subimos toda la colina entera, porque cuando parecía que llegábamos a la meta, había más y
más escaleras para ascender, así que, después de un buen rato subiendo, nos paramos, descansamos y decidimos descender. A todo esto, nosotros íbamos disfrutando del lugar, haciéndonos fotos en cada rincón, haciendo fotos a otros
Escaleras y más escaleras
turistas que nos pedían que hiciéramos de fotógrafos,
Pili tocando relieve de letras japonesas - Kanji-
sentándonos en bancos para disfrutar del ambiente, tocando los toriis, sus inscripciones y rodeándolos. Pensando en la cantidad de años, incluso siglos que llevaban allí. Fue cansado, pero muy placentero visitar un santuario de estas características, y además gratis. A la hora de descender, fuimos viendo santuarios, en el que había papeles en murales, en los que la gente dejaba sus deseos. En otros ya eran más elaborados y los mensajes estaban colgados con maderas. Había estatuas de zorros, ya que se representaba de esta manera al mensajero del Dios Inari. Además de ver algún que otro buda. A pesar de ser un lugar muy concurrido, y en algunos tramos encontrar masificaciones, en otros rincones éramos los únicos del lugar. Nos encantó por la calma, por lo mágico del lugar y por estar en uno de los santuarios más antiguos y populares de Kioto. Era maravilloso descender y sentir la calma en un monte, un lugar bucólico y simbólico, a la vez que notábamos el sol rojizo del atardecer.

Este santuario es un imperdible si viajas a Kioto, por su belleza, por lo que te hace sentir, por su magia, por su historia, porque es gratis y está abierto las 24 horas del día.    

Carlos rodeado de torii rojos


Por la noche, como no encontrábamos nada cerca del hotel para cenar, aunque
Pili por la noche en Kioto
seguramente sí que habría. Fuimos a Pontocho, para ir allí fuimos  al metro. El metro de Kioto, poco tiene que ver con el de Tokio, nada lleno de gente y mucho menos intuitivo, porque las líneas no se conectan tan fácilmente, además costaba un poco orientarse, además de las pocas líneas que hay. Al final con un mapa del metro y con paciencia nos aclaramos y llegamos a lo que sería el centro de Kioto, Pontocho, o uno de los barrios de Geishas junto el de Gion. No vimos ninguna Geisha, estarían escondidas o no supimos verlas. Pero, sí que nos sirvió para ver tiendas, comprar algún souvernir, ver muchos turistas, ver restaurantes y muchas luces. Nos sirvió para cenar, a pesar de que parecía más un restaurante chino que japonés, pero nos sirvió para saciar nuestro hambre. Costó bastante pedir un tenedor, pero al final a Carlos se le ocurrió enseñarle una imagen con el móvil, y me trajo uno. Pedimos un poco de todo, fideos y cosas para picar. Una vez más se podía fumar, pero por muy fumadores que seamos no lo entendemos. Al lado había unos japoneses trajeados que comían y fumaban a la vez, esa combinación se nos hacía rara, pero ellos sabrían. 
Después de pasear un poquito más por el barrio sin conseguir el objetivo de ver a ninguna Geisha, ni a ninguna Maiko volvimos a la estación de metro, para ir a nuestro alojamiento a descansar. Para ser el primer día y no haber llegado a primera hora del día, no había estado nada mal. Fushimi Inari nos había más que eclipsado. 

Carlos y Pili con torii rojos en Fushimi Inari



Día 2 en Kioto: Kiyomizu Dera y Pabellón Dorado

La lluvia volvió a despertarnos el día que más actividad teníamos programada, sin embargo, a pesar del frío, la humedad y la lluvia, no nos detuvo y con paraguas y chubasquero nos lanzamos a la aventura. Teníamos que visitar el Templo Kiyomizu Dera. En el alojamiento no entraba el desayuno, así que lo primero que hicimos fue desayunar en una tienda de conveniencia, una de esas tiendas que están abiertas durante casi todo el día y tienen un poquito de todo. Tenían máquina de café y pastas para comprar. Así que, compramos algo para estar con el estómago lleno y el café. Desde allí nos fuimos caminando al templo, a pesar de la lluvia, abrimos nuestro paraguas y nos pusimos en marcha.
Antes de llegar pasamos por unas tiendecitas callejeras, que eran el preámbulo a lo gran puerta del templo. Nos hubiéramos parado a ver qué había en cada tienda, pero con la lluvia y los paraguas, no era tan agradable, así que Carlos me iba contando lo que con un vistazo rápido veía al pasar, sin detenernos.
Al llegar ya vimos que era muy diferente al Santuario Fushimi Inari que habíamos visitado el día anterior, en este caso teníamos que pagar para entrar al recinto. La entrada cuesta 300 yenes, que no es que sea mucho, pero ya hay que pagar. Había mucha gente, eso no es novedoso en una de las atracciones más turísticas de Kioto, ya que es Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO desde 1994. Sin embargo, cuando llegamos al salón principal, totalmente cubierto de madera, nos dimos cuenta que estaba de obras y eso nos chafó un poquito la estampa. Dentro, al menos nos podíamos refugiar del aguacero, ver gente rezando, sentir el olor a incienso y madera y notar la paz de aquellos que ofrecían sus oraciones. Después de pasar por el salón, salimos afuera donde la lluvia seguía acechando y, según decía Carlos las vistas del monte eran impresionantes. Kiyomizu significa literalmente: agua pura, agua limpia, de ahí que las cascadas que hay en el recinto lleven el nombre de Kiyomizu. 
Carlos con el paraguas sintiendo el agua pura de Kiyomizu

 No obstante, sí que escuché alguna, sí que pasamos por ahí, Carlos vio alguna, pero con el agua que ya nos caía por encima, no era tan agradable el paseo. Dimos una vuelta más, ya que habíamos entrado dentro y merecía la pena, pero si el día, como era nuestro caso, no acompaña no es tan agradable el paseo. Por mucho que lleves paraguas y chubasquero, los pies y los pantalones se te van empapando y hace que la visita no sea tan mágica como lo debe ser en un día soleado. Así que, después de ver un poquito más los alrededores, decidimos abortar e irnos. Estábamos tan helados que queríamos un café calentito. Encontramos una cafetería que tenía muy buena pinta, y sí, realmente el café lo hacían de primera. Eso sí, el  precio también lo fue, pero es que nos dimos cuenta que estábamos en una de esas cafeterías con historia, ya que nos dieron un librito en inglés, en el que explicaba cuándo se había inaugurado. De hecho cuando Carlos fue a pagar le enseñaron la máquina registradora, que estaba ahí y funcionaba, desde que la  habían inaugurado, de aquellas antiguas, de principios del Siglo XX. 

