viernes, 20 de abril de 2018

Sintiendo la primavera



CITAS CÉLEBRES SOBRE LA PRIMAVERA


“¡Abril divino, que vienes cargado de sol y esencias, llena con nidos de oro las floridas calaveras!”
Federico García Lorca "Libro de poemas" (1921)

“La primavera ha venido, nadie sabe cómo ha sido.”

“Mientras haya en el mundo primavera ¡habrá poesía!”

“Si llega el invierno, ¿Puede la primavera estar lejos?.”

“El invierno está en mi cabeza, pero la eterna primavera está en mi corazón.”

“Podrán cortar todas las flores, pero no podrán detener la primavera”

“En una rosa caben todas las primaveras!

“Cuando llegaba la primavera, incluso si era una primavera falsa, la única cuestión era encontrar el lugar donde uno pudiera ser feliz. 
Ernest Hemingway en "París era una fiesta"

“Si no tuviéramos invierno, la primavera no sería tan agradable: si no le sintiéramos a veces gusto a la adversidad, la prosperidad no sería tan bienvenida.”





jueves, 12 de abril de 2018

Despidiéndonos de Japón: último destino


NUESTROS ÚLTIMOS DÍAS EN EL PAÍS DEL SOL NACIENTE


Cuando sabes que la despedida es cercana, cuando sabes que lo bueno está por decir adiós, es el momento de sacar fuerzas de donde no las hay, para exprimir al 100% todos los minutos. Con el tiempo quedará el recuerdo, no solamente de esos últimos días, sino del viaje en global. Una de las aventuras asiáticas, la de Japón empezaba a decirnos adiós, o más bien, nosotros empezábamos a darnos cuenta que ya solamente quedaban horas allí. Y, aunque, tenemos la idea de volver algún día, no sabemos cuándo volveremos, así que era el momento de, a pesar del cansancio acumulado, disfrutar al máximo de aquel país. 

ÚLTIMA NOCHE EN HIROSHIMA
Después de nuestra escapada a Miyajima, volvimos a pasar nuestra última noche en Hiroshima. Para volver rehicimos el camino, volviendo a coger el ferry (gratuito con el JRP) y cogiendo de nuevo el tranvía que nos dejaría cerca de nuestro alojamiento. Cuando volvimos estábamos cansados, pero aún no era tan tarde como para preparar el futón e irnos a descansar, además debíamos cenar algo, que después de un día de excursión nos merecíamos llenar el estómago. Con el wifi del Ryokan buscamos algún sitio cercano, que no estuviera mal, además nos apetecía uno de los manjares más típicos de la zona: Okonomiyaki.

LA ÚLTIMA CENA EN HIROSHIMA
Encontramos un lugar muy chiquitín, en el que solamente estábamos nosotros como comensales. De hecho te sentabas en taburetes, delante tenías una barra con la placa, en el que te servirían el okonomiyaki. Así también podías ver cómo lo preparan delante tuyo, asistiendo a un espectáculo gastronómico. Solamente había una mujer como dueña y cocinera, quien se asustó al vernos, porque no esperaría a nadie. Estaba tras la barra, con la televisión puesta y con una sonrisa muy amable, dispuesta a ofrecernos lo que fuera, aunque no tuviera ni idea de inglés, ni mucho menos de nuestro idioma. No había carta, para ver qué tenían, así que al decirle oknomiyaki, ella señaló a la pared, donde estaba anotado en kanji todo lo que tenían, así que si es como si nos hubiera dicho que eligiéramos un dibujo, porque no teníamos ni idea de lo que había escrito, ni qué significaba nada. Así que, optamos por echarlo a suertes, Carlos señaló dos diferentes, esperando que nos gustase lo que habíamos escogido, pero sin saber qué contenía. Ella asintió y se puso manos a la obra. Carlos también pidió una cerveza japonesa, pero no había manera de que la mujer le entendiera, por mucho que se lo repitiera en inglés, ella no sabía qué le decía, Carlos buscó por todas partes una botella, pero no la encontraba. Al final le pareció ver una y le dijo qué era lo que quería, y ella le trajo dos para elegir, y él eligió una grande. Yo con el vaso de agua fresquita que me había ofrecido nada más entrar, tenía más que suficiente, ya que para comer es lo mejor que hay, y más si no sabes ni lo que vas a comer.

Con parsimonia, pero con ritmo, la mujer empezó a sacar todos los ingredientes que necesitaba. Carlos me iba contando: huevos, verduras, jamón, etc.. Carlos era mi audio descriptor, y así al ver que no había ningún ingrediente peculiar, nos quedamos más tranquilos. Empezamos a ver cómo preparaba todo en la placa que, ya había puesto a calentar, y yo saqué el móvil para grabarle. Sí, mal hecho, sin pedirle permiso, pero tampoco me entendía, y la idea era grabar cómo lo cocinaba. A ella al verme con el móvil le hizo mucha gracia, no se lo tomó a mal, más bien al contrario: se divertía al ver a esa pareja extranjera, atentos a todos sus movimientos.  Nos pareció muy entrañable, porque siempre tenía una sonrisa para nosotros, y, a pesar de la barrera lingüística, hacía gestos para expresarse. Nos hubiera gustado mantener una conversación con ella, pero no había manera, por mucho que lo intentamos.


Después se puso en marcha con el otro okonomiyaki,  y ese sí que nos pareció más raro, ya que llevaban fideos dentro. Más contundente no podía ser. Cuando estuvo listo, se quedó a la espera, para que lo probásemos, y de hecho, como nos había visto con los móviles, le dije a Carlos mediante gestos que me hiciera una foto mientras lo probaba. Nos hizo mucha gracia. Ella me lo había preparado, y no sé si se habría dado cuenta que no veía, supongo que sí, porque con Carlos no lo hizo, pero me había preparado un trozo de okonomiyakk con la paleta, y, sin decirme nada, simplemente como ella podía expresarse, se acercó
Pili probando el okonomiyaki
para acercármelo a la boca, como si fuera una niña pequeña. Ella estaba expectante, pero quemaba, sin embargo: ella quería nuestra aprobación, quería saber si estaba a nuestro gusto. Hasta que no le dijimos un ok, con el pulgar hacia arriba y vio nuestra sonrisas de satisfacción, ella no se quedó tranquila. Una vez nos vio disfrutar de la comida, ella se preparó algo para ella, y se puso a cenar mientras veía la tele. El sitio era muy pequeño, la teníamos enfrente cenando y viendo la televisión, casi como si fuéramos intrusos y nos hubiéramos metido en su casa, pero ella se sentía acompañada y a gusto de nuestra compañía, se le notaba.
Al finalizar la cena, en la que nos quedamos muy llenos, casi no podíamos ni terminar. Pero, cuando nos quedaba poco, ella empezó a rascar con la paleta, y nos lo acercó, para que nos terminásemos todo. No queríamos hacerle ningún feo y como niños buenos nos lo comimos todos, a pesar de acabar muy gordos, pero no queríamos que se lo tomase a mal, además, cabe decir, que estaban buenísimos. Nunca habíamos comido unos okonomiyakis tan ricos, deliciosos y hechos con mucho mimo. Cuando ya nos fuimos quise decirle, a riesgo de que no me entendiera, que éramos de Barcelona, pero no hubo manera de que nos entendiera. Nos hizo gesto de un momento y se fue a buscar algo, yo pensé que un diccionario, pero era una libreta. Pensamos que sería, para que le hiciéramos un dibujo o le escribiéramos lo que decíamos, pero no, nos enseñó páginas anteriores: era como un libro de visitas, en que otros turistas y comensales habían escrito para la mujer. Imagino que después alguien se lo traduciría, y si  no ella estaba súper feliz con su libreta de visitas. Carlos me estuvo leyendo lo que había escrito, casi todo en inglés y también en japonés (en ese caso no pudimos entender nada), todo el mundo destacaba lo bien que se comía y el trato de aquella mujer. Nosotros quisimos dejar nuestra huella escribiendo en nuestro idioma, no es que no supiéramos escribir en inglés, pero nos hizo gracia dejar nuestras palabras en nuestra lengua. Más que nada, por si casualidades de la vida otros españoles acaban en ese mismo rinconcito de Hiroshima, verán que otros como ellos también estuvieron allí.

Salimos muy contentos del establecimiento, no tan solo por lo bien que habíamos comido, sino por el trato de aquella japonesa que nos había tratado como si fuéramos familiares suyos. Sabemos de lo serviciales que son, sabemos que estábamos como clientes, pero no nos trató como simples clientes, si no que quería agradar, sin llegar al agobio y estaba todo el rato atenta. Cuando salimos me hice una foto en la puerta, me hubiera gustado hacerme una con aquella mujer encantadora, pero no quise abusar de su confianza y no se lo dije. Seguramente no se hubiera negado, pero tampoco era plan. 
Pili en la puerta del restaurante


 Nos fuimos a dormir, la jornada había sido totalmente redonda y debíamos reponer fuerzas.  

DE CAMINO AL ÚLTIMO DESTINO DE JAPÓN
Al día siguiente antes de abandonar el alojamiento japonés debíamos preparar de nuevo las maletas. Con las maletas arregladas, otra vez había tocado un Tetris, pero habíamos podido cerrarlas. Hicimos el check-out y nos fuimos a desayunar. De nuevo fuimos al mismo sitio que el día anterior, aunque en esta ocasión había más gente, o nos dio esa sensación, porque entre que el sitio era pequeño e íbamos cargados con las maletas….  Pedí lo mismo que el día anterior, la leche con los cereales,, Carlos se animó y también lo pidió. Sin embargó, vimos que tardaba más de lo habitual. Finalmente se acercó y nos dijo que lo sentía, pero que no tenía leche. No sé por qué había tardado tanto en decirlo. Creemos que es el por pudor que suelen tener los japoneses a no poder ofrecer lo que queremos. Sin embargo, no lo entendimos, porque si nos lo hubiera comunicado antes, antes hubiéramos cambiado de opción, y antes hubiéramos terminado. Finalmente pedimos unas tostadas francesas, que muy bien no sabíamos qué era, pero  era algo para comer. Salimos en varias ocasiones a fumar, en una de las ocasiones que salió Carlos, él también salió y le pidió un cigarro. No tuvo ningún inconveniente en darle uno, pero nos pareció raro. Nuestro desayuno era un bol con trocitos de pan tostados y dulces, algo muy raro, pero que estaba rico. Después del café y cuando nos cobró, me dijo Carlos que nos había hecho descuento, por las molestias ocasionadas. Así que nos despedimos y nos fuimos en dirección a la estación de tren. A lo tonto, entre las maletas, el desayuno y los contratiempos se nos había hecho bastante tarde. Suerte que cogeríamos el tren que viniese, sin presión de horas de billetes y con la ventaja de que en Japón cada cinco minutos tienes la opción de coger el tren.

En la estación optamos por no reservar asientos, así con el JRP íbamos pasando de un lado para otro. Cuando llegamos a nuestra vía de tren, nos pusimos en las áreas que son para personas que no tienen asientos reservados. Al no ser muy temprano, tuvimos suerte y pudimos sentarnos, había sitio de sobra. Nuestro recorrido sería cortito, ya que nos dirigíamos hasta nuestro último destino en Japón: Fukuoka.

EL REENCUENTRO CON YUSUKE
Estábamos emocionados por ir a Fukuoka, no por la ciudad en sí, sino porque allí nos reencontraríamos con Yusuke seis años después de nuestra última vez. Yusuke, ó Whisky, tal y como se presentó la primera vez que lo vimos. A él lo conocimos en nuestra estancia en Dublín. Aquel año, aparte de aprender inglés y vivir en una ciudad extranjera, nos sirvió para conocer a personas de casi todo el mundo. Sí, conocimos a muchos coreanos, japoneses, europeos, excepto a irlandeses, quienes no estaban por la labor de relacionarse con extranjeros que vivían en su ciudad.

Con Yusuke, que no vivía en Fukuoka, sino en una ciudad cercana, habíamos quedado en la estación de tren, ya que él también llegaría en otro tren de cercanías. Quedamos en la puerta principal de la estación de tren. Una vez estuvimos ahí, le escribimos, para preguntarle su ubicación. Nos dijo que en 10 minutos estaría allí. Cuando llegó enseguida, a pesar de los años transcurridos, nos reconocimos. Nos hizo muchísima ilusión y nos hicimos la primera foto de reencuentro en la estación. Nos había traído un detalle de su ciudad natal, eran unos dulces envueltos con esmero y que deseaba que nos gustasen y aguantasen hasta nuestra llegada a España. Después del jolgorio por vernos de nuevo. Decidimos qué hacer. Cabe decir, que para no variar en nuestra estancia por Japón, estaba lloviendo de nuevo, pero poco nos importaba. No teníamos mucho que ver en aquella ciudad, solamente a Yusuke y ya estábamos con  él. 

Reencuentro con Yusuke en la estación de Fukuoka

ANTES DEL REENCUENTRO
Una vez llegamos a Fukuoka con las maletas, mochilas y demás nos fuimos a buscar nuestro alojamiento que relativamente estaba cerca de la estación. Una vez llegamos vimos que había bastante gente esperando en la recepción, cuando nos tocó nuestro turno, nos quedamos con cara de tontos, al ver que nos decía la posición de nuestro apartamento en un mapa. Nos explicó dónde estaba y la clave qué debíamos introducir al llegar. No entendíamos nada. Nosotros habíamos elegido ese alojamiento solamente por la cercanía y la comodidad de estar cerca de la estación, y ahora nos indicaban que estaba en la otra punta. Realmente no sé si en la otra punta o no, pero no estaba cerca, ni siquiera sin maletas podíamos llegar caminando. Una vez más, entre el desayuno tardío y con contratiempos y ahora esto, hacía que el reencuentro se retrasase más y más. No sabíamos cómo ir, otra vez cargados ir a la estación de tren, coger el metro y demás era demasiado, para un día lluvioso y lo perdidos que estábamos, así que optamos por lo más sencillo coger un taxi.

En un momento nos dejó cerca de unos cuantos edificios altos. Uno de ellos era nuestro apartamento de una noche. Había una portería con doble puerta, la principal se abría sin problema, pero una vez dentro había unos buzones, abrimos el nuestro, encontramos nuestra clave, y por mucho que Carlos la introducía no había manera de que la puerta se abriese. Estábamos perdidos, en una puerta sin que se abriese, sin recepción, sin nadie a quien preguntar, sin teléfono adónde llamar y cargados con las maletas. Solamente íbamos hasta allí, para dejar nuestras maletas y no podíamos acceder. Finalmente después de intentarlo en varias ocasiones, alguien desde dentro nos abrió. Nunca supimos si era alguien que trabajaba allí, si era alguien alojado o quien era, pero nos salvó el día. Nos rescató de ese enredo. Le explicamos y nos dijo cómo se hacía, bien hecho, porque si no corríamos el riesgo de quedarnos más tarde una vez más atrapados. 
Subimos a nuestro apartamento y era amplio como ninguno en los que habíamos estado. Con una cama grande, con cocina, con baño, con un balcón grande – en el que cada dos por tres se podía escuchar el Shinkansen pasando a toda velocidad-.  
Vistas desde el apartamento de las vías del Shinkansen


No quisimos demorarnos más, y después de dejar nuestros bártulos y enganchar nuestro móvil al wifi, que iba y venía, vimos que teníamos una parada de metro relativamente cerca y podríamos llegar a la estación de tren, donde habíamos quedado con Yusuke.  Eso sí, antes de irme cargada como una mula, descargué todo el contenido de mi bolso, porque no hacía falta ir con tanto, mi espalda me lo agradecería.  
De camino a la estación de metro, en un parque vimos una exhibición de niños bailando con música oriental. Nos hizo gracia y nos paramos a contemplarles, aunque más bien tampoco era nada del otro mundo, pero ya se sabe que cuando vas de turista cualquier cosa te sorprende. De hecho hasta Carlos como si de uno de los padres se tratase se puso a grabar una actuación. Después proseguimos y en el metro, el cual podíamos viajar sin necesidad de sacar billete, ya que una vez más amortizaríamos el JRP llegamos hasta la estación principal.

SHABU-SHABU
Platos, ollas y comida en la mesa. Preparados para Shabu Shabu
Después de nuestro reencuentro en la estación con Yusuke, nos dimos cuenta que deberíamos haber quedado en su ciudad y no haberle hecho trasladar hasta Fukuoka, pero él en ningún momento nos dijo nada, así que pensábamos que estaba muy cerca. Sin embargo, había tenido que coger un tren de una hora o así y nos supo muy mal, que se gastase dinero para venir a vernos. Y, además, que nos trajese un detalle. Él decía que daba igual, que era domingo y lo importante era volver a vernos. Así que, como no era su ciudad, y, aunque había estado en alguna ocasión no sabía dónde llevarnos. Era la hora de comer y empezamos a buscar adónde ir, pero sin movernos de la estación. Dentro de ésta era como un centro comercial y en la parte de arriba estaba repleta de restaurantes. Nos fue diciendo que tal sitio era coreano, otro italiano, y nosotros lo que buscábamos era algo típico japonés. Así que pensó en un restaurante, que según decía él, era el mejor y era comida típica japonesa. Así que le hicimos caso y pedimos para comer allí, teníamos que esperar en una sillas que había fuera. Sin embargo, entre que estábamos de charla y demás no ese nos hizo muy larga la espera. Una vez dentro, agradecí que Yusuke no quisiera comer en un tatami, ya que, por muy típico que sea, en una mesa estaríamos más cómodos sentados en nuestras sillas. Enseguida Yusuke nos dijo que teníamos que hacer, y me cogió y me llevó a un sitio, en el que había comida dentro de la nevera, con un plato te ponías lo que querías. Él me iba diciendo lo que había: champiñones, verdura, arroz... pensé que era para hacerme una ensalada, ya que no nos había explicado mucho de qué se trataba.
En la mesa vino una camarera y nos trajo unas salsas, una blanca y otra oscura. En medio de la mesa teníamos una olla bastante grande. Más tarde nos trajeron trocitos finos de carne cruda. Y, entonces como pudo Yusuke nos contó de qué se trataba: comeríamos un Shabu-Shabu. Los champiñones que yo había cogido no estaban cocinados, era para prepararlos en una de las ollas que teníamos en medio de la mesa. Además también podías bañar la comida en un bol con salsas, había una de color blanco y otra de color negro. Una era más sabrosa que otra, una como más dulce y otra más avinagrada, pero cualquiera de las dos contribuían a que todo recién hecho, estuviera aún más suculento. La verdad es que nos pareció muy original y todo estaba exquisito. Comimos como gordos, ya que podías repetir las veces que quisieras. Nos levantamos en varias ocasiones, para repetir de acompañamiento: cebolla, setas, tomates, arroz, etc. Y, de carne, cada vez que veía que nos quedaba poco, Yusuke decía unas palabras en japonés y enseguida nos traían más. Terminamos muy contentos con esa experiencia gastronómica, pero muy gordos. Incluso después, al finalizar podías levantarte a por el postre, y si querías podías repetir las veces que quisieras, pero nos habíamos quedado tan saciados que cogimos algún helado y ya nos quedamos de maravilla. Por el detalle que había tenido en quedar con nosotros y la ilusión que nos había hecho, quisimos invitarle, pero una vez más demostró ser un anfitrión y se nos adelantó. Se nota que estaba contento de nuestra visita y lo único que quería era que disfrutásemos. Él estaba preocupado por si no nos había gustado, le dijimos que sí, que mucho, y entonces se le iluminó una sonrisa y se dispuso a llevarnos a otro lugar. Se acordó que fumábamos y preguntó si queríamos ir a algún sitio después de comer, para saciar nuestro vicio. Dentro del mismo centro comercial había una zona para fumadores, una pecera de esas, e incluso él fumó con nosotros. 

CAFÉ: CHARLAS Y RISAS
Cuando salimos del centro comercial no sabíamos adónde ir. Ni él, ni nosotros conocíamos la ciudad, además que hacer turismo bajo el paraguas no era muy agradable. Así que caminamos un poco y se nos ocurrió ir a por un café, Carlos comentó que en Tokio habíamos descubierto una cafetería que estaba muy bien y que, además, se podía fumar. Así que buscamos por Internet la famosa cafetería: Chococro Saint Marc café, y resultó que era una cadena a nivel de todo Japón. Nos pusimos a buscarla, así nos entretuvimos, aunque creo que Yusuke no se fiaba de Google Maps, porque cada dos por tres preguntaba a alguien para ver si sabía de alguna cafetería. Sin embargo, finalmente siguiendo las indicaciones de Google Maps lo encontramos, estaba como en otro centro comercial, y nos pedimos un Capuccino cada uno. Vimos que había una sala tranquila, separada con una puerta corredera, en la que se podía fumar y de forma tranquila: sin molestar a nadie, sin olores fuertes y degustando nuestro café espumoso. Allí, más que durante la comida, sirvió para ponernos al día. Nos contó a qué se dedica qué hace, cómo es su vida y qué había pasado después de su etapa por Dublín. Nosotros también le contábamos qué hacíamos, cómo había sido volver después de un año en Irlanda. Y, aunque no estuviera, se acordó de preguntar por la peluda, Kenzie, ya que se acordaba de ella. También Carlos le contó el programa de televisión que habíamos estado haciendo Kenzie y yo, primero no lo entendía, hasta que Carlos con el wifi de la cafetería le enseñó un episodio y le hizo mucha gracia vernos. La verdad es que no sé cuánto rato estuvimos resguardados de la lluvia, pero daba igual, lo importante es que estábamos practicando inglés, pero sobre todo y lo más importante, estábamos poniéndonos al día con un viejo conocido.  

PASEOS Y ÚLTIMAS EXPERIENCIAS
Una vez salimos de la cafetería, no era plan de quedarnos todo el día sentados, ya había atardecido, estaba medio oscuro, es lo que tiene viajar en otoño, que oscurece antes. Vimos un poco de espectáculo que había en el centro comercial, estos japoneses cuando se ponen a organizar algo lo hacen a lo grande. Después, paseamos: Yusuke decía que querríamos para cenar, pero yo les dije que estaba muy llena. Carlos decía que le hacía gracia cenar en una de esas casetas que hay por la calle: yatai. Son puestos callejeros, en los que cocinan allí mismo, tienes la opción de quedarte, si hay sitio y comértelo en un taburete, o llevártelo. Así que empezamos nuestra búsqueda, porque mientras paseábamos habíamos visto bastantes. Antes de todo ello, pasamos a un supermercado, Yusuke quiso que probásemos una marca de tabaco japonesa, que la verdad no estaba nada mal. Después, escuché uno de esos semáforos acústicos y alegres de Japón y quise probar como era ir sin ir cogida, así que les dije que quería probar una cosa. Saqué el bastón y comprobé la comodidad de andar por esas calles. Aquellas aceras con raíles que tanto nos habían entorpecido nuestro andar con maletas, eran súper cómodas para ir con bastón, porque se notaba mucho el relieve con el bastón y te dejaba justo en el paso de cebra. Cuando llegué al bordillo,  crucé en más de una ocasión con el bastón al ritmo del sonido del semáforo en verde. Ya os contaré más sobre la accesibilidad en Japón en otra entrada. Sin embargo, era mi última noche en Japón y quería vivir la experiencia de caminar con el bastón blanco yo solita, sintiendo cómo era ir  por calles japonesas sin ir agarrada.

Después de caminar y hacer pausas, fuimos en serio en búsqueda de algún yatai que nos llamase la atención, ya que cada uno estaba especializado en algo, por ejemplo: había algunos en los que solamente podías pedir ramen, en otros fideos, y, realmente con todo lo que habíamos comido, y, por mucho que a Carlos le apeteciese una vez más ramen, preferimos optar por algo más ligero, pero degustando el sabor japonés. Además, realmente ni hubiéramos cenado, porque con el Shabu-Sahbu nos quedamos a tope, pero no queríamos despedirnos tan rápidamente. Encontramos un sitio, ya que estaban todos a tope, en el cupimos los tres apretujados en taburetes. En este sitio creo que también ofrecían ramen, por el olor y el calor de los fogones, pero Carlos se lo repensó y prefirió no castigar al estómago con exceso de comida. Así que dejamos que Yusuke eligiera por nosotros unos cuantos pinchos. Por supuesto, estaba mi preferido el yakitori (pincho de pollo y cebollino con una salsa deliciosa), después fuimos probando otros pinchos. Cuando los probábamos, que no nos lo decía hasta que lo habíamos comido, nos decía lo que era. Uno de ellos era culo de vaca y otro, el cual me encantó su textura, eran trocitos de lengua de vaca (muy sabroso y con una textura chiclosa). La verdad, es que nos entró mucha risa al saber qué habíamos comido. Todo esto amenizado con sake, con charlas y risas.  
Plato con Pinchos



LA DESPEDIDA
La despedida se aproximaba no solamente con Yusuke, sino que era nuestra última noche en Japón. Así que, antes de abandonar el país, y a riesgo de no encontrar ningún buzón en el aeropuerto, tuvimos que desprendernos de nuestro Pocket Wifi, habíamos cogido el sobre con el franqueo pagado, introducir el wifi pocke, que nos había acompañado por las andanzas japonesas y despedirnos. Ahora las  últimas horas estaríamos desconectados de Internet, aunque realmente ya lo estábamos porque no quedaban casi datos, casi todos gastados. A mí estas cosas de dejarlo ahí, sin dárselo a nadie me da un poco de mal rollo, pero al menos estaba Yusuke de testigo y, por si las moscas, también lo grabamos, no fuera a ser que después se perdiera, lo robasen o o cualquier cosa y nos acusaran de no haberlo devuelto a tiempo.

Sin wifi, con menos cargas, nos dirigimos a la estación: allí Yusuke tendría que coger el tren hasta su casa y nosotros el metro hasta nuestro moderno apartamento. Nos dio mucha pena despedirnos de Yusuke, porque habíamos pasado un día increíble, quedamos con que la próxima vez, y esperando que no pase tanto tiempo, tendría que venir él a vernos. Espero que pronto muy pronto podamos hacer nosotros de anfitriones con él por Barcelona. No fuimos nosotros quien le vimos marchar, sino que no se quedaba tranquilo hasta que nos acompañó hasta nuestra línea, no fuera a ser que nos perdiéramos. Así que se quedó ahí viendo como nos íbamos.

En el apartamento fue llegar y ponernos a dormir, aunque yo estaba algo nerviosa. Al día siguiente me desperté bien temprano, para recolocar todo en la maleta, aunque no habíamos sacado gran cosa, pero volvíamos a viajar, en esta ocasión volábamos. A mí me daba miedo que con tanta compra friki, el desorden de la maleta y demás pesase más de lo habitual. No teníamos manera de saber cuánto pesaba la maleta, porque normalmente no hay básculas así como así. Algún día me quiero comprar una báscula portátil para viajar, no sé dónde la ví y creo que puede resultar útil. Bien temprano, sin desayunar, cargados y nerviosos, nos pusimos a andar sin rumbo, simplemente esperando encontrar un taxi. Finalmente, Carlos pudo parar uno. Íbamos hacia el aeropuerto. No para volver a España, aún quedaba otra aventura más.  
Aquí os dejo con el vídeo que hemos  realizado (gracias a Carlos) sobre Fukuoka, nuestro último destino en Japón: 



ODISEA EN EL AEROPUERTO DE FUKUOKA
Llegamos con muchísimo tiempo al aeropuerto, pero era uno que no conocíamos y estábamos muy perdidos. Yo ya le decía a Carlos que ir con tantas horas de antelación era demasiado, pero así ya estábamos allí. Cada dos por tres íbamos preguntando en información, pero nos dijo que hasta tal hora no estaría abierto el mostrador para facturar. Lo peor es que ese aeropuerto era un poco caótico, porque fuera cual fuera la compañía y el destino, todo el mundo tenía que hacer la misma cola, como si antes de facturar tuvieras que pasar por un control de seguridad. El tiempo pasaba y los nervios se acrecentaban, finalmente pudimos ponernos en la cola, nosotros éramos los únicos occidentales. Nos sentíamos raros. Y, encima, casi nadie hablaba inglés o algún idioma que conociéramos. Cuando pasamos, teníamos que poner las maletas en un escáner. Pasamos y a la hora de ir a recoger nuestras maletas, a Carlos le dijeron que fuera. Abrieron la maleta delante de él, y lo que habían encontrado eran mecheros, resulta que, aunque no los lleves encima, no se puede viajar con mecheros. Encendedores que ni sabíamos que llevábamos, pero nos hizo dejar uno en la maleta y otros se los quedaron. Una vez sin mecheros y todo en regla, nos dimos cuenta que a las cremalleras les habían puesto unas etiquetas, como para que no se pudieran abrir. Nos dio pánico que estuvieran cerradas de esa manera.   Cuando llegamos al mostrador nos atendió una japonesa muy simpática, nos pidió el ticket, se lo enseñamos  y pesó las maletas. El miedo al exceso de peso se hizo patente, cuando colocó nuestras maletas en la báscula. Entonces nos dio la opción de ir a una zona para vaciarlas. Así que, a pesar de nos hubieran puesto esas pegatinas en las cremalleras nos dimos cuenta que se podía abrir sin problemas, y respiramos. No sabíamos que quitar. Pero exceso de equipaje no queríamos pagar. Carlos empezó a ponerse sudaderas, unas puestas, otras atadas en la cintura. Yo saqué alguna bolsa y puso calzado en bolsas de plástico, parecíamos unos pordioseros. Antes de volver al mostrador, tuvimos que pasar por el escáner, volvieron a poner esas extrañas etiquetas en las cremalleras. En el mostrador casi nos vuelven a hacer cola, a lo tonto con las horas que llevábamos allí y nos harían perder el vuelo…. Pero la chica que nos había atendido  antes y que era muy maja, nos vio y le dijo a alguien que pasásemos. Se lo agradecimos mucho. Volvió a pesar las maletas, sonrió y nos dio las tarjetas de embarque.  Pero, no había acabado la cosa, ahora faltaba pasar por el control de seguridad real, ese en el que tienes que vaciar los bolsillos, y poner todo en bandejitas. Mi mochila,  mi abrigo y demás iba en bandejas, igual que las cosas de Carlos. Mi sorpresa fue que pararon a Carlos, porque en su mochila habían encontrado algo sospechoso. ¿Qué era? Mecheros. Pero, antes de que mediera cuenta, otro guardia vino hacia a mí y me dijo que llevaba algo en la mochila, por supuesto mecheros. Me indigné mucho, porque en ningún aeropuerto había tenido problemas y pretendían dejarnos sin mecheros, como para haber comprado de souvenirs mecheros para todos nos hubiéramos quedado sin regalos. Finalmente nos dejaron uno para cada uno. Sin embargo, me sentí enfadada por: el trato y porque uno de los mecheros que se habían quedaron era un regalo. Si lo llego a saber le hubiéramos dado todos nuestros encendedores a Yusuke, antes de que se los hubieran quedado allí. Encima parecíamos criminales, como si con tanto mechero fuéramos incendiar el avión. Bueno, después de un mal rato, de mal trato, de ser criminales y mirados por todos, de diferentes cacheos, llegamos a la zona de embarque. Aún quedaba un rato, pero para nuestra sorpresa había una zona de fumadores y después de comprar agua y ver dónde tendríamos que coger el avión, entramos para fumar, aunque ahora no teníamos más que un mechero, necesitábamos saciar la ansiedad que habíamos cogido con el control de seguridad.

Carlos en el aeropuerto con un ventanal detrás

Ya estábamos a punto de volar. En esta ocasión nos tocaba ir a por la segunda aventura: de Japón a Corea del Sur. Abandonábamos un país amable, caótico pero con orden, en el que encuentras modernidad y tradición, y en el que a pesar de la climatología lo habíamos disfrutado mucho. No descartamos volver algún día al país del Sol Naciente, para ver lo que nos queda, para repetir según que sitios y para seguir disfrutando de Japón. Así que, aunque nos daba pena abandonar el país, aunque ya estábamos cansados por los días transcurridos, aún teníamos que guardar fuerzas, para seguir disfrutando de la aventura asiática. Nos fuimos con buen sabor de Japón, pero no era una despedida, porque estamos seguros de que volveremos.


VOLANDO A OTRO DESTINO
Japón se quedaba donde estaba, pero una parte de su cultura, de sus paisajes, de las anécdotas vividas, de su gente y de todos los recuerdos, se habían colado en nuestros bolsillos del alma. Una parte del encanto de lo vivido se venía con nosotros. Más tarde, con la siguiente aventura, sería imposible no hacer comparaciones. Aunque las comparaciones son odiosas, era imposible no hacerlas. El cansancio de los días vividos iba haciendo mella, sin embargo, aún nos quedaban unos cuantos días de vacaciones, que queríamos aprovechar al máximo. Además en Seúl contaríamos con una guía excepcional, quien tenía mil planes para nosotros. No teníamos que preocuparnos de nada. Así que ahora tocaba volar hacia otro destino. En menos de dos horas estaríamos en Seúl. 

Y, termino este post con una canción, que es el final de un Anime que a Carlos le gusta. Así sirve de despedida, aunque en realidad sea un: Hasta pronto! 



domingo, 25 de marzo de 2018

Miyajima: una isla para descubrir


Excursión desde Hiroshima


Nos levantamos temprano, no tanto como hubiéramos debido, pero lo suficiente, como para buscar un lugar para desayunar y cargarnos de energía. En el Ryo kan, donde estábamos alojados, también ofrecía desayunos, sin embargo: no nos entraba con la estancia, era un poco caro, y el horario era bastante limitado y para gente más madrugadora. Así que por cuestiones del azar, acabamos en un local, pequeño, pero acogedor, de esos que te hacen sentir como en casa. El japonés que nos atendió, el único que estaba en el local, nos atendió de muy buenas maneras, intentando hablar inglés, bastante entendible y con el que se podía mantener una conversación. Optamos por un desayuno sano: un bol de leche con cereales, fruta que nos preparó con mimo y un café. Parece algo ligero, pero teniendo en cuenta que debíamos coger un ferry no queríamos ir con la barriga pesada. El japonés que nos atendió, como si unos familiares suyos fuéramos, nos preguntó que de dónde éramos, y nos contó que le gustaba mucho la música de Paco de Lucía. Me encanta saber las puertas culturales que abre la música que llega a todas partes. Nos despedimos y emprendimos la aventura del día.

Primero fuimos a por un tranvía, ya que en Hiroshima no hay metro. El tranvía es el transporte público que más se utiliza, porque hay muchas líneas, y casi que estar esperando uno ante las vías en la calle es como estar ante un museo ferroviario al aire libre, porque cada uno de los tranvías que aparecen son diferentes y bastante antiguos. Carlos previamente había mirado qué número nos convenía, pero no sabíamos que el recorrido sería tan largo. No pasaba nada, porque al menos íbamos sentados, y los 45 minutos que debimos estar dentro, tampoco se nos hizo tan eternos,, ya que estábamos todo el rato pendientes de cuándo debíamos bajarnos. Aunque con lo que no contábamos era que nos teníamos que bajar en la última parada. Al bajar había unos revisores que nos cobraron el trayecto, ya que no se pagaba al entrar, algo extraño, porque supongo que cada uno de los pasajeros debió subir en una parada diferente. Sin embargo, debía ser un precio único por trayecto. Nos indicaron hacia donde teníamos que dirigirnos, teníamos que pasar por unas barreras y ahí no tuvimos que pagar, porque una vez más enseñando nuestro preciado Japan Raíl Pass y nos dejaron pasar de forma gratuita.

Pasado ese control debíamos esperar a que llegase el ansiado ferry. No éramos
Ferry que nos llevaría hasta Miyajima
los únicos, y la mayoría éramos extranjeros, aunque nos ganaban de goleada los asiáticos de otras partes. Cuando subimos al ferry, enseguida subimos al piso de arriba, a pesar de que haría más frío, tendríamos mejores vistas y al menos no llovía.  Y ahora, redoble de tambores, redoble de tambores
 ¿A qué destino nos dirigíamos?

Desde el ferry Carlos empezó a divisar el icono de la isla que visitaríamos, el torii flotante. Una puerta espiritual, grande y roja, que estaba dentro del mar. La marea estaba alta y parecía que estuviera flotante dentro del mar, le daba un encanto espléndido. Vale, lo reconozco, no la veía, ni siquiera veía una sombra, estaba en el barco, pero era emocionante, ver a Carlos sacando fotos, a un montón de gente haciendo lo mismo, y yo preguntando impaciente que si se veía cuando era obvio que ante tanto sonido de flashes sí que se podía ver algo. Teníamos ganas de pisar tierra firme para llegar a nuestro destino.

Vistas de la isla desde el ferryç


Nuestro destino no era otro que Miyajima, una isla pequeñita situada a 50 km de Hiroshima. Una isla mágica, no ya por su símbolo más emblemático como es el torii flotante, sino porque habíamos escuchado maravillas de esa isla. Y así, fue nada más bajar y pisar suelo firme, entramos en una mini estación, ésta contaba con oficina de información turística y fuimos. Tuvimos que hacer algo de cola, pero valió la pena, porque con una amabilidad digna de una japonesa, con sonrisa incluida, poco inglés y mucha simpatía, nos dio varios mapas. Nos dijo las rutas que podíamos hacer, y sobre todo lo que más nos sorprendió, con un español de no sé dónde, nos dijo que “Be careful ciervos”. No paraba de repetir “ciervos” el nombre de ese animal con cuernos lo repetía en nuestro idioma, se reía y en inglés nos decía que vigilásemos con ellos, sobre todo porque se podían comer el mapa, nuestra comida y todo lo que tuviéramos. A nosotros nos entró la risa,, porque aunque sabíamos que habían ciervos que andaban en libertad por aquella isla, no pensábamos que íbamos a tener la suerte de encontrarnos con alguno y menos que alguien que no tiene ni un mapa ni ninguna guía en español, supiera decir ciervos en nuestro idioma.

Ciervo descansando y Pili mñirándole

Pasadas las puertas de la oficina, pudimos respirar el aire puro de la isla, mucho jaleo, gente por todas partes, y esos famosos ciervos andando a sus anchas y rodeando a todos los turistas que llegaban a su hogar sagrado. Paseaban a sus anchas, como si de perros sueltos se tratasen, te seguían, comían del suelo, no les daba miedo la gente, porque ya están muy acostumbrados a que miles de viajeros se acerquen a visitarles. Están casi como domesticados, pero, de todas maneras, a Carlos no le terminaba mucho que me acercase como si tal cosa, porque me decía que son salvajes y nunca sabemos cómo van a reaccionar. Así que me resigné y le hice caso, ya que me contagió su temor. Paseamos por el pueblecito, viendo siempre ese torii gigante, teniendo a la derecha el mar, pero aún caminando sobre cemento y gravilla. 

Pili y Carlos con el torii flotante en el mar detrás

Había tiendas de recuerdos por todas partes, que no dudamos en visitarlos, por el simple gusto de ver qué tenían. Dejamos pasar a varios grupos de adolescentes, ya que nos agobiaba ir al lado de ellos, porque armaban mucho barullo. En seguida nos alejamos de lo más céntrico, para adentrarnos por algunas de las rutas que nos había aconsejado en la oficina de turismo. Nos íbamos encontrando a gente que también tomaba el mismo camino. Subimos unas cuantas escaleras hasta que llegamos a un Santuario sintoísta llamado Santuario:  Itsukushima. Realmente la isla recibe el mismo nombre que el santuario, pero es conocida con el sobrenombre de Miyajima, ya que literalmente significa: isla del santuario. Y, es que, de esta isla, aparte de su calma y tranquilidad, a pesar de los turistas que la visitamos, sobre todo destaca por su torii flotante, ese que es la puerta espiritual del santuario mejor conservado. Éste está dividido en varias estancias que se pueden encontrar por toda la isla. 
Nosotros acabamos en uno, huyendo de las masificaciones, en el que se respiraba calma, se oía música oriental y olía a incienso. Solamente constaba de un piso, en el que, como en todos los santuarios, nos tuvimos que descalzar dejando las deportivas a la intemperie. A mí este tipo de cosas, y más viniendo de España, no me gustaba mucho, porque me daba la sensación que íbamos a salir y no iba a estar nuestro calzado, porque realmente si esto ocurriera en según qué sitios de mi ciudad, estoy convencida que me tocaría volver andando en calcetines. Sé que puede parecer desconfianza, puede sonar a chiste, pero no estamos acostumbrados y es una cuestión cultural. Dejando de lado este tipo de anécdotas, el templo era muy bonito, Carlos me lo iba describiendo todo, y a mí me entraban ganas de tocar todo lo que me decía, aunque a veces se trataba de cosas que estaban en vitrinas u imágenes, pero al escuchar que, por ejemplo, había un elefante, me imaginaba una escultura, y con cuidado hubiera ido a tocarlo, hasta que Carlos me decía que no se podía, que era un dibujo. Al igual que en otras ocasiones, había gente rezando en el suelo, y nos daba la sensación de estar invadiendo su intimidad, mientras nosotros rodeábamos la estancia, curioseábamos y hacíamos fotografías. Éramos unos intrusos que alucinábamos con todo.  Salimos, nos calzamos y nos quedamos en un banco de al lado, escuchando el sonido de unos tambores y sintiendo la tranquilidad que se respiraba en el ambiente. Seguro que había miles de estancias más que visitar, pero para ello necesitábamos coger aire y sentir que estábamos ahí, que no teníamos todo el tiempo del mundo, pero que era el ahora de ese día y queríamos disfrutar del momento con los rayitos de Sol que tanto habíamos anhelado durante días.

Proseguimos por la montaña, bajando escalones, parándonos ante cualquier campana, escultura o algún ciervo que se nos cruzase. Sin rumbo fijo, simplemente dejándonos llevar por la naturaleza. Y, hablando de naturaleza, nuestro estómago empezaba a rugir, así que tocaba