lunes, 7 de mayo de 2018

Instagram y Accesibilidad


La MALETA DE PILI en Instagram


El blog ya tiene cuenta en diferentes redes sociales como: Facebook, Twitter, Youtube y ahora, desde hace unos meses, también está en Instagram.
A pesar de que era reticente a unirme a esta plataforma, ya que hace años la tuve a nivel personal y me resultaba bastante complicado utilizarla. Además que, teniendo en cuenta que es para subir fotos, que no se pueden ampliar y teniendo una discapacidad visual, pues no la veía para nada útil, ni práctica. Así que, me borré aquella cuenta. 

Sin embargo, desde hace unos meses he puesto a @LamaletadePili en Instagram, pensando que puede ser una herramienta más para dar a conocer el blog, en el que puedo promocionar los post, además de incluir fotografías que me apetece compartir en redes sociales. Sigue siendo poco práctica para mí. Tengo compañeras de trabajo que sí que son usuarias de esta plataforma y me explicaron un poquito el mecanismo. Sin embargo, fue que a la hora de subir una fotografía de mi galería, me cuesta bastante elegirla, al no ser que la acabe de hacer. Además de otro problema de accesibilidad con el que me he encontrado, a la hora de escribir una descripción a la foto, mi lector de pantallas no me lee lo que voy escribiendo, así que es probable que pueda hacer alguna errata sin darme cuenta. No sé por qué el VoiceOver, el software que me permite manejar mi móvil, no me lee a la hora de escribir, cuando en otras aplicaciones sí que lo hace sin dificultad. Bueno, es cuestión de hacerlo a tientas, teniendo la seguridad que he tecleado correctamente, y, bueno, si está alguien cerca que me pueda echar un ojo, antes de darle a publicar, prefiero que me dé el visto y el Ok, para cerciorarme de haber escrito lo que quería.

Sin embargo, a pesar de estas dificultades con las que me puedo encontrar, quiero que el Blog tenga aún más visibilidad y Instagram, que es utilizado a diario por miles de usuarios en el mundo puede ser una gran ventana. Además, es una manera de ver imágenes de otros usuarios que comparten mismas aficiones. Sin embargo, a veces, entre que no se puede ampliar y la gente se olvida de hacer una pequeña descripción, me encuentro con esto:



Sí, para mí, que alguien no ponga qué hay en la imagen, que no escriba nada, que la deje caer como si cualquier cosa, pierde todo el interés. Sé que es una aplicación muy visual, pero eso no quita que las personas con discapacidad visual podamos utilizarla. Solamente se trata de concienciar un poquito, y que al igual que sucede con todo, que todos aprendan a ponerse en el lugar del otro. Me sucede igual en Whatsapp cuando comparten una imagen y se olvidan de poner la descripción, sé que es la falta de costumbre, pero para mí es todo un engorro no saber qué han enviado. Aunque cabe decir que en esa aplicación sí que se pueden ampliar las imágenes, pero a veces ni haciéndolas más grande descifro que han enviado. Entonces, es cuando pregunto qué es, para estar también enterada. No cuesta nada hacer una mini descripción, para que así todos tengamos acceso a la información visual.

Después de todo el rollo sobre la accesibilidad, que espero que haya servido para concienciar un poquito sobre el tema y nuestra visión del tema (y nunca mejor dicho). Os dejo mi Instagram para que podáis ver lo que voy publicando. A veces tienen relación con el blog, con las entradas que publico, y en otras ocasiones son del día a día, en ese caso mi inspiración es mi guía, mi perra guía Kenzie que sabe posar como nadie, y hace que las fotos ganen mucho más con su presencia. Sé que mis imágenes no serán de calidad, pero servirá para ir compartiendo con vosotros un poco de mí. Al igual que ocurre con el blog, que no está centrado en algo en concreto, la vida se completa de pequeños instantes que hacen muy grandes esos pequeños grandes detalles.

Sé que se pueden crear: Historias, vídeos y emisiones en directo, pero todo eso, de momento, lo dejo para los expertos. Ahora mismo con colgar alguna foto, escribir qué es y compartir ya es mucho para mí. Si alguien quiere compartir su experiencia con Instagram, soy toda oídos.
  
Nos seguimos! Y ahora en Instagram @LamaletadePili  

lunes, 30 de abril de 2018

10 consejos antes de viajar a Japón



POST TEMÁTICO: CONSEJOS 


Después de haber relatado en los anteriores post los lugares que visitamos en Japón. Ahora empezamos con los post temáticos. El primero de ello es esté, en el que os voy a contar qué hacer antes de ir a Japón.

10 CONSEJOS: ANTES DE VIAJAR A JAPÓN
              

                1- Si viajas desde España no es necesario visado. Simplemente tener el pasaporte vigente, mirad que no quede poco tiempo para su caducidad. 

        2- Mira vuelos en Skyscanner para ver qué vuelo sale mejor de precio. Valora las escalas, porque piensa en los días que vas a tener allí, que vas a llegar con un día menos (diferencia horaria) y con jetlag.
    
       3- Si vas a visitar más de una ciudad en Japón, valora comprar el JRP . Con estos billetes, podrás viajar de forma ilimitada en la mayoría de trenes de Japón, en algunos autobuses y ferris, además de ahorrarte bastante dinerillo. Estos pases los puedes comprar en función de los días que vayáis a estar (7, 14 o 21 días). Piensa si vas a ir a hacer ruta por Japón o solamente vas a estar en un par de ciudades, aunque igualmente creo que compensa. Por ejemplo: Viajar de Tokio a Kioto en tren sin Japan Rail Pass puede costar sobre 250 euros y con el pase, a pesar de que es un gran desembolso, no tendrás que pagar, ni sacar billetes. Recordad que este pase solamente se puede adquirir desde fuera de Japón, así que antes de viajar. El pase es intransferible, viene tu nombre, el pasaporte y la fecha en la que se ha puesto en marcha. Tendrás que tener mucho cuidado de no perderlo, de que no se moje o no le pase cualquier otra cosa, ya que no se podrá comprar otro, vamos, ni te darán otro, aunque te lo hayan robado, ya que en Japón no se puede conseguir.

                4- Ir con alojamiento, te ahorrarás algún dolor de cabeza, dinero y además te lo pedirán cuando llegues al aeropuerto. Está muy bien eso de ir a la aventura, pero cuando vas a ir a un país tan lejano, aunque sea  reserva para los primeros días, porque cuando pases por inmigración te lo solicitarán.
         
         5- Aconsejo encarecidamente llevar Internet en el móvil. Sé que hay varias maneras, comprando una SIM u otras maneras, pero nos sorprendió el Pocket Wifi  que es como un router pequeño, que te permite tener Internet en tus dispositivos allá donde vayas. Si volviéramos a alquilarlo, lo haríamos sin límites de datos, porque te da más libertad de uso. Sabemos que desplegar un mapa puede tener su encanto, su magia, sin embargo, ir con GoogleMaps nos facilitó mucho la vida. En muchos mapas las calles estaban escritas en Kanji, por tanto descifrar aquello puede resultar un jeroglífico.

        6- Llevar dinero en efectivo. A pesar de que todo el mundo piense que Japón es un país totalmente avanzado, y que tendrán TPV  en todas partes para pagar con tarjeta de crédito, no es así. En muchos sitios no tienen, o no está bien visto. Además si quieres comprar algo en un puesto callejero, no esperes que acepten tu tarjeta de crédito. Nosotros hicimos el cambio en el Aeropuerto de Narita. Nada más llegar fue lo primero que hicimos, hay gente que sabe más del tema y sabe cuándo va a salir mejor y dónde hacer el cambio, pero no fue el caso y no salió tan mal.  
        
        7- Tanto los vuelos, como los hoteles, como todo lo que reserves desde España, llévalo impreso también en japonés. Puede parecer raro que no sepan leer nuestros caracteres y entender el nombre de un hotel, pero si nos ponemos en el otro lado, yo no sabría interpretar algo que me enseñasen en kanji. Nos pasó en Kioto, diciéndole al taxista el nombre del Hotel, hablándole en inglés, pero no nos entendía. Finalmente le enseñamos la hoja de la reserva, pero tampoco había manera de que supiera dónde queríamos ir, hasta que le enseñamos la hoja impresa en japonés, y entonces fue cuando se le iluminó la cara y nos pudo llevar a nuestro destino.

       8- Llevar un adaptador para la corriente. Los enchufes no son como en España, la corriente que utilizan es de 100V y el enchufe es de dos palancas paralelas planas, así que llevar un ladrón, te puede ayudar mucho.

       9- Hablando de baterías, nos solucionó mucho el llevarnos una batería externa. No tan solo por cargar el móvil, que al utilizar el GPS gastaba más rápidamente la carga, si no que nos vino bien para la cámara de fotos, de vídeo, el Pocket Wifi, etc. 

       10- Incluir en la maleta un chubasquero. Nunca sabes si tendrás un chaparrón, una tormenta o un seguido de días de lluvia. En nuestro caso no íbamos en la temporada de más lluvia o Tsuyu, que comprende desde Mayo, Junio y Julio. Fuimos en octubre y no tuvimos gran suerte con el clima. Por propia experiencia, podemos decir que por mucho que compres un paraguas, un chubasquero, te vendrá muy bien si llueve para hacer turismo. Aunque no olvides llevarte de recuerdo uno de esos paraguas tan típicos de Japón, uno de esos transparentes, que te harán sentir como un nipón más. Verás  lo cómodo que es ir con uno de ellos, porque te permite ir por la calle viendo lo que hay frente a ti, sin chocarte con nadie, al ser transparentes es una  de las ventajas.  


      VÍDEO BLOG: 10 CONSEJOS ANTES DE VIAJAR A JAPÓN. NUESTRAS RECOMENDACIONES: 

   





viernes, 20 de abril de 2018

Sintiendo la primavera



CITAS CÉLEBRES SOBRE LA PRIMAVERA


“¡Abril divino, que vienes cargado de sol y esencias, llena con nidos de oro las floridas calaveras!”
Federico García Lorca "Libro de poemas" (1921)

“La primavera ha venido, nadie sabe cómo ha sido.”

“Mientras haya en el mundo primavera ¡habrá poesía!”

“Si llega el invierno, ¿Puede la primavera estar lejos?.”

“El invierno está en mi cabeza, pero la eterna primavera está en mi corazón.”

“Podrán cortar todas las flores, pero no podrán detener la primavera”

“En una rosa caben todas las primaveras!

“Cuando llegaba la primavera, incluso si era una primavera falsa, la única cuestión era encontrar el lugar donde uno pudiera ser feliz. 
Ernest Hemingway en "París era una fiesta"

“Si no tuviéramos invierno, la primavera no sería tan agradable: si no le sintiéramos a veces gusto a la adversidad, la prosperidad no sería tan bienvenida.”





jueves, 12 de abril de 2018

Despidiéndonos de Japón: último destino


NUESTROS ÚLTIMOS DÍAS EN EL PAÍS DEL SOL NACIENTE


Cuando sabes que la despedida es cercana, cuando sabes que lo bueno está por decir adiós, es el momento de sacar fuerzas de donde no las hay, para exprimir al 100% todos los minutos. Con el tiempo quedará el recuerdo, no solamente de esos últimos días, sino del viaje en global. Una de las aventuras asiáticas, la de Japón empezaba a decirnos adiós, o más bien, nosotros empezábamos a darnos cuenta que ya solamente quedaban horas allí. Y, aunque, tenemos la idea de volver algún día, no sabemos cuándo volveremos, así que era el momento de, a pesar del cansancio acumulado, disfrutar al máximo de aquel país. 

ÚLTIMA NOCHE EN HIROSHIMA
Después de nuestra escapada a Miyajima, volvimos a pasar nuestra última noche en Hiroshima. Para volver rehicimos el camino, volviendo a coger el ferry (gratuito con el JRP) y cogiendo de nuevo el tranvía que nos dejaría cerca de nuestro alojamiento. Cuando volvimos estábamos cansados, pero aún no era tan tarde como para preparar el futón e irnos a descansar, además debíamos cenar algo, que después de un día de excursión nos merecíamos llenar el estómago. Con el wifi del Ryokan buscamos algún sitio cercano, que no estuviera mal, además nos apetecía uno de los manjares más típicos de la zona: Okonomiyaki.

LA ÚLTIMA CENA EN HIROSHIMA
Encontramos un lugar muy chiquitín, en el que solamente estábamos nosotros como comensales. De hecho te sentabas en taburetes, delante tenías una barra con la placa, en el que te servirían el okonomiyaki. Así también podías ver cómo lo preparan delante tuyo, asistiendo a un espectáculo gastronómico. Solamente había una mujer como dueña y cocinera, quien se asustó al vernos, porque no esperaría a nadie. Estaba tras la barra, con la televisión puesta y con una sonrisa muy amable, dispuesta a ofrecernos lo que fuera, aunque no tuviera ni idea de inglés, ni mucho menos de nuestro idioma. No había carta, para ver qué tenían, así que al decirle oknomiyaki, ella señaló a la pared, donde estaba anotado en kanji todo lo que tenían, así que si es como si nos hubiera dicho que eligiéramos un dibujo, porque no teníamos ni idea de lo que había escrito, ni qué significaba nada. Así que, optamos por echarlo a suertes, Carlos señaló dos diferentes, esperando que nos gustase lo que habíamos escogido, pero sin saber qué contenía. Ella asintió y se puso manos a la obra. Carlos también pidió una cerveza japonesa, pero no había manera de que la mujer le entendiera, por mucho que se lo repitiera en inglés, ella no sabía qué le decía, Carlos buscó por todas partes una botella, pero no la encontraba. Al final le pareció ver una y le dijo qué era lo que quería, y ella le trajo dos para elegir, y él eligió una grande. Yo con el vaso de agua fresquita que me había ofrecido nada más entrar, tenía más que suficiente, ya que para comer es lo mejor que hay, y más si no sabes ni lo que vas a comer.

Con parsimonia, pero con ritmo, la mujer empezó a sacar todos los ingredientes que necesitaba. Carlos me iba contando: huevos, verduras, jamón, etc.. Carlos era mi audio descriptor, y así al ver que no había ningún ingrediente peculiar, nos quedamos más tranquilos. Empezamos a ver cómo preparaba todo en la placa que, ya había puesto a calentar, y yo saqué el móvil para grabarle. Sí, mal hecho, sin pedirle permiso, pero tampoco me entendía, y la idea era grabar cómo lo cocinaba. A ella al verme con el móvil le hizo mucha gracia, no se lo tomó a mal, más bien al contrario: se divertía al ver a esa pareja extranjera, atentos a todos sus movimientos.  Nos pareció muy entrañable, porque siempre tenía una sonrisa para nosotros, y, a pesar de la barrera lingüística, hacía gestos para expresarse. Nos hubiera gustado mantener una conversación con ella, pero no había manera, por mucho que lo intentamos.


Después se puso en marcha con el otro okonomiyaki,  y ese sí que nos pareció más raro, ya que llevaban fideos dentro. Más contundente no podía ser. Cuando estuvo listo, se quedó a la espera, para que lo probásemos, y de hecho, como nos había visto con los móviles, le dije a Carlos mediante gestos que me hiciera una foto mientras lo probaba. Nos hizo mucha gracia. Ella me lo había preparado, y no sé si se habría dado cuenta que no veía, supongo que sí, porque con Carlos no lo hizo, pero me había preparado un trozo de okonomiyakk con la paleta, y, sin decirme nada, simplemente como ella podía expresarse, se acercó
Pili probando el okonomiyaki
para acercármelo a la boca, como si fuera una niña pequeña. Ella estaba expectante, pero quemaba, sin embargo: ella quería nuestra aprobación, quería saber si estaba a nuestro gusto. Hasta que no le dijimos un ok, con el pulgar hacia arriba y vio nuestra sonrisas de satisfacción, ella no se quedó tranquila. Una vez nos vio disfrutar de la comida, ella se preparó algo para ella, y se puso a cenar mientras veía la tele. El sitio era muy pequeño, la teníamos enfrente cenando y viendo la televisión, casi como si fuéramos intrusos y nos hubiéramos metido en su casa, pero ella se sentía acompañada y a gusto de nuestra compañía, se le notaba.
Al finalizar la cena, en la que nos quedamos muy llenos, casi no podíamos ni terminar. Pero, cuando nos quedaba poco, ella empezó a rascar con la paleta, y nos lo acercó, para que nos terminásemos todo. No queríamos hacerle ningún feo y como niños buenos nos lo comimos todos, a pesar de acabar muy gordos, pero no queríamos que se lo tomase a mal, además, cabe decir, que estaban buenísimos. Nunca habíamos comido unos okonomiyakis tan ricos, deliciosos y hechos con mucho mimo. Cuando ya nos fuimos quise decirle, a riesgo de que no me entendiera, que éramos de Barcelona, pero no hubo manera de que nos entendiera. Nos hizo gesto de un momento y se fue a buscar algo, yo pensé que un diccionario, pero era una libreta. Pensamos que sería, para que le hiciéramos un dibujo o le escribiéramos lo que decíamos, pero no, nos enseñó páginas anteriores: era como un libro de visitas, en que otros turistas y comensales habían escrito para la mujer. Imagino que después alguien se lo traduciría, y si  no ella estaba súper feliz con su libreta de visitas. Carlos me estuvo leyendo lo que había escrito, casi todo en inglés y también en japonés (en ese caso no pudimos entender nada), todo el mundo destacaba lo bien que se comía y el trato de aquella mujer. Nosotros quisimos dejar nuestra huella escribiendo en nuestro idioma, no es que no supiéramos escribir en inglés, pero nos hizo gracia dejar nuestras palabras en nuestra lengua. Más que nada, por si casualidades de la vida otros españoles acaban en ese mismo rinconcito de Hiroshima, verán que otros como ellos también estuvieron allí.

Salimos muy contentos del establecimiento, no tan solo por lo bien que habíamos comido, sino por el trato de aquella japonesa que nos había tratado como si fuéramos familiares suyos. Sabemos de lo serviciales que son, sabemos que estábamos como clientes, pero no nos trató como simples clientes, si no que quería agradar, sin llegar al agobio y estaba todo el rato atenta. Cuando salimos me hice una foto en la puerta, me hubiera gustado hacerme una con aquella mujer encantadora, pero no quise abusar de su confianza y no se lo dije. Seguramente no se hubiera negado, pero tampoco era plan. 
Pili en la puerta del restaurante


 Nos fuimos a dormir, la jornada había sido totalmente redonda y debíamos reponer fuerzas.  

DE CAMINO AL ÚLTIMO DESTINO DE JAPÓN
Al día siguiente antes de abandonar el alojamiento japonés debíamos preparar de nuevo las maletas. Con las maletas arregladas, otra vez había tocado un Tetris, pero habíamos podido cerrarlas. Hicimos el check-out y nos fuimos a desayunar. De nuevo fuimos al mismo sitio que el día anterior, aunque en esta ocasión había más gente, o nos dio esa sensación, porque entre que el sitio era pequeño e íbamos cargados con las maletas….  Pedí lo mismo que el día anterior, la leche con los cereales,, Carlos se animó y también lo pidió. Sin embargó, vimos que tardaba más de lo habitual. Finalmente se acercó y nos dijo que lo sentía, pero que no tenía leche. No sé por qué había tardado tanto en decirlo. Creemos que es el por pudor que suelen tener los japoneses a no poder ofrecer lo que queremos. Sin embargo, no lo entendimos, porque si nos lo hubiera comunicado antes, antes hubiéramos cambiado de opción, y antes hubiéramos terminado. Finalmente pedimos unas tostadas francesas, que muy bien no sabíamos qué era, pero  era algo para comer. Salimos en varias ocasiones a fumar, en una de las ocasiones que salió Carlos, él también salió y le pidió un cigarro. No tuvo ningún inconveniente en darle uno, pero nos pareció raro. Nuestro desayuno era un bol con trocitos de pan tostados y dulces, algo muy raro, pero que estaba rico. Después del café y cuando nos cobró, me dijo Carlos que nos había hecho descuento, por las molestias ocasionadas. Así que nos despedimos y nos fuimos en dirección a la estación de tren. A lo tonto, entre las maletas, el desayuno y los contratiempos se nos había hecho bastante tarde. Suerte que cogeríamos el tren que viniese, sin presión de horas de billetes y con la ventaja de que en Japón cada cinco minutos tienes la opción de coger el tren.

En la estación optamos por no reservar asientos, así con el JRP íbamos pasando de un lado para otro. Cuando llegamos a nuestra vía de tren, nos pusimos en las áreas que son para personas que no tienen asientos reservados. Al no ser muy temprano, tuvimos suerte y pudimos sentarnos, había sitio de sobra. Nuestro recorrido sería cortito, ya que nos dirigíamos hasta nuestro último destino en Japón: Fukuoka.

EL REENCUENTRO CON YUSUKE
Estábamos emocionados por ir a Fukuoka, no por la ciudad en sí, sino porque allí nos reencontraríamos con Yusuke seis años después de nuestra última vez. Yusuke, ó Whisky, tal y como se presentó la primera vez que lo vimos. A él lo conocimos en nuestra estancia en Dublín. Aquel año, aparte de aprender inglés y vivir en una ciudad extranjera, nos sirvió para conocer a personas de casi todo el mundo. Sí, conocimos a muchos coreanos, japoneses, europeos, excepto a irlandeses, quienes no estaban por la labor de relacionarse con extranjeros que vivían en su ciudad.

Con Yusuke, que no vivía en Fukuoka, sino en una ciudad cercana, habíamos quedado en la estación de tren, ya que él también llegaría en otro tren de cercanías. Quedamos en la puerta principal de la estación de tren. Una vez estuvimos ahí, le escribimos, para preguntarle su ubicación. Nos dijo que en 10 minutos estaría allí. Cuando llegó enseguida, a pesar de los años transcurridos, nos reconocimos. Nos hizo muchísima ilusión y nos hicimos la primera foto de reencuentro en la estación. Nos había traído un detalle de su ciudad natal, eran unos dulces envueltos con esmero y que deseaba que nos gustasen y aguantasen hasta nuestra llegada a España. Después del jolgorio por vernos de nuevo. Decidimos qué hacer. Cabe decir, que para no variar en nuestra estancia por Japón, estaba lloviendo de nuevo, pero poco nos importaba. No teníamos mucho que ver en aquella ciudad, solamente a Yusuke y ya estábamos con  él. 

Reencuentro con Yusuke en la estación de Fukuoka

ANTES DEL REENCUENTRO
Una vez llegamos a Fukuoka con las maletas, mochilas y demás nos fuimos a buscar nuestro alojamiento que relativamente estaba cerca de la estación. Una vez llegamos vimos que había bastante gente esperando en la recepción, cuando nos tocó nuestro turno, nos quedamos con cara de tontos, al ver que nos decía la posición de nuestro apartamento en un mapa. Nos explicó dónde estaba y la clave qué debíamos introducir al llegar. No entendíamos nada. Nosotros habíamos elegido ese alojamiento solamente por la cercanía y la comodidad de estar cerca de la estación, y ahora nos indicaban que estaba en la otra punta. Realmente no sé si en la otra punta o no, pero no estaba cerca, ni siquiera sin maletas podíamos llegar caminando. Una vez más, entre el desayuno tardío y con contratiempos y ahora esto, hacía que el reencuentro se retrasase más y más. No sabíamos cómo ir, otra vez cargados ir a la estación de tren, coger el metro y demás era demasiado, para un día lluvioso y lo perdidos que estábamos, así que optamos por lo más sencillo coger un taxi.

En un momento nos dejó cerca de unos cuantos edificios altos. Uno de ellos era nuestro apartamento de una noche. Había una portería con doble puerta, la principal se abría sin problema, pero una vez dentro había unos buzones, abrimos el nuestro, encontramos nuestra clave, y por mucho que Carlos la introducía no había manera de que la puerta se abriese. Estábamos perdidos, en una puerta sin que se abriese, sin recepción, sin nadie a quien preguntar, sin teléfono adónde llamar y cargados con las maletas. Solamente íbamos hasta allí, para dejar nuestras maletas y no podíamos acceder. Finalmente después de intentarlo en varias ocasiones, alguien desde dentro nos abrió. Nunca supimos si era alguien que trabajaba allí, si era alguien alojado o quien era, pero nos salvó el día. Nos rescató de ese enredo. Le explicamos y nos dijo cómo se hacía, bien hecho, porque si no corríamos el riesgo de quedarnos más tarde una vez más atrapados. 
Subimos a nuestro apartamento y era amplio como ninguno en los que habíamos estado. Con una cama grande, con cocina, con baño, con un balcón grande – en el que cada dos por tres se podía escuchar el Shinkansen pasando a toda velocidad-.  
Vistas desde el apartamento de las vías del Shinkansen


No quisimos demorarnos más, y después de dejar nuestros bártulos y enganchar nuestro móvil al wifi, que iba y venía, vimos que teníamos una parada de metro relativamente cerca y podríamos llegar a la estación de tren, donde habíamos quedado con Yusuke.  Eso sí, antes de irme cargada como una mula, descargué todo el contenido de mi bolso, porque no hacía falta ir con tanto, mi espalda me lo agradecería.  
De camino a la estación de metro, en un parque vimos una exhibición de niños bailando con música oriental. Nos hizo gracia y nos paramos a contemplarles, aunque más bien tampoco era nada del otro mundo, pero ya se sabe que cuando vas de turista cualquier cosa te sorprende. De hecho hasta Carlos como si de uno de los padres se tratase se puso a grabar una actuación. Después proseguimos y en el metro, el cual podíamos viajar sin necesidad de sacar billete, ya que una vez más amortizaríamos el JRP llegamos hasta la estación principal.

SHABU-SHABU
Platos, ollas y comida en la mesa. Preparados para Shabu Shabu
Después de nuestro reencuentro en la estación con Yusuke, nos dimos cuenta que deberíamos haber quedado en su ciudad y no haberle hecho trasladar hasta Fukuoka, pero él en ningún momento nos dijo nada, así que pensábamos que estaba muy cerca. Sin embargo, había tenido que coger un tren de una hora o así y nos supo muy mal, que se gastase dinero para venir a vernos. Y, además, que nos trajese un detalle. Él decía que daba igual, que era domingo y lo importante era volver a vernos. Así que, como no era su ciudad, y, aunque había estado en alguna ocasión no sabía dónde llevarnos. Era la hora de comer y empezamos a buscar adónde ir, pero sin movernos de la estación. Dentro de ésta era como un centro comercial y en la parte de arriba estaba repleta de restaurantes. Nos fue diciendo que tal sitio era coreano, otro italiano, y nosotros lo que buscábamos era algo típico japonés. Así que pensó en un restaurante, que según decía él, era el mejor y era comida típica japonesa. Así que le hicimos caso y pedimos para comer allí, teníamos que esperar en una sillas que había fuera. Sin embargo, entre que estábamos de charla y demás no ese nos hizo muy larga la espera. Una vez dentro, agradecí que Yusuke no quisiera comer en un tatami, ya que, por muy típico que sea, en una mesa estaríamos más cómodos sentados en nuestras sillas. Enseguida Yusuke nos dijo que teníamos que hacer, y me cogió y me llevó a un sitio, en el que había comida dentro de la nevera, con un plato te ponías lo que querías. Él me iba diciendo lo que había: champiñones, verdura, arroz... pensé que era para hacerme una ensalada, ya que no nos había explicado mucho de qué se trataba.
En la mesa vino una camarera y nos trajo unas salsas, una blanca y otra oscura. En medio de la mesa teníamos una olla bastante grande. Más tarde nos trajeron trocitos finos de carne cruda. Y, entonces como pudo Yusuke nos contó de qué se trataba: comeríamos un Shabu-Shabu. Los champiñones que yo había cogido no estaban cocinados, era para prepararlos en una de las ollas que teníamos en medio de la mesa. Además también podías bañar la comida en un bol con salsas, había una de color blanco y otra de color negro. Una era más sabrosa que otra, una como más dulce y otra más avinagrada, pero cualquiera de las dos contribuían a que todo recién hecho, estuviera aún más suculento. La verdad es que nos pareció muy original y todo estaba exquisito. Comimos como gordos, ya que podías repetir las veces que quisieras. Nos levantamos en varias ocasiones, para repetir de acompañamiento: cebolla, setas, tomates, arroz, etc. Y, de carne, cada vez que veía que nos quedaba poco, Yusuke decía unas palabras en japonés y enseguida nos traían más. Terminamos muy contentos con esa experiencia gastronómica, pero muy gordos. Incluso después, al finalizar podías levantarte a por el postre, y si querías podías repetir las veces que quisieras, pero nos habíamos quedado tan saciados que cogimos algún helado y ya nos quedamos de maravilla. Por el detalle que había tenido en quedar con nosotros y la ilusión que nos había hecho, quisimos invitarle, pero una vez más demostró ser un anfitrión y se nos adelantó. Se nota que estaba contento de nuestra visita y lo único que quería era que disfrutásemos. Él estaba preocupado por si no nos había gustado, le dijimos que sí, que mucho, y entonces se le iluminó una sonrisa y se dispuso a llevarnos a otro lugar. Se acordó que fumábamos y preguntó si queríamos ir a algún sitio después de comer, para saciar nuestro vicio. Dentro del mismo centro comercial había una zona para fumadores, una pecera de esas, e incluso él fumó con nosotros. 

CAFÉ: CHARLAS Y RISAS
Cuando salimos del centro comercial no sabíamos adónde ir. Ni él, ni nosotros conocíamos la ciudad, además que hacer turismo bajo el paraguas no era muy agradable. Así que caminamos un poco y se nos ocurrió ir a por un café, Carlos comentó que en Tokio habíamos descubierto una cafetería que estaba muy bien y que, además, se podía fumar. Así que buscamos por Internet la famosa cafetería: Chococro Saint Marc café, y resultó que era una cadena a nivel de todo Japón. Nos pusimos a buscarla, así nos entretuvimos, aunque creo que Yusuke no se fiaba de Google Maps, porque cada dos por tres preguntaba a alguien para ver si sabía de alguna cafetería. Sin embargo, finalmente siguiendo las indicaciones de Google Maps lo encontramos, estaba como en otro centro comercial, y nos pedimos un Capuccino cada uno. Vimos que había una sala tranquila, separada con una puerta corredera, en la que se podía fumar y de forma tranquila: sin molestar a nadie, sin olores fuertes y degustando nuestro café espumoso. Allí, más que durante la comida, sirvió para ponernos al día. Nos contó a qué se dedica qué hace, cómo es su vida y qué había pasado después de su etapa por Dublín. Nosotros también le contábamos qué hacíamos, cómo había sido volver después de un año en Irlanda. Y, aunque no estuviera, se acordó de preguntar por la peluda, Kenzie, ya que se acordaba de ella. También Carlos le contó el programa de televisión que habíamos estado haciendo Kenzie y yo, primero no lo entendía, hasta que Carlos con el wifi de la cafetería le enseñó un episodio y le hizo mucha gracia vernos. La verdad es que no sé cuánto rato estuvimos resguardados de la lluvia, pero daba igual, lo importante es que estábamos practicando inglés, pero sobre todo y lo más importante, estábamos poniéndonos al día con un viejo conocido.  

PASEOS Y ÚLTIMAS EXPERIENCIAS
Una vez salimos de la cafetería, no era plan de quedarnos todo el día sentados, ya había atardecido, estaba medio oscuro, es lo que tiene viajar en otoño, que oscurece antes. Vimos un poco de espectáculo que había en el centro comercial, estos japoneses cuando se ponen a organizar algo lo hacen a lo grande. Después, paseamos: Yusuke decía que querríamos para cenar, pero yo les dije que estaba muy llena. Carlos decía que le hacía gracia cenar en una de esas casetas que hay por la calle: yatai. Son puestos callejeros, en los que cocinan allí mismo, tienes la opción de quedarte, si hay sitio y comértelo en un taburete, o llevártelo. Así que empezamos nuestra búsqueda, porque mientras paseábamos habíamos visto bastantes. Antes de todo ello, pasamos a un supermercado, Yusuke quiso que probásemos una marca de tabaco japonesa, que la verdad no estaba nada mal. Después, escuché uno de esos semáforos acústicos y alegres de Japón y quise probar como era ir sin ir cogida, así que les dije que quería probar una cosa. Saqué el bastón y comprobé la comodidad de andar por esas calles. Aquellas aceras con raíles que tanto nos habían entorpecido nuestro andar con maletas, eran súper cómodas para ir con bastón, porque se notaba mucho el relieve con el bastón y te dejaba justo en el paso de cebra. Cuando llegué al bordillo,  crucé en más de una ocasión con el bastón al ritmo del sonido del semáforo en verde. Ya os contaré más sobre la accesibilidad en Japón en otra entrada. Sin embargo, era mi última noche en Japón y quería vivir la experiencia de caminar con el bastón blanco yo solita, sintiendo cómo era ir  por calles japonesas sin ir agarrada.

Después de caminar y hacer pausas, fuimos en serio en búsqueda de algún yatai que nos llamase la atención, ya que cada uno estaba especializado en algo, por ejemplo: había algunos en los que solamente podías pedir ramen, en otros fideos, y, realmente con todo lo que habíamos comido, y, por mucho que a Carlos le apeteciese una vez más ramen, preferimos optar por algo más ligero, pero degustando el sabor japonés. Además, realmente ni hubiéramos cenado, porque con el Shabu-Sahbu nos quedamos a tope, pero no queríamos despedirnos tan rápidamente. Encontramos un sitio, ya que estaban todos a tope, en el cupimos los tres apretujados en taburetes. En este sitio creo que también ofrecían ramen, por el olor y el calor de los fogones, pero Carlos se lo repensó y prefirió no castigar al estómago con exceso de comida. Así que dejamos que Yusuke eligiera por nosotros unos cuantos pinchos. Por supuesto, estaba mi preferido el yakitori (pincho de pollo y cebollino con una salsa deliciosa), después fuimos probando otros pinchos. Cuando los probábamos, que no nos lo decía hasta que lo habíamos comido, nos decía lo que era. Uno de ellos era culo de vaca y otro, el cual me encantó su textura, eran trocitos de lengua de vaca (muy sabroso y con una textura chiclosa). La verdad, es que nos entró mucha risa al saber qué habíamos comido. Todo esto amenizado con sake, con charlas y risas.  
Plato con Pinchos



LA DESPEDIDA
La despedida se aproximaba no solamente con Yusuke, sino que era nuestra última noche en Japón. Así que, antes de abandonar el país, y a riesgo de no encontrar ningún buzón en el aeropuerto, tuvimos que desprendernos de nuestro Pocket Wifi, habíamos cogido el sobre con el franqueo pagado, introducir el wifi pocke, que nos había acompañado por las andanzas japonesas y despedirnos. Ahora las  últimas horas estaríamos desconectados de Internet, aunque realmente ya lo estábamos porque no quedaban casi datos, casi todos gastados. A mí estas cosas de dejarlo ahí, sin dárselo a nadie me da un poco de mal rollo, pero al menos estaba Yusuke de testigo y, por si las moscas, también lo grabamos, no fuera a ser que después se perdiera, lo robasen o o cualquier cosa y nos acusaran de no haberlo devuelto a tiempo.

Sin wifi, con menos cargas, nos dirigimos a la estación: allí Yusuke tendría que coger el tren hasta su casa y nosotros el metro hasta nuestro moderno apartamento. Nos dio mucha pena despedirnos de Yusuke, porque habíamos pasado un día increíble, quedamos con que la próxima vez, y esperando que no pase tanto tiempo, tendría que venir él a vernos. Espero que pronto muy pronto podamos hacer nosotros de anfitriones con él por Barcelona. No fuimos nosotros quien le vimos marchar, sino que no se quedaba tranquilo hasta que nos acompañó hasta nuestra línea, no fuera a ser que nos perdiéramos. Así que se quedó ahí viendo como nos íbamos.

En el apartamento fue llegar y ponernos a dormir, aunque yo estaba algo nerviosa. Al día siguiente me desperté bien temprano, para recolocar todo en la maleta, aunque no habíamos sacado gran cosa, pero volvíamos a viajar, en esta ocasión volábamos. A mí me daba miedo que con tanta compra friki, el desorden de la maleta y demás pesase más de lo habitual. No teníamos manera de saber cuánto pesaba la maleta, porque normalmente no hay básculas así como así. Algún día me quiero comprar una báscula portátil para viajar, no sé dónde la ví y creo que puede resultar útil. Bien temprano, sin desayunar, cargados y nerviosos, nos pusimos a andar sin rumbo, simplemente esperando encontrar un taxi. Finalmente, Carlos pudo parar uno. Íbamos hacia el aeropuerto. No para volver a España, aún quedaba otra aventura más.  
Aquí os dejo con el vídeo que hemos  realizado (gracias a Carlos) sobre Fukuoka, nuestro último destino en Japón: 



ODISEA EN EL AEROPUERTO DE FUKUOKA
Llegamos con muchísimo tiempo al aeropuerto, pero era uno que no conocíamos y estábamos muy perdidos. Yo ya le decía a Carlos que ir con tantas horas de antelación era demasiado, pero así ya estábamos allí. Cada dos por tres íbamos preguntando en información, pero nos dijo que hasta tal hora no estaría abierto el mostrador para facturar. Lo peor es que ese aeropuerto era un poco caótico, porque fuera cual fuera la compañía y el destino, todo el mundo tenía que hacer la misma cola, como si antes de facturar tuvieras que pasar por un control de seguridad. El tiempo pasaba y los nervios se acrecentaban, finalmente pudimos ponernos en la cola, nosotros éramos los únicos occidentales. Nos sentíamos raros. Y, encima, casi nadie hablaba inglés o algún idioma que conociéramos. Cuando pasamos, teníamos que poner las maletas en un escáner. Pasamos y a la hora de ir a recoger nuestras maletas, a Carlos le dijeron que fuera. Abrieron la maleta delante de él, y lo que habían encontrado eran mecheros, resulta que, aunque no los lleves encima, no se puede viajar con mecheros. Encendedores que ni sabíamos que llevábamos, pero nos hizo dejar uno en la maleta y otros se los quedaron. Una vez sin mecheros y todo en regla, nos dimos cuenta que a las cremalleras les habían puesto unas etiquetas, como para que no se pudieran abrir. Nos dio pánico que estuvieran cerradas de esa manera.   Cuando llegamos al mostrador nos atendió una japonesa muy simpática, nos pidió el ticket, se lo enseñamos  y pesó las maletas. El miedo al exceso de peso se hizo patente, cuando colocó nuestras maletas en la báscula. Entonces nos dio la opción de ir a una zona para vaciarlas. Así que, a pesar de nos hubieran puesto esas pegatinas en las cremalleras nos dimos cuenta que se podía abrir sin problemas, y respiramos. No sabíamos que quitar. Pero exceso de equipaje no queríamos pagar. Carlos empezó a ponerse sudaderas, unas puestas, otras atadas en la cintura. Yo saqué alguna bolsa y puso calzado en bolsas de plástico, parecíamos unos pordioseros. Antes de volver al mostrador, tuvimos que pasar por el escáner, volvieron a poner esas extrañas etiquetas en las cremalleras. En el mostrador casi nos vuelven a hacer cola, a lo tonto con las horas que llevábamos allí y nos harían perder el vuelo…. Pero la chica que nos había atendido  antes y que era muy maja, nos vio y le dijo a alguien que pasásemos. Se lo agradecimos mucho. Volvió a pesar las maletas, sonrió y nos dio las tarjetas de embarque.  Pero, no había acabado la cosa, ahora faltaba pasar por el control de seguridad real, ese en el que tienes que vaciar los bolsillos, y poner todo en bandejitas. Mi mochila,  mi abrigo y demás iba en bandejas, igual que las cosas de Carlos. Mi sorpresa fue que pararon a Carlos, porque en su mochila habían encontrado algo sospechoso. ¿Qué era? Mecheros. Pero, antes de que mediera cuenta, otro guardia vino hacia a mí y me dijo que llevaba algo en la mochila, por supuesto mecheros. Me indigné mucho, porque en ningún aeropuerto había tenido problemas y pretendían dejarnos sin mecheros, como para haber comprado de souvenirs mecheros para todos nos hubiéramos quedado sin regalos. Finalmente nos dejaron uno para cada uno. Sin embargo, me sentí enfadada por: el trato y porque uno de los mecheros que se habían quedaron era un regalo. Si lo llego a saber le hubiéramos dado todos nuestros encendedores a Yusuke, antes de que se los hubieran quedado allí. Encima parecíamos criminales, como si con tanto mechero fuéramos incendiar el avión. Bueno, después de un mal rato, de mal trato, de ser criminales y mirados por todos, de diferentes cacheos, llegamos a la zona de embarque. Aún quedaba un rato, pero para nuestra sorpresa había una zona de fumadores y después de comprar agua y ver dónde tendríamos que coger el avión, entramos para fumar, aunque ahora no teníamos más que un mechero, necesitábamos saciar la ansiedad que habíamos cogido con el control de seguridad.

Carlos en el aeropuerto con un ventanal detrás

Ya estábamos a punto de volar. En esta ocasión nos tocaba ir a por la segunda aventura: de Japón a Corea del Sur. Abandonábamos un país amable, caótico pero con orden, en el que encuentras modernidad y tradición, y en el que a pesar de la climatología lo habíamos disfrutado mucho. No descartamos volver algún día al país del Sol Naciente, para ver lo que nos queda, para repetir según que sitios y para seguir disfrutando de Japón. Así que, aunque nos daba pena abandonar el país, aunque ya estábamos cansados por los días transcurridos, aún teníamos que guardar fuerzas, para seguir disfrutando de la aventura asiática. Nos fuimos con buen sabor de Japón, pero no era una despedida, porque estamos seguros de que volveremos.


VOLANDO A OTRO DESTINO
Japón se quedaba donde estaba, pero una parte de su cultura, de sus paisajes, de las anécdotas vividas, de su gente y de todos los recuerdos, se habían colado en nuestros bolsillos del alma. Una parte del encanto de lo vivido se venía con nosotros. Más tarde, con la siguiente aventura, sería imposible no hacer comparaciones. Aunque las comparaciones son odiosas, era imposible no hacerlas. El cansancio de los días vividos iba haciendo mella, sin embargo, aún nos quedaban unos cuantos días de vacaciones, que queríamos aprovechar al máximo. Además en Seúl contaríamos con una guía excepcional, quien tenía mil planes para nosotros. No teníamos que preocuparnos de nada. Así que ahora tocaba volar hacia otro destino. En menos de dos horas estaríamos en Seúl. 

Y, termino este post con una canción, que es el final de un Anime que a Carlos le gusta. Así sirve de despedida, aunque en realidad sea un: Hasta pronto! 



domingo, 25 de marzo de 2018

Miyajima: una isla para descubrir


Excursión desde Hiroshima


Nos levantamos temprano, no tanto como hubiéramos debido, pero lo suficiente, como para buscar un lugar para desayunar y cargarnos de energía. En el Ryo kan, donde estábamos alojados, también ofrecía desayunos, sin embargo: no nos entraba con la estancia, era un poco caro, y el horario era bastante limitado y para gente más madrugadora. Así que por cuestiones del azar, acabamos en un local, pequeño, pero acogedor, de esos que te hacen sentir como en casa. El japonés que nos atendió, el único que estaba en el local, nos atendió de muy buenas maneras, intentando hablar inglés, bastante entendible y con el que se podía mantener una conversación. Optamos por un desayuno sano: un bol de leche con cereales, fruta que nos preparó con mimo y un café. Parece algo ligero, pero teniendo en cuenta que debíamos coger un ferry no queríamos ir con la barriga pesada. El japonés que nos atendió, como si unos familiares suyos fuéramos, nos preguntó que de dónde éramos, y nos contó que le gustaba mucho la música de Paco de Lucía. Me encanta saber las puertas culturales que abre la música que llega a todas partes. Nos despedimos y emprendimos la aventura del día.

Primero fuimos a por un tranvía, ya que en Hiroshima no hay metro. El tranvía es el transporte público que más se utiliza, porque hay muchas líneas, y casi que estar esperando uno ante las vías en la calle es como estar ante un museo ferroviario al aire libre, porque cada uno de los tranvías que aparecen son diferentes y bastante antiguos. Carlos previamente había mirado qué número nos convenía, pero no sabíamos que el recorrido sería tan largo. No pasaba nada, porque al menos íbamos sentados, y los 45 minutos que debimos estar dentro, tampoco se nos hizo tan eternos,, ya que estábamos todo el rato pendientes de cuándo debíamos bajarnos. Aunque con lo que no contábamos era que nos teníamos que bajar en la última parada. Al bajar había unos revisores que nos cobraron el trayecto, ya que no se pagaba al entrar, algo extraño, porque supongo que cada uno de los pasajeros debió subir en una parada diferente. Sin embargo, debía ser un precio único por trayecto. Nos indicaron hacia donde teníamos que dirigirnos, teníamos que pasar por unas barreras y ahí no tuvimos que pagar, porque una vez más enseñando nuestro preciado Japan Raíl Pass y nos dejaron pasar de forma gratuita.

Pasado ese control debíamos esperar a que llegase el ansiado ferry. No éramos
Ferry que nos llevaría hasta Miyajima
los únicos, y la mayoría éramos extranjeros, aunque nos ganaban de goleada los asiáticos de otras partes. Cuando subimos al ferry, enseguida subimos al piso de arriba, a pesar de que haría más frío, tendríamos mejores vistas y al menos no llovía.  Y ahora, redoble de tambores, redoble de tambores
 ¿A qué destino nos dirigíamos?

Desde el ferry Carlos empezó a divisar el icono de la isla que visitaríamos, el torii flotante. Una puerta espiritual, grande y roja, que estaba dentro del mar. La marea estaba alta y parecía que estuviera flotante dentro del mar, le daba un encanto espléndido. Vale, lo reconozco, no la veía, ni siquiera veía una sombra, estaba en el barco, pero era emocionante, ver a Carlos sacando fotos, a un montón de gente haciendo lo mismo, y yo preguntando impaciente que si se veía cuando era obvio que ante tanto sonido de flashes sí que se podía ver algo. Teníamos ganas de pisar tierra firme para llegar a nuestro destino.

Vistas de la isla desde el ferryç


Nuestro destino no era otro que Miyajima, una isla pequeñita situada a 50 km de Hiroshima. Una isla mágica, no ya por su símbolo más emblemático como es el torii flotante, sino porque habíamos escuchado maravillas de esa isla. Y así, fue nada más bajar y pisar suelo firme, entramos en una mini estación, ésta contaba con oficina de información turística y fuimos. Tuvimos que hacer algo de cola, pero valió la pena, porque con una amabilidad digna de una japonesa, con sonrisa incluida, poco inglés y mucha simpatía, nos dio varios mapas. Nos dijo las rutas que podíamos hacer, y sobre todo lo que más nos sorprendió, con un español de no sé dónde, nos dijo que “Be careful ciervos”. No paraba de repetir “ciervos” el nombre de ese animal con cuernos lo repetía en nuestro idioma, se reía y en inglés nos decía que vigilásemos con ellos, sobre todo porque se podían comer el mapa, nuestra comida y todo lo que tuviéramos. A nosotros nos entró la risa,, porque aunque sabíamos que habían ciervos que andaban en libertad por aquella isla, no pensábamos que íbamos a tener la suerte de encontrarnos con alguno y menos que alguien que no tiene ni un mapa ni ninguna guía en español, supiera decir ciervos en nuestro idioma.

Ciervo descansando y Pili mñirándole

Pasadas las puertas de la oficina, pudimos respirar el aire puro de la isla, mucho jaleo, gente por todas partes, y esos famosos ciervos andando a sus anchas y rodeando a todos los turistas que llegaban a su hogar sagrado. Paseaban a sus anchas, como si de perros sueltos se tratasen, te seguían, comían del suelo, no les daba miedo la gente, porque ya están muy acostumbrados a que miles de viajeros se acerquen a visitarles. Están casi como domesticados, pero, de todas maneras, a Carlos no le terminaba mucho que me acercase como si tal cosa, porque me decía que son salvajes y nunca sabemos cómo van a reaccionar. Así que me resigné y le hice caso, ya que me contagió su temor. Paseamos por el pueblecito, viendo siempre ese torii gigante, teniendo a la derecha el mar, pero aún caminando sobre cemento y gravilla. 

Pili y Carlos con el torii flotante en el mar detrás

Había tiendas de recuerdos por todas partes, que no dudamos en visitarlos, por el simple gusto de ver qué tenían. Dejamos pasar a varios grupos de adolescentes, ya que nos agobiaba ir al lado de ellos, porque armaban mucho barullo. En seguida nos alejamos de lo más céntrico, para adentrarnos por algunas de las rutas que nos había aconsejado en la oficina de turismo. Nos íbamos encontrando a gente que también tomaba el mismo camino. Subimos unas cuantas escaleras hasta que llegamos a un Santuario sintoísta llamado Santuario:  Itsukushima. Realmente la isla recibe el mismo nombre que el santuario, pero es conocida con el sobrenombre de Miyajima, ya que literalmente significa: isla del santuario. Y, es que, de esta isla, aparte de su calma y tranquilidad, a pesar de los turistas que la visitamos, sobre todo destaca por su torii flotante, ese que es la puerta espiritual del santuario mejor conservado. Éste está dividido en varias estancias que se pueden encontrar por toda la isla. 
Nosotros acabamos en uno, huyendo de las masificaciones, en el que se respiraba calma, se oía música oriental y olía a incienso. Solamente constaba de un piso, en el que, como en todos los santuarios, nos tuvimos que descalzar dejando las deportivas a la intemperie. A mí este tipo de cosas, y más viniendo de España, no me gustaba mucho, porque me daba la sensación que íbamos a salir y no iba a estar nuestro calzado, porque realmente si esto ocurriera en según qué sitios de mi ciudad, estoy convencida que me tocaría volver andando en calcetines. Sé que puede parecer desconfianza, puede sonar a chiste, pero no estamos acostumbrados y es una cuestión cultural. Dejando de lado este tipo de anécdotas, el templo era muy bonito, Carlos me lo iba describiendo todo, y a mí me entraban ganas de tocar todo lo que me decía, aunque a veces se trataba de cosas que estaban en vitrinas u imágenes, pero al escuchar que, por ejemplo, había un elefante, me imaginaba una escultura, y con cuidado hubiera ido a tocarlo, hasta que Carlos me decía que no se podía, que era un dibujo. Al igual que en otras ocasiones, había gente rezando en el suelo, y nos daba la sensación de estar invadiendo su intimidad, mientras nosotros rodeábamos la estancia, curioseábamos y hacíamos fotografías. Éramos unos intrusos que alucinábamos con todo.  Salimos, nos calzamos y nos quedamos en un banco de al lado, escuchando el sonido de unos tambores y sintiendo la tranquilidad que se respiraba en el ambiente. Seguro que había miles de estancias más que visitar, pero para ello necesitábamos coger aire y sentir que estábamos ahí, que no teníamos todo el tiempo del mundo, pero que era el ahora de ese día y queríamos disfrutar del momento con los rayitos de Sol que tanto habíamos anhelado durante días.

Proseguimos por la montaña, bajando escalones, parándonos ante cualquier campana, escultura o algún ciervo que se nos cruzase. Sin rumbo fijo, simplemente dejándonos llevar por la naturaleza. Y, hablando de naturaleza, nuestro estómago empezaba a rugir, así que tocaba bajar al centro de la isla, donde se aglutinan los restaurantes. Al ir bajando empezamos a notar el bullicio de la gente, como si hasta entonces hubiéramos estado en plena naturaleza escondidos de la vorágine del mundo real. Íbamos mirando los menús que había, la mayoría orientados a turistas como nosotros, casi todos por la hora que era estaban con bastante comensales. Finalmente nos decantamos por uno, que tenía gente, buena señal, pero que no teníamos que esperar demasiado. Nos trajeron el menú, que también contaba con una traducción en inglés. Hay que destacar que lo más típico de la isla son las ostras, pero realmente he de reconocer que no me gustan demasiado. Recuerdo que Carlos sí que se pidió un plato que llevaba ostras cocinadas y no estaba mal, una cosa es comerlas crudas y otras preparadas con condimento, la cosa cambia mucho. Yo pedí un arroz con
Platos de comida
curry, porque me encanta cómo lo cocinan, y como me había gustado tanto las veces que lo había comido, quería seguir aprovechando la oportunidad de comer el arroz que allí preparan. Carlos esos fideos con ostras que fue muy original, y que, por supuesto, como casi siempre hacemos, compartimos. Después de reponer energía y saciarnos de agua fresquita, la ruta debía continuar.

Nada más salir, Carlos me dijo que el torii seguía con el agua hasta arriba, así que optamos por adentrarnos en el monte y subir a un teleférico, para subir a la cima de la montaña y comprobar las vistas. Esta era una de las rutas que nos habían aconsejado realizar desde la oficina de turismo cuando nos dieron el mapa. La cumbre más alta de la isla consta de 530 metros, es el monte Misen. Es considerado un monte sagrado. Así que fuimos en búsqueda del teleférico,
Vistas desde el teleférico
había que pagar 1000 yenes (casi 10 euros) y si era ida y vuelta 1800 yenes. Nosotros optamos por comprar solamente ida, a Carlos le parecía buena ida después bajar haciendo senderismo de forma tranquila. Tuvimos que hacer algo de cola, tanto para comprar los tickets, que teníamos que pagar, ya que no entraban con el Jipan Raíl Pass, como para subir. Nos tocó subirnos con dos japoneses que serían casi fotógrafos profesionales, porque llevaban unos objetivos que casi nos sacan un ojo, aprovechamos que parecían entender del tema, para que nos hicieran alguna que otra fotografía. Con ellos llegamos a la primera parada del teleférico, estación de Kayadani, allí cambiamos a otro, en el que íbamos con bastante más gente y de pie, y hicimos el tramo final y más corto hasta  la estación de Shishiiwa, de ahí fuimos caminando hasta alcanzar la cima sagrada. Según Carlos había unas vistas increíbles de la Bahía de Miyajima, no solamente del torii, sino de toda la isla, del mar interior de Seto y de los alrededores. Nos sentamos, después de comer siempre entra algo de sueño, además del cansancio acumulado de los días, además a veces apetece sentarse en algún rincón para oír el viento desde lo más alto. Sin embargo, no éramos los únicos que habían tenido esa idea, y esa idea de tranquilidad se esfumó a medida que la gente iba subiendo y se quedaba sentada intercambiando conversaciones, que enturbiaban la calma conseguida tras llegar a lo más alto. Bueno, sin ser una anti social, descansamos, disfrutamos de las vistas, del momento y de estar ahí. Ahora tocaba bajar, y es cuando le decía a Carlos que por qué no habíamos cógido ida y vuelta en teleférico, pero Carlos me decía que valdría la pena, que no teníamos prisa.

Es cierto que no teníamos porque correr, que podríamos realizar el camino de vuelta con tranquilidad, pero nada más dar unos pasos e intentar empezar a bajar, Carlos se dio cuenta de la dificultad que conllevaba ir con una persona con bajo resto visual. Empezamos con unas escaleras, casi sin barandilla, ningún problema: él se pone delante y yo me agarro a sus hombros, en los tramos en que las escaleras eran irregulares, él me iba ayudando como podía. Sin embargo, a mí la inseguridad de no pisar donde debiera, de no ir con un calzado apropiado y de ver lo lenta que iba, me desanimaba. Pronto abandonamos las escaleras, y empezamos a encontrar más dificultades, pero no podíamos volver hacia atrás, estábamos en medio del monte, no pasaba casi nadie y las piedras que resbalaban, las irregularidades del camino y los saltos cada vez eran más complicados.
No quería desanimarme, pero veía que la gente pasaba por nuestro lado como si nada, cuando a mí me costaba un montón dar un paso, porque Carlos me tenía que indicar en qué piedra poner el pie, estar atento. Los dos acabamos sudando y pasándolo muy mal. Y, son en esos momentos, en los que la fiera que hay dentro de ti sale, y dice la típica frase: “Te lo dije” y sí la pronuncié en varias ocasiones, porque le dije que deberíamos haber cogido ida y vuelta en teleférico. Sin embargo, esos instantes de mal rato, cuando superas las adversidades, cuando el tipo pasa, se olvidan fácilmente y te das cuenta de que fue toda una experiencia. Lo complicado, a veces es lo que mejor sabe. Y fue muy difícil, porque pensábamos que nunca íbamos a llegar, porque pasamos por un riachuelo que teníamos que saltar, por tramos resbaladizos, de desnivel, y porque Carlos, sin querer, me metía prisa, y no es que nos fueran a dar un premio por llegar a la meta, si no que iba viendo que esos 5 km eran el doble o el triple conmigo, que íbamos muy lentos y sobre todo que estaba oscureciendo. No es que fuera muy tarde, pero hay que tener en cuenta que era octubre y atardece más temprano, por tanto Carlos no quería que se fuera la luz y nos quedásemos ahí perdidos en el monte. El cansancio, la desesperación y las ganas por tirar la toalla en varias ocasiones se apoderaron de mí, porque lo único que quería era que alguien viniera a rescatarnos. Sin darme cuenta que quien me estaba rescatando de mis temores y de mis dificultades estaba a mí lado. Me pidió mil veces perdón, porque no sabía que el camino iba a ser, y nunca mejor dicho, tan pedregoso. Sin embargo, la alegría que sentí al llegar a suelo firme fue infinita, así que, al llegar mi cara, mi ánimo y mi enfado desapareció. Además de que Carlos estaba más atento de lo normal, complaciendo todos mis detalles, para compensar el mal rato que había pasado. He de reconocer que él también lo paso mal, y no solamente por la culpa, sino porque iba poco a poco y tenía miedo de que me pasase algo. Finalmente, aunque tardamos mucho más que otros transeúntes del camino, logramos vencer aquella senda tan salvaje, a pesar de que tardamos mucho más de lo que nos habían dicho en la oficina de turismo, pero es que, a pesar de sea una buena idea, no lo es tanto si no ves por donde pisas. 

Llegamos de nuevo al centro del pueblo, visitamos algunas tiendas, compramos algunos recuerdos y unos cascabeles. Compramos dos iguales, uno para cada uno, ya que habíamos perdido los que habíamos comprado en Osaka. Fuimos saludando a todos los ciervos que seguían deambulando por ahí, incluso me atreví a tocar a alguno, después de descender de la cima sagrada, ya no me daba miedo nada. Además, cabe decir, que esos ciervos, aparte de estar más que domesticados, no tienen cuernos, parece ser que para no dañar a nadie sin querer o queriendo, se los han debido cortar para que puedan convivir con los turistas que cada día  visitan su hogar: la isla del santuario Itsukushima. Y, para nuestra sorpresa, casi atardeciendo, pudimos acercarnos más al torii flotante, y ya no era tal torii, si no que la marea había bajado tanto, que incluso se podía andar a su lado, y lo mejor para mí: tocar esos altos pilares. Nos quedamos sorprendidos, felices, andando en la arena húmeda, por la que antes había estado bañada de agua salada, ahora la naturaleza hacía que yo pudiera tocar ese famosos símbolo de la isla.  

El torii flotante con baja marea

El torri flotante es muy curioso y muy bonito verlo rodeado de agua, sin embargo, si la marea baja, que suele hacerlo a partir de las tres de la tarde, es una gozada poder pasear por la arena del mar y tocar sus grandes pilares. A mí me daba la sensación de estar bajo una portería, con esos tres palos que significan mucho. En cierta medida, puede dar esa sensación, porque al fin y al cabo es una puerta, una puerta al mundo espiritual. Es muy alto, casi 17 metros de altura. Y los dos grandes pilares, por mucho que intentara abrazarlos eran imposibles, cuenta con un diámetro de 10 metros. La parte superior del gran torii, esa que por su altura no llegamos a tocar, tiene una longitud de 24,4 metros. Esta gran símbolo pesa unas 60 toneladas. Entenderéis que dado que el torii se encuentra gran parte del tiempo bañado por agua salada, sus materiales han sufrido mucho. Aunque, el que tuvimos la suerte de ver y tocar, es la octava vez que ha sido reconstruido, y está ahí desde la última reconstrucción en 1875. Está hecho de madera, una madera natural de alcanfor (que tiene más de 600 años) y se conserva de maravilla. Cuando pasé la mano por una de las bases del torii, pude notar que había incrustaciones del fondo marino, tales como: caracolas, fósiles y musgo. Pero, me gustó notar la sensación de una madera húmeda con historia, con magia, que transmite tanto. A pesar de los años transcurridos, cada día regala al mundo una escena de la naturaleza magnífica, baja y sube la marea ye el gran torii imperceptible a las alteraciones del mar sigue erguido para dar la bienvenida al mundo espiritual a todo aquel que lo contemple.  Dejamos nuestras huellas en la arena mojada, tocamos con intensidad el gran torii, y, por supuesto, nos hicimos bastantes instantáneas para inmortalizar aquel momento. Después nos alejamos, para dejar paso a otros turistas que también querían tener la oportunidad de posar sus manos en aquellas columnas que habían estado enterradas por el mar unas horas antes, y que dentro de unas horas volvería a estarlo. 

Subimos unas pequeñas escaleras que nos separaba de la arena, y vimos un farolillo con mucho encanto, todavía no estaba encendido, pero comenzaba a oscurecer. Aún no era la hora de apagar el telón, así que seguimos paseando, contemplando los ciervos, que ya no estaban tan activos como cuando habíamos llegado, iban buscando un lecho para dormir, aunque a ellos cualquier sitio les iba bien. Aún viendo que había bastantes turistas, querían ver si podrían comer algo que les dieran, nosotros no les dimos nada, más que nada porque no teníamos nada para darles. Seguimos visitando tiendas, y buscamos por el centro la pala de arroz más grande del mundo: O-shakushi. Ésta aparece en la zona más comercial de Miyajima, y en el  mapa que te dan en la oficina de turismo, en la estación del ferry, aparece como un punto para visitar. Esta paleta de arroz tiene 7,7 metros de longitud y 2,7 metros en su punto más ancho. Pesa 2,5 toneladas. La verdad es que es algo curioso de ver, así que si vais, no dudéis en verla, no tenéis que entrar en ningún sitio, y de camino al ferry la veréis mientras paseáis.

No sé exactamente qué hora era, pero debía ser la hora en la que todo el mundo abandonaba la isla, había mucho tránsito de personas de camino al ferry. Así que, antes de embarcar, preferimos sentarnos en un banquito, en el que detrás teníamos un ciervo adormilado en el césped y delante el mar, con el gran torii rojo alumbrando la isla, y el cielo haciendo juego con la gran puesta sagrada. Era un momento relajante, en el que nos dábamos cuenta de dónde estábamos, de lo rápido que pasan de los días y de lo poco que nos quedaba ya por Japón. Así que después de quedarnos pensativos en aquel lugar mágico, decidimos dar un último paseo, hacer las últimas fotos y emprender el camino a Hiroshima.

Había sido un día lleno de emociones, de aventuras, pero sobre todo lleno de momentos que no olvidaremos fácilmente, porque aquella isla tiene algo mágico, que por suerte: lo pudimos comprobar y vivir en primera persona.
Una excursión de un día totalmente recomendable desde Hiroshima. No está muy lejos, y podrás vivir un día totalmente diferente, en el que encontraréis la calma y la magia de una isla con mucho encanto.