Más tarde, algo más templados con el café, nos armamos de valor y pensamos que la lluvia no nos iba a arruinar nuestros planes. Fuimos en búsqueda de un autobús que nos llevase hasta el Pabellón Dorado o Kinkakuji. El autobús que mejor nos iba era el 205, aunque sabíamos que teníamos un buen rato, casi 45 minutos. Al menos en el autobús no nos mojábamos. Intentamos mirar a ver si había posibilidad de ir en metro, pero nos dimos cuenta que era mucho mejor el autobús. En Kioto, a pesar de que sí que hay metro, no es tan utilizado como el bus. Al llegar, antes de ir al Pabellón, buscamos algo para comer. Un restaurante, cafetería, algo pequeño, nos sirvió para pedir un ramen y calentarnos. De ahí fuimos al Pabellón que también había que pagar 400 yenes. Pagamos y entramos, solamente entrar ya había mucha gente haciendo fotos, incluidos nosotros, ya que de lejos se veía el Pabellón dorado. Seguimos caminando hasta estar más cerca, a mí me hubiera gustado tocarlo, pero no se podía tocar, ni siquiera entrar, pero si pasear por los alrededores. A mí me pareció ver algo, pero estaba algo lejos, ya que el edificio de tres plantas está separado del camino por un estanque. Debe ser una estampa muy bonita, con el
agua que se refleja en el edificio. 
Pabellón dorado y el estanqueSin embargo, el día no acompañaba, y sin Sol ese edificio pierde mucho, porque está recubierto de pan de oro, y con un día iluminado debe brillar mucho, pero no era el caso. Cuando no es un día despejado, la estampa no es la misma, porque pierde mucho. El brillo del edificio quedó empañado por la lluvia. Nos quedamos un buen rato haciéndonos fotos delante del Pabellón, aunque como digo, me hubiera gustado tocarlo, pensé que se podría visitar por dentro, pero no fue el caso. Visitamos los alrededores, paseando por el camino de gravilla que había, pasando por pequeños puentes de madera y haciendo como que la lluvia no nos afectaba, pero nos iba calando. Así que, se puede decir que fue una visita breve. De ahí volvimos al autobús, porque teníamos un buen trecho hasta el hotel.
Ese día estábamos tan cansados y aplacados por la meteorología que cenamos en el alojamiento. De camino a casa compramos unas sopas instantáneas, y algo más y nos lo comimos en la mesa que teníamos en la habitación. Teníamos que aprovechar que el alojamiento contaba con microondas y con una buena mesa con sillas para comer.

Día 3 en Kioto: Arashiyama 

No podíamos creerlo, nos despertamos y seguía lloviendo a cántaros. Incluso por la noche me había despertado en algún momento el sonido del agua, no paraba de llover, parecía que no iba a parar nunca. Ese día teníamos programado ir a Arashiyama. Tuvimos que ir en autobús, un gran recorrido, dentro vimos que había más turistas como nosotros, así que nos imaginamos que era el correcto.

La primera parada fue ir a visitar el Parque de monos, Itawayama.  Desde la parada del autobús tuvimos que caminar un poquito, pero nada que seguir a los turistas y fiarnos de Google Maps no pudiera solucionar. Al llegar a la entrada tuvimos que pagar para entrar. Pagamos a gusto, ya que a Carlos le hacía mucha ilusión ver a los monos en libertad, así que 400 yenes no era nada comparado con su ilusión. Entramos con paraguas y chubasquero, ya que la lluvia no cesaba, a pesar de que los inmensos árboles del parque aplacaban un poco el goteo. Sin embargo, nos dimos cuenta de que no era un camino fácil, ya que estaba repleto de escaleras, con barandilla, pero al fin y al cabo no eran 20 escalones, eran mucho más y el cansancio de los días anteriores se iba notando. Era muy bonito pasear por el bosque, pero con la climatología en nuestra contra, mis dificultades para subir las escaleras y las agujetas de los días anteriores, se hacía un poco pesado. Intentamos disfrutar del camino, pero parecía que todo se pusiera en nuestra contra. Finalmente después de más de 20 minutos, o al menos a mí me pareció eterno el recorrido, llegamos a la colina, donde había una casa de madera. Nuestras caras cambiaron al ver lo que
Mono en libertad a cuatro patas que parece un perro
yo pensaba que eran perros, ya que andaban a cuatro patas, monos en libertad, paseando al lado nuestro. Había bastantes normas: No darles de comer, no tocarles, no hacer fotografías- aunque todo el mundo, incluidos nosotros, les hacían-. Dentro de la caseta de madera, era como si nosotros estuviéramos dentro de una jaula y viéramos a los monos que estaban fuera, ahí por 1 yen, menos de un euro, podías comprar algo de comida, para darles. Solamente podías darles de comer dentro de la caseta, imagino que lo hacen, para controlar qué comen, y para que no se peleen entre ellos si se lo das fuera. Fue muy gracioso darles de comer, porque con sus garras y con todo el cuidado del mundo, te cogían solamente el cacahuete que le ofrecías. Afuera todo un panorama ver a los monos en libertad, paseando como si tal cosa, sin miedo, a los monos. De hecho, incluso al llegar a la cima, parecía que la lluvia había disminuido. Estuvimos un rato en ese entorno, sintiéndonos un mono más, incluso nos hicimos alguna foto en un cartel de esos que están dibujados y dejan un hueco, para que pongas tu cabeza, ahí le hice una foto a mi mono favorito, Carlos. 

Carlos haciendo el mono con un cartel en el que aparece su cara y  justo  hay un mono que pasa por ahí

Después de hacer miles de fotos, del paisaje, de los monos, de nosotros y de todo lo que vimos, empezamos a descender. A mí me cuesta mucho más bajar que subir, ya sé que puede parecer contradictorio, ya que subir siempre cansa mucho más, pero si no ves, tienes que ir con mucho más cuidadito a la hora de bajar, y si el suelo está resbaladizo, ya ni te cuento.

Afortunadamente llegamos a la entrada, para salir del parque de monos. Como siempre digo, cuanto más cuesta algo, mayor es el saboreo de la victoria, y esa excursión que tanto me había costado subir y descender, había merecido mucho la pena, porque no solamente disfrutó Carlos, sino que los dos disfrutamos como monos viéndoles. De ahí nos fuimos a comer, casi que fuimos al primer lugar que encontramos, porque se puso, una vez más, a llover con gran fuerza. El restaurante elegido, a pesar de ser la primera elección, fue más que acertado. Un menú en el que incluían un poquito de todo, sopa, pollo, té, agua, arroz. La sopa, yakisoba, nos entró de maravilla. Todo lo demás también, pero imaginaros después de un día pasado por agua lo que más no apetecía era algo calentito. Al lado nuestro había una pareja de españoles, y ya se sabe, el idioma nos unió. Nos contaron que estaban haciendo una ruta por Japón, ya que estaban de Luna de Miel. Nos hizo gracia encontrarnos a otros españoles en un lugar tan recóndito.

Después de comer y armarnos de valor, me volví a vestir con mi chubasquero, ya que seguía lloviendo. Mi chubasquero, si está plegado no ocupa, ni pesa nada, ya que es ideal para viajar. Sin embargo, estéticamente no es que quede muy bien, como veréis en las fotografías, parezco un preservativo andante,  ya que es de plástico transparente, con su gorro y muy ancho, al estilo poncho, pero con mangas. De todas maneras, apliqué el dicho de: “Ande yo caliente, ríase la gente” porque aunque no me quedase muy bien, no me iba mojando del todo, y al ser tan ancho, como una capa, me servía para proteger un poco la mochila. El paraguas, por muy grande que fuera, nunca cubre del todo, así que fue una buena idea llevar el chubasquero. 

De ahí, protegidos, para lo que ya era una tormenta, nos fuimos al Bosque de
Carlos con el paraguas en el bosque de bambú
Bambú. Estaba cerca del restaurante, así que en pocos minutos ya estábamos rodeados de bambú, cañas muy altas, que pude tocar y que flanqueaban nuestro camino. El bosque por la altura de árboles, y, sobre todo, del bambú, era algo sombrío, pero en algunos tramos eran aliados nuestros y nos resguardaban del aguacero. Lo visitamos algo rápido,  ya que si el tiempo nos hubiera acompañado, quizás nos podríamos haber recreado un poco más en el recorrido. 
Pili tocando caña de Bambú

Google Maps nos indició que podíamos volver a nuestro alojamiento yendo en tren, así que hicimos caso a la aplicación de Google. Además con el Japan Rail Pass no teníamos que pagar el trayecto. Nos dimos cuenta que en el tren había algunos niños, todos con sus uniformes y otros japoneses ya medio dormidos. En poco rato ya estábamos en la estación de Kioto. Pasamos un puente y vimos como si fuera un faro la torre de Kioto iluminada. Fuimos al hotel, para hacer una pausa en el camino y cambiarnos de ropa, ya que los pantalones estaban empapados. Después salimos para ir al centro y ver tiendas, necesitaba fuera como fuese un abrigo que me protegiese un poquito más de la climatología del lugar. En el centro comercial escuchamos a más españoles, ya que se nos nota cuando estamos. Creo que todos estábamos en esa tienda de topa con el mismo objetivo, buscar un anorak que nos salvaguardase del mal tiempo. Encontré un abrigo que no era una ganga, pero que me encantó y que serviría como recuerdo, para el viaje y para todo el año. No dejaría de llevar el chubasquero, o un poquito más sí, pero también iría más abrigada, ya que quise ser tan optimista con el tiempo que no me llevé ninguno al viaje, y ya estábamos casi en noviembre.

Con mi abrigo nuevo que estrené al momento. Fuimos a cenar, ya que para mi alegría volvimos a encontrar un Coco en Kioto.   

Plato de Curry en Restaurante Coco


Así que rematamos la última noche en Kioto con curry y encima cerquita de nuestra Guest House. Nos daba mucha pena dejar Kioto, porque nos había encantado, aunque la climatología se hubiera confabulado en arruinarnos los días. Sin embargo, a pesar de la mala suerte con el tiempo, nos quedamos con un buen sabor de Kioto. La gente resultó ser mucho más amable que en Tokio, y con esto no quiero decir que en Tokio no lo fuesen, pero hay que pensar que Kioto es más pequeño, es más tradicional y puede hasta resultar como un pequeño pueblo, aunque no lo sea. Las casas, los templos, los santuarios te transportaban a un Japón más antiguo, en el que la tradición está muy presente. Nos faltaron muchos rincones que visitar como el Pabellón de Plata o Ginkakuji, entre otros muchos lugares, pero siempre hay que dejar algo para volver. No lo hicimos con la intención de volver, pero, como digo el tiempo no acompañaba, y, a pesar de que en tres días se pueden visitar muchos más sitios de los que visitamos, tampoco nos gusta ir con prisas, sino saboreando cada rincón.


Al día siguiente teníamos que abandonar el River East Nanajo, antes de salir, nos despedimos de la simpática recepcionista. Ella se disculpó, como si fuera culpa suya, del mal tiempo, incluso dijo que no era habitual en esa época del año, pero que se estaba acercando un tifón. Me quedé alucinada con la palabra tifón, quise no haberlo entendido bien. Salimos con nuestras maletas, mochilas y paraguas a esperar un taxi. Ahora tocaba ir a la estación de tren, utilizar el JRP y aparecer en Osaka. La aventura continuaba.     

De momento os dejamos con el vídeo recopilación de Kioto que hemos preparado. Esperamos que os guste. 


domingo, 17 de diciembre de 2017

Primera parada: 4 días en Tokio

4  días en Tokio



Tokio fue nuestro primer destino en la odisea por Japón. Llegamos el día 10 de octubre, porque después de nuestro viaje en avión, habíamos viajado al futuro. Sí, porque, a pesar de haber salido de casa el día 9 de Octubre y de estar en dos aviones, hay que sumar las siete horas de diferencia que hay entre Barcelona y Tokio.  

Tokio nos recibió con un tiempo más estival que otoñal, con una temperatura digna de llevar camiseta de manga corta que chaqueta. Así que empezamos a quitarnos capas de ropa y emprender la aventura de buscar el hotel. 

Lo bueno de que las maletas no llegaran al destino fue que íbamos ligeros de equipaje, con lo puesto, una mochila, un mapa, mucho sueño y muchas ganas de llegar. Aún sin Internet en el móvil, con los datos desactivados y sin wifi, Carlos pudo activar el gps, y, aunque no le decía las calles, servía para orientarnos un poquito. Parecía que el hotel estaba cerca y emprendimos la aventura desde la estación Tokyo Station,  donde nos había dejado  el tren que habíamos cogido en el aeropuerto de Narita, gracias a las indicaciones de Información turística. Pudimos hacer nuestro primer trayecto gratis gracias al JRP

Desde la estación, con el mapa, el móvil y nuestra intuición llegamos al hotel. Casi no podíamos creerlo. Se nos había hecho eterno, a pesar de que no hay tanto, pero con el jet lag y las ganas parecen más largos los caminos, suerte de no llevar las maletas. El hotel se llamaba Horidome Villa. Llegamos antes de la hora del check-in, así que no podíamos subir a la habitación, pero si terminar de realizar el papeleo de entrada. Además, se dieron cuenta que tenían algo para nosotros y era el Pocket Wifi. Ese aparatejo que nos permitiría disfrutar de Internet y que habíamos pagado y reservado con anterioridad en Barcelona había llegado al destino sin problemas. Así que, en la mini sala de espera de la recepción nos dedicamos a investigar cómo funcionaba. Parecía fácil, introducir la contraseña que nos daban en la documentación y conectarlo con el móvil, pero o nuestra mente estaba nublada y adormilada, o eso no quería ponerse en marcha. No sabíamos qué hacer. Después de probar y probar no hubo manera y lo dejamos estar. Entre ese rato de descanso y de pruebas, ya dio tiempo a que tuviéramos la habitación lista. Subimos a nuestra habitación, que eran 6 pasos de largo y ya estaba. Era una súper mini habitación, con cama de matrimonio pegada a la pared, sin armario, un escritorio y el lavabo estaba en lo que debería ser el armario. Estaba muy bien aprovechado el espacio, pero nos sorprendió que fuera tan pequeña. Una vez más nos alegramos de no tener maletas, porque no sé dónde las hubiéramos metido.  Cuando no nos alegramos tanto de no tenerlas fue cuando quisimos cargar los móviles y caímos que el adaptador estaba en la maleta. Suerte que llevábamos la batería externa con nosotros y sirvió para darle un poco de vidilla a los móviles.  
No podíamos llegar y ponernos a dormir en la cama del hotel. Así que antes de que el sueño nos venciera, salimos a la calle a que nos diera el are y a descubrir Tokio. A todo esto en la mini habitación, con calma y paciencia, pudimos conectar el Pocket Wifi con nuestros móviles, así que teníamos autonomía para movernos como si fuéramos de allí, gracias a Google Maps y sus indicaciones. 

Nuestra primera parada, y teniendo en cuenta que ya debían ser las cuatro de la tarde. fue ir a Akihabara, una de las zonas que teníamos más o menos cerca del hotel, y que teníamos ganas de conocer. Es el barrio de la electrónica, de los videojuegos y el paraíso otaku. Entre el jet lag, el sueño, el surrealismo de la
Super Mario Bros con Carlos
zona y de los personajes (nos incluimos, porque parecíamos zombies) daba la sensación de estar en un sueño. Era todo realmente onírico. Tiendas estrafalarias, en las que Carlos volvió a la infancia, y disfrutaba viendo cada muñeco de dibujos animados. Eran muñecos de todos los tamaños, de plástico, con unos precios desorbitados, sobre todo para mí que el mundo anime fuera de mi infancia me es totalmente desconocido. Tiendas de videojuegos como una tienda llamada Mr. Potato que se recreaba en aquellos videojuegos y máquinas de los años noventa, parece que lo vintage está de moda y nos trae recuerdos que queremos recuperar. Cafeterías, en las que por cierto no entramos, pero que sabíamos su temática por las chicas que ofrecían sus servicios para que entrásemos, disfrazadas de colegialas. Tiendas de aparatos, como microchips, enchufes y cables. Luces y música a raudales. Todo y sin excepción nos sorprendía. Suerte que las cámaras que utilizamos no son de carrete, si no ese mismo día ya lo hubiéramos acabado.


En Akihabara con el edificio  de SEGA detrás de Pili y Carlos


Después el cansancio nos venció, y aunque era muy apetecible y sorprendente todo ese nuevo mundo lleno de luces, colores y sonidos estridentes, nuestra partida estaba llegando al Game Over. Así que a pie emprendimos el camino de vuelta al hotel. Sin embargo, antes, a pesar de que no eran ni las ocho de la tarde, hicimos una parada para cenar. El sitio elegido era  curry, y descubrimos la cadena de comidas CoCo Ichi, en el que el ingrediente estrella es el curry. Un curry estupendo digno de la India, aunque no lo haya probado nunca de ahí, pero tenía un sabor intenso, sin que picase demasiado, el punto justo y necesario, para darle un sabor único a sus platos. Comimos en taburetes, resulta que en ese local era típico comer en la barra, no tienen costumbre de hacer la sobremesa como hacemos los españoles, si se va a un restaurante es para comer y poco más. Nos sorprendió que al entrar y sentarnos, sin pedir nada, ya nos sirvieron un vaso con una jarra de agua fría. No fue el caso de querer para beber otra cosa, pero tampoco vimos que en la carta hubiera bebidas, solamente muchos platos de comida, todos con su respetiva foto, para que nos resultase más fácil descifrar el contenido del plato. Yo acabé pidiéndome arroz con pollo rebozado y curry, delicioso. 
Con el apetito saciado solamente faltaba cargar energías, así que nos fuimos a nuestro hotel, para dormir en nuestra mini habitación, y recuperar el sueño perdido en el vuelo. Mañana sería otro día con mucho que descubrir.

Segundo día: Parque Ueno  y Templo Sensoji de Asakusa

Siendo ya un poco más personas, habiendo descansado y amanecido en Tokio, con el jet lag ya casi olvidado. Nos levantamos, desayunamos un café en el hotel- ya que en el hall había una cafetera para prepararte café o té- y emprendimos nuestra ruta. La primera parada era visitar el parque Ueno. Seguro que desde donde teníamos el hotel había muchas opciones de transporte, pero no nos importaba caminar. Además a nosotros siempre que vamos de viaje nos gusta patear y callejear las ciudades, porque siempre descubres algo bueno. En este caso lo malo, entre comillas, es que nos íbamos parando en cada tienda, ya fuera para hacernos una foto con Super Mario, para entrar dentro y ver qué había, o simplemente curiosear en el escaparate A pesar de tantas paradas,  llegamos al parque.  

El parque Ueno no lo visitamos por ser uno de los parque urbanos más grandes de Tokio, sino que dentro de él se encuentran: el zoológico, museo de arte moderno, museo de ciencia, museo de arte oriental, y otros muchos. No entramos ni en el zoo, ni en ningún museo. Nos llamaba la atención pasear por el parque, ver sus gentes, y entrar en los templos que hay dentro de él.

Siguiendo el camino llegamos hasta un estanque, Shinobazu, que da mucha tranquilidad y está rodeado de vegetación de todo tipo, con hojas inmensas y muy bien cuidado. Prosiguiendo el camino y rodeando el estanque llegamos al primero de los templos, que más bien parecía una cabaña, porque era muy pequeño y todo de madera. Antes de entrar, tuvimos que hacer el ritual: cerca del templo, había una especie de cazuelas con un palo y agua, teníamos que echarnos en las manos, como acto de limpieza y purificación. Además, había mucho incienso, muy cerca de la puerta. El templo se llamaba Templo Betendo. Éste es un templo budista y tenía un buda dentro de madera, como todo él. Todo el mundo estaba en silencio o rezando. Daba impresión estar ahí dentro, porque parecía que vulnerábamos la intimidad de quien buscaba refugio y tranquilidad. Así que le echamos un vistazo rápido y salimos. 

Cerca del estanque seguimos paseando y se escuchaban muchos pájaros que aclimataban el ambiente bucólico del lugar, a pesar de estar en plena urbe. Quisimos ir a otro templo, que estaba más arriba y que para llegar había que subir unas cuantas escaleras que estaban flanqueadas por farolillos era el Santuario de Toshogu. Este santuario es uno de los más famosos del parque, porque es uno de los pocos que sobrevivió a terremotos y a guerras, así que se puede considerar uno de los más antiguos. No llegamos a entrar dentro, para no interrumpir a quienes estaban rezando o meditando, pero sí que sentimos su majestuosidad viéndolo y rodeándolo por fuera. Además de ver los papelitos que la gente colgaba fuera, en una especie de mural, para que les trajese suerte. Eso lo fuimos viendo en muchos templos, deseos y sueños de mucha gente que había ido hasta allí y había dejado por escrito sus anhelos, para que se hicieran realidad.   

Pili: en uno de los templos del parque Ueno


Después de caminar y caminar, nos entró hambre y al ser nuestro primer día como personas queríamos comer sushi. Nos entró antojo de comer sushi en Japón, puede parecer una tontería, porque la gastronomía japonesa no se singulariza solamente por el famoso sushi, si no que tiene mucha variedad. Ya os lo contaré en otro post. Pero, sigamos, queríamos sushi, y aprovechando que teníamos Internet en el móvil, optamos por buscar en Google Maps. Encontramos un restaurante japonés, japonés, tan japonés que costaba pedir la comida, porque no nos entendían. Fue un show pedir agua. Suerte que en todos los restaurantes te sirven agua o té, pero en este caso fue té, y yo tenía mucha sed de agua fresquita. Finalmente nos sirvieron la bebida deseada. Después, tuvimos un manjar de surtidos sushis, de todo tipo. Muchos no los habíamos probado nunca, y los que habíamos probado, poco tenían que ver con los de allí.  

Con la barriga llena proseguimos caminando, a un paso más ligero y disfrutando de las calles de Tokio, hasta llegar al Templo Sensoji. Uno de los templos más antiguos y concurridos de Tokio. Cuando te vas acercando, supongo que si ves, vas viendo la majestuosidad, pero si no ves, como es mi caso, vas escuchando todo el bullicio que te vas a ir encontrando en el centro de todo el meollo.
En el templo Sensoji Carlos y PiliEl templo estaba al aire libre, podías entrar, pero ahí el silencio, solamente  interrumpido por algún flash, tos  y las campanas de fuera, contrastaban con todo el jaleo que había en la calle. Las calles de los alrededores estaban repletas de mecanismos para seguir el ritual antes de entrar al templo: una olla grande con incienso, tan grande que si te acercabas mucho acababas ahumado y tosiendo. Cacharros como cazuelas gigantes, para poder lavarte las manos. Todo eso se hace para ahuyentar a los malos espíritus. También había un sonido muy peculiar, parecían monedas, pero no lo era. Eran unos pelitos dentro de tubos metálicos, que si pagabas, podías coger uno, para ver qué futuro tendrías. Yo tuve mala fortuna, así que prefiero no recordarlo, pero todo, absolutamente todo era muy emocionante. Parecíamos niños pequeños en un parque de atracciones, ya que no paramos de asombrarnos y quedarnos absortos con todo lo que nos rodeaba.  Audio Templo Sensoji


Siguiendo el camino había muchas paraditas, al estilo mercadillo, en el que vendían desde dulces, hasta kimonos, desde imanes hasta abanicos. Cualquier souvenir que estuvieras buscando o que no, lo podías encontrar ahí. Además de poder degustar, como fue nuestro caso, dulces exquisitos, como fue un magic fish, según me dijo Carlos un pez Pokemon que estaba relleno de chocolate, toda una bomba para los más golosos.

Después de caminar, hacernos fotos, vídeos y comprar, necesitábamos sentarnos. Encontramos una terracita que, a pesar de ser octubre, daba gusto estar ahí. Así que nos pedimos unas cervecitas japonesas, fumamos y disfrutamos del momento.  Nuestra idea era ir a ver uno de los edificios más altos de Tokio, para ver las vistas, la Torre de Tokio. Un edificio que es bastante nuevo, 2010, y con más de 600 metros de altura. Sin embargo, estábamos cansados, se había hecho bastante tarde y oscuro, había que pagar y era algo caro, así que optamos volver al hotel caminando, aunque tuviéramos más de una hora andando. Queríamos caminar sin prisas. Cenamos algo rápido cerca del hotel, no es que tuviéramos prisa, pero es que allí lo de la sobremesa no se lleva. Así que la gente come y se va. Comimos un arroz caldoso. Y nosotros pensando que eso era ramen, ya descubriríamos más adelante lo que era el verdadero ramen, pero es que el sitio se llamaba ramen express o algo así, y eso nos confundió.

Día 3- 12 de octubre- Shibuya y alrededores

Nuestro tercer día en Tokio había llegado. Nosotros parecía que nos íbamos aclimatando al cambio de horario. Ya teníamos maletas, al llegar el día anterior estaban en el hall del hotel y nos las subimos. Pregunté cuándo habían llegado, pero la única respuesta fue un ok, la cual cosa me hizo darme cuenta o que mi inglés era más patético de lo que yo creía o que no tenían ni idea de inglés en el hotel.   

Fuimos a desayunar a un sitio que se llama Saint Marc Café Choco Cro, un sitio cercano a nuestro hotel y por el que habíamos pasado en varias ocasiones. Desde fuera ya se veía con muy buena pinta, ya que se veían muchas pastas en el mostrador. Nada más entrar se notaba el calor y el olor a café. Creo que es el mejor sitio para degustar un buen café en Japón, ya que el resto de cafés que probamos no estaban para nada a la altura. Cuando estuvimos comiendo las pastas que habíamos pedido, sentados en una mesa, vimos que había un trasiego de gente que subía escaleras y descubrimos que tenía más plantas. En la tercera planta se podía fumar. Así que después de comernos nuestro cruasán, fuimos a la tercera planta, para tomarnos el café con un cigarro, como hacía tiempo sucedía en España. Eso sí, yo reconozco que soy fumadora, pero rara, ya que no me gusta meterme en un sitio que se pueda fumar, pero que parezca una pecera de humo, porque para eso no fumo. Sin embargo, cuando llegamos vimos que estaba muy ventilado, que se podía respirar y sin casi olor a tabaco, nos quedamos en una de las pocas mesas libres. Había bastante gente, la mayoría hombres trajeados, que estaban en mesas acompañados, o quienes no lo estaban, estaban con un ordenador, un café y un cigarro en la mesa. Estuvimos un rato disfrutando de ese momento de tranquilidad, con el café y el cigarro. Hasta que ya nos pusimos en marcha.   

A pesar de que era 12 de octubre, día de mi santo, yo no era muy consciente de ello. Era un día más, pero en Japón. Ese día habíamos quedado con Jiwon, una coreana que conocimos en nuestra etapa de Dublín. Ella hace años que vive en Tokio, y desde que se enteró que íbamos para allí, se arregló su agenda, para poder quedar con nosotros. De hecho pidió fiesta en la tienda en la que trabaja, para poder dedicarnos todo el tiempo del mundo. Quedamos en un punto clave:  estatua de Hachiko.  

Carlos y Pili con Hachiko

Nosotros teníamos muchas ganas de ver la estatua del perro más fiel y venerado de Japón. Nos hicimos solamente un par de fotos, porque estaba a tope de gente, de hecho hasta tuvimos que hacer cola, para esas fotos. Todo el mundo quería retratarse con el perro. La estatua es muy pequeña y está en un pedestal, está justo al salir del metro y de tren de Shibuya. 
Además, justo el primer cruce que te encuentras es el más famoso de Tokio, por la cantidad de gente que cruza cada día. Estábamos ilusionados de poder cruzar la carretera, como si no lo hubiéramos hecho nunca, pero es que pasar al mismo tiempo que lo hacen más de dos mil personas, no es cualquier cosa. Es cierto que cuando lo cruzamos por primera vez, al mediodía y tras el reencuentro con Jiwon, no fue tan impresionante. La mayoría de personas estarían trabajando y no era tan transitado, pero de igual modo nos  hizo mucha gracias pisar el asfalto más pisado del mundo. Aunque, realmente no nos sorprendió tanto. Sin embargo, cuando horas más tarde, cuando la oscuridad dejaba paso a las luces de neón y todo el mundo había salido de las oficinas, eso fue como si fuera la guerra. Un enfrentamiento entre los que pasaban de un lado con los que queríamos ir al otro, parecía un juego de niños, el tiempo era el semáforo, tenías que llegar a la otra orilla y todo sin chocarte con nadie. Lo logramos y en varias ocasiones, porque, como si fuéramos críos queríamos pasar una y otra vez. Jiwon se reía de nosotros, nos hacía fotos y lo entendía, porque no éramos los únicos  quienes le habían ido a visitar y hacían lo mismo. Imagino que en su caso, que tiene que pasar muchas veces por ahí, para ir al trabajo, no le da tanta importancia, es un simple cruce, un simple trámite que conlleva vivir con tanta gente en Tokio.  

Jiwon nos hizo de guía llevándonos a visitar tiendas de los alrededores de Shibuya, centros comerciales que eran grandiosos y tenían de todo. A petición de Carlos fuimos a una tienda museo de One Piece un anime que suele seguir bastante y le gusta. En la tienda vendían muñecos de los personajes, gorros, libretas, ropa, etc. Nos hicimos algunas fotos con algo del escenario y con las figuras de los protagonistas y nos fuimos. Después de visitar y caminar mucho, fuimos a comer a un sitio que era muy japonés, no recuerdo el nombre, porque nos llevó Jiwon. Era un restaurante, en el que podías elegir comer en un tatami, y como queríamos empaparnos de la tradición japonesa, no nos negamos en absoluto, al revés nos hizo gracia probarlo. Tuvimos que esperar un rato, porque había bastante cola, pero había asientos para esperar. No era nada turístico, creo que todo el mundo que había allí era japonés. Sin ella no sé si lo hubiéramos descubierto, además que todo estaba en japonés y sin imágenes. Antes de entrar a nuestra “mesa” nos tuvimos que descalzar y dejar nuestro calzado, donde estaba el resto. A mí sinceramente, me daba un poco de apuro, porque después de haber estado toda la mañana caminando no sé si mis pies harían algo de olor, pero se tenía que entrar con calcetines al tatami.  Jiwon eligió los menús por nosotros, ya que no entendíamos nada, ni siquiera estaba en inglés, ni había imágenes. Había un poquito de todo: sopa miso, carne tierna y rebozada de cerdo, verduritas y agua y té que te iban sirviendo los camareros. A mí se me hizo un poco raro eso de comer en el suelo, era algo incómodo, porque no estamos acostumbrados. Suerte que no me llevé a Kenzie, porque para ella hubiera sido un castigo estar tan cerca de la comida y no poder comer nada, hubiera estado totalmente a la altura de su hocico.  
Jiwon, Carlos y Pili comiendo en tatami

Una vez más tuve que pedir cubiertos, ya que no había en la mesa, solamente palillos, y no quise arriesgar a no disfrutar de la comida por comer con palillos. Pensé que al ser tan japonés me dirían que no tenían, pero afortunadamente para mí, sí que me dieron tenedor, cuchara sí que había para la sopa. Con el tenedor pude comer mucho mejor la carne y el arroz que siempre ponen, porque es como si fuera el pan para ellos.

Con la barriga llena costaba más ponerse en marcha, pero tenía más rutas preparadas para nosotros. Nos llevó a una calle muy famosa llamada Takeshita-Dori. Una calle peatonal llena de gente por todas partes y tiendas pequeñas de toda índole, desde multinacionales conocidas por todo el mundo a otras independientes y pequeñas que vendían camisetas de todo tipo. En esa calle había una pantalla en el que salía la gente reflejada.

Hicimos una pausa, para descansar y reponer fuerzas, tomando un zumo, antes de ir a un parque que quería llevarnos muy bonito por sus árboles. Nos quedamos con la descripción de Jiwon de lo bonito que es, porque a lo tonto se nos había echado el tiempo encima y quedaban diez minutos para que cerrasen, así que ya no pudimos entrar. Así que paseamos por otro parque grande, lleno de cuervos y con letras de Tokio por las cercanas olimpiadas de 2020. Lo recorrimos entero. Yo estaba cansada, llevábamos todo el día caminando. Hasta que volvimos de Harajuku caminando hasta Shibuya y vimos la diferencia de verlo de día a la noche. Era todo un espectáculo, luces, música y gente por todas partes. El cruce de Shibuya que, una vez más cruzamos, era toda una odisea, porque estaba sin hueco para cruzar, tenía mucha más emoción. 

Por la noche empezó a llover, así que sin paraguas y ante la sorpresa, nos llevó a un centro comercial, para que desde la planta de arriba, viéramos las vistas. Estaba bastante oscuro y solamente se veían las luces de la ciudad. Ahí es cuando pensamos qué hacer, yo optaba por ir yendo para el hotel, pero Jiwon insistió en que teníamos que buscar un restaurante para cenar, ya que así brindaríamos por el reencuentro. A pesar de que a Carlos le apetecía mucho ramen, para ello tienes que ir con hambre, y nosotras dos no teníamos ganas de ramen. Así que nos buscó un sitio que nos gustase a todos. Queríamos ir a una izakaya, una taberna, para poder comer y beber lo que quisiéramos. Todas las que probamos, quizás porque era viernes por la noche, estaban a tope de gente y algunas con reservas. Así que nuestra cena se convirtió en una búsqueda, ella iba mirando en su móvil, no sé si recomendaciones de amigos o qué, pero íbamos de un sitio a otro, sin encontrar dónde cenar. Hasta que entramos en un edificio, cogimos en un ascensor y en la planta 7 o así se abrieron las puertas y había un restaurante. Había gente esperando y nos sentamos a esperar. Parecía que no llegaba nunca nuestro turno. Realmente un sitio en una planta, la que sea, no lo hubiéramos encontrado sin ir sin ella, porque no te fijas, ni piensas que en un edificio cualquiera, vaya a ver un restaurante en tal planta, están escondidos. Tuvimos una mesa para nosotros y tenía una dinámica peculiar, había una tablet en el que tenías que pedir lo que quisieras y el camarero te lo traía al poco de pedirlo. Era todo de tapeo, que si pinchos de pollo con verduras, que si otro con salsa, que si otro con hueso al estilo alitas, etc. Todo lo hicimos acompañado de cervezas japonesas que nos había recomendado y nuestra sorpresa fue que se podía fumar en la mesa. No es que fuera un sitio específico para fumadores, sino que en todo establecimiento se podía fumar. Nos contó que en sitios así, tipo tabernas, izakaya, dejan fumar, porque también se puede beber alcohol. La verdad es que el sitio no estaba nada mal, porque ibas comiendo, veías que te apetecía algo más, y no tenías que esperar a que llegase el camarero cogías la tablet y volvías a clicar sobre lo que te apeteciera, igual sucedía con la bebida. Estuvimos cenando, mientras recordábamos viejos tiempos de Dublín y nos contaba sus planes de futuro en Japón, ella está muy a gusto en Tokio y no tiene previsto dejar la capital japonesa, porque tiene trabajo y le gusta el estilo de vida.

Después fuimos los tres para la estación de Shibuya, ella iba hasta otra línea de metro, pero nos acompañó hasta la nuestra y nos despedimos hasta que el destino nos vuelva a juntar en un próximo destino. Nunca se sabe quizás es ella quien viene a visitarnos.

El día de mi santo, aunque sin saber casi que era mi santo, había terminado. Había sido un día más que completito, en el que no dejamos de practicar inglés, visitar tiendas, probar comida al estilo japonés y sobre todo caminar y caminar. Un día completo y divertido.

Día 4- Mercado de Tsukiji, Shinjuku y alrededores

Cuando nos despertamos y fuimos a tomar el café nos dimos cuenta que estaba lloviendo.
La primera parada era ir a la Lonja de Tokio, mercado de Tsukiji. Así que nos bajamos en Tsukiji station y parecía que lo tendríamos cerca, pero no veíamos nada. Después de que el GPS recalculase ruta, seguimos sus indicaciones, y empezamos a ver muchas paraditas, escuchar el jaleo de los vendedores y notar el olor del pescado. Vendían desde pescado seco, a pescado fresco y algas. Nosotros queríamos ir a desayunar, ya que nos habían dicho que preparan un sushi delicioso y más fresco imposible. Íbamos con ganas, a pesar de la lluvia de disfrutar del pescado fresco de Japón, pero sobre todo de comerlo. No queríamos que la lluvia nos ahogase el día, y queríamos disfrutarlo de la mejor manera. Aunque ir con paraguas no era tan cómodo, al menos no nos mojábamos tanto.

Nosotros no fuimos con paraguas a Japón, aunque yo recomendaría que en cualquier viaje, se lleve uno, aunque sea de los pequeños. Yo llevaba unos chubasqueros de viaje que me habían regalado las compañeras de trabajo. Se trata de un chubasquero que ocupa muy poquito y lo puedes llevar a cualquier parte, porque no te ocupa espacio en el equipaje. Al no llevar paraguas, al pasar por una tienda de conveniencia, 7eleven, vimos que tenían paraguas, pero rechazamos la idea, para no ir cargados durante todo el viaje con ese paraguas tan grande. Así que fue entrar y salir. Sin embargo, al salir de nuevo a la calle y ver que la lluvia empezaba a apretar y ver qué era necesario llevar uno, entramos de nuevo. Compramos uno de esos paraguas transparentes, allí parece que es lo más típico, porque casi todo el mundo llevaba uno de esos. Son grandes, y pueden resultar incómodos de llevar, pero protegen muy bien de la lluvia, son fuertes y resistentes, además tiene la ventaja de poder ir viendo a quien tienes delante, porque es transparente y no te oculta nada. 

Bajo el paraguas japonés, transparente


Con el paraguas, el chubasquero, las cámaras y las ganas visitamos muchos puestecitos del mercado de Tsukiji. No sabíamos dónde desayunar, más bien almorzar, ya que muchos de los puestos eran callejeros, pero con la lluvia no nos apetecía comer de esa manera, por lo incómodo que puede ser, comer evitando que se te caiga al suelo, haciendo malabares y encima mojándote. Así que alrededor del mercado, había muchos restaurantes que a precio más que asequible ofrecían sushi entre otros manjares. Nosotros nos centramos en el sushi y entramos en uno que tenía buena pinta y así fue. El restaurante en cuestión se llama Ichiba Sushi con una barra llena de taburetes, no había mesas, la mesa era la barra, porque arriba había una cinta por la que pasaban multitud de platitos con algún tipo de sushi. Veías como los cocineros delante tuyo preparaban el sushi y los ponían el platos, era todo un espectáculo.  Empezamos a coger platitos, uno a uno, y lo primero que me sorprendió era que no había wasabi, con lo que a mí me gusta mezclarlo con la soja. Con el primer bocado lo entendí, y es que al ser pescado fresco, los cocineros ya ponen un poquito dentro de cada elaboración. Probé muchos tipos de sushi, incluso me gustaron más los niguiris que los que más me suelen gustar que son los makis con la alga nori. En este caso creo que me gustaron más los niguiris, porque nunca había probado sushis tan frescos y deliciosos. Empezamos a coger un
Platitos apilados
plato, nos lo comíamos y cogíamos otro. A la hora de pagar, por muy barato que fuese, nos dimos cuenta que habíamos comido mucho. Fue gracioso, porque te dicen lo que le ha costado, apilando todos los platitos y pasando una máquina, ya que depende de la cantidad de platos y del color tienen un precio u otro. No fue un precio desorbitado, para toda la cantidad y la buena calidad de los platos que habíamos degustado. Lo pagamos más que a gusto.

Después de haber saciado y probado muchos sushis, ya no teníamos mucho que hacer en el mercado, ya que las paraditas las habíamos visto. Y, aunque dicen, que lo bueno del mercado de pescado es ir de madrugada, para ver la subasta. Nosotros no madrugamos lo suficiente, como para verla en acción, no era necesario, tampoco nos hubiéramos enterado de mucho. Lo importante era probar el pescado fresco y ver a los cocineros en acción y eso lo hicimos.  Así que una vez  visto, fuimos en dirección al hotel, ya que cerca de nuestro alojamiento estaba el Palacio Imperial de Tokio. Después de rodear el espacio del Palacio, para encontrar la puerta, fue todo un poema al ver que estaba cerrado al público. Tuvimos tan mala suerte que no caímos que los viernes estaba cerrado. Solamente cierran dos días a la semana, lunes y viernes, y coincidió que era viernes. Nosotros en que casi no sabíamos ni qué día era, no habíamos ni caído. Al menos nos hicimos unas fotos desde fuera, a pesar de la lluvia, y queda para visitarlo en otro visita a Japón. 

De ahí nos fuimos a Shinjuku para visitar el Edificio del Gobierno Metropolitano de Tokio. Había leído que este edificio que cuenta con 243 metros es un lugar ideal, para contemplar las vistas de la ciudad sin necesidad de pagar. Así que entramos, pasamos un control de seguridad antes de subir al ascensor, y de ahí directos a la planta 43. Nos dimos cuenta que no éramos los únicos turistas del lugar, había bastantes, pero sin aglomeraciones. Por tanto pudimos ver por los ventanales diferentes panorámicas de la ciudad, además en cada ventanal, en inglés, te explicaban qué se podía observar. Carlos me iba leyendo qué es lo que teníamos enfrente. Además, por supuesto, aprovechamos para hacernos algunos retratos con el marco incomparable de la ciudad de Tokio de fondo. 

Con el fondo de la ciudad de Tokio en el edificio metropolitano


Estuvimos bastante rato, ya que no había límite de tiempo. Incluso descansamos en unos bancos, ya que era un lugar muy tranquilo. Después visitamos una tienda que había dentro con productos típicos de Japón, aproveché para comprarme un zumo de miel, algo raro, pero que sabía que me vendría bien, para mi dolor de garganta.
Nos resistíamos a abandonar el lugar, porque, a pesar de lo majestuoso del sitio, era muy tranquilo, además no queríamos enfrentarnos otra vez a la lluvia japonesa. Pero, nos armamos de valor, me puse de nuevo el chubasquero y nos lanzamos a la calle. Queríamos visitar el barrio de Shinjuku. Este barrio es muy concurrido, tiene muchos edificios altos con luces de neón. Nosotros estuvimos paseando por sus calles, sin ninguna ruta específica, simplemente introduciéndonos en sus calles como si fuéramos de ahí. De hecho visitaos una tienda de electrónica, solamente por el gusto de resguardarnos de la lluvia y ver qué tenían. Era como una de las que tenemos aquí, pero a gran escala, con más de ocho plantas. Una planta solamente para cámaras fotográficas y de vídeo, se nota que a los japoneses les gusta la fotografía y había cámaras que bien podría ser para profesionales. Yo querría haberme comprado, aunque fuera un pendrive original, pero no ví ninguno. Además los precios, más o menso son como los de España, no son más baratos. Hay que tener en cuenta que comprase aparatos electrónicos en el país nipón no es ninguna ganga, quizás hace años sí que lo era, pero ahora no: en primer lugar el precio no es barato, todo lo que ves o casi todo lo puedes encontrar en tu país, además de que cualquier cosa que compres allí después tendrás que comprar un conector para poder enchufar el cable en tu país, hay que tener que los volteos no son los mismos.

Después de pasear y visitar tiendas, nos entró algo de hambre. Hay que pensar que ese día aún no habíamos comido, ya que habíamos hecho un gran almuerzo de sushi. Así que sobre las seis de la tarde ya nos entró un poco de hambre. Había unos “restaurantes” que estaban en una callejuela estrecha, todos agolpados, muchos llenos de gente, en algunos solamente podías sentarte en taburetes y con el inconveniente de que eran al aire libre, solamente había una cortina que separaba la taberna de la calle. Encontramos uno que no estaba muy abarrotado y que tenía mesas y sillas, solamente tres, pero una era para nosotros. Sentamos nuestros aposentos y enseguida nos dimos cuenta que habíamos caído en un sitio para turistas, porque todos los que estábamos allí éramos de fuera. Empezamos a pedir pinchos, de esos que parecen baratos, pero que tienen la trampa de que vas pidiendo, pidiendo y después el precio es muy diferente al que habías pensado. Pedimos: yakitoris (uan especie de pinchos de pollo con verduras),  gyozas (una especie de empanadillas al estilo japonés), ensalada, pincho de gambas, entre otras tapas típicas del país. Todas esas raciones acompañadas de una cerveza japonesa nos entretuvo el estómago y nos sirvió de cena. 

Emprendimos el camino hacia el hotel, pero no habíamos caído que era un viernes y sería las siete y algo de la tarde, así que la estación de Shinjuku fue toda una odisea. Era la primera vez que estábamos allí, estaba a tope de gente, incluso desde la calle teníamos que hacer cola para entrar a la estación, y estábamos más que perdidos. Una vez encontramos nuestro camino, que una vez pudimos entrar con el Japan Rail Pass, el vagón parecía una colmena de personas. No hacía falta ni agarrarse, tampoco podíamos hacerlo, pero como estábamos en una lata de sardinas tampoco corríamos peligro de caernos. Fue agobiante, tanto que nos entró una risa contagiosa de los propios nervios de sentirnos apretados, de no saber dónde estábamos y de vivir esa experiencia. 




En el hotel intentamos adecentar un poco la maleta, al día siguiente abandonábamos la capital de Japón, para ir al Japón más tradicional. Dejábamos Tokio para conocer Kioto. El sábado 14 de octubre nos levantamos en Tokio, desayunamos, pedimos un taxi en el hotel. Llovía una vez más y aunque la estación no estuviera muy lejos preferimos ir en taxi, para evitar mojarnos, además de ir cargados cada uno con su maleta y su mochila. Cuando preguntamos en la recepción del hotel si nos pedían un taxi nos dijeron que no, nos quedamos muy descuadrados, y enseguida nos acompañaron, a falta de poder dialogar, su forma de decirnos las cosas era acompañándonos a los sitios. Nos acompañaron a la calle y allí nos pararon un taxi. La primera vez que cogíamos un taxi en Tokio. El taxista no era muy hablador, creo que suficiente era que nos hubiera entendido que queríamos ir a la estación de tren. El coche sería moderno, pero la decoración de los asientos era digna de los años sesenta en España, todos los asientos tenían una funda de punto, tipo tapete de abuela, la cual cosa nos hizo mucha gracia. Cuando llegamos a nuestro destino la Estación de Tokio, el conductor paró y por arte de magia nuestras puertas se abrieron solas. Nos ayudó a bajar las maletas y se despidió. En la estación vimos una oficina del Japan Rail Pass y quisimos reservar los asientos para Kioto, ya que era una destino de dos horas y algo. No nos entendimos con las máquinas. Hicimos cola, para que nos reservasen los asientos, pero nos dijeron que no había disponibilidad de asientos, para ese día. Nosotros sí o sí teníamos que salir ese día hacia Kioto, ya que teníamos el hotel reservado. Nos aventuramos a ir sin asientos reservados, así que nos tocó ir del vagón 1 al 5. Los trenes, como si se tratase del metro, pasaban con mucha asiduidad y podíamos subirnos en el que quisiéramos, mientras fuera a Kioto. No tuvimos ningún problema en ir sin asientos reservados, porque en esos vagones que era para gente  como nosotros, sin reserva de asientos, podías sentarte donde quisieras y había asientos de sobra. Colocamos las maletas donde pudimos y nos dedicamos a disfrutar del viaje en un Shinkasen (tren bala). Ahora tocaba descansar y pensar qué nos depararía Kioto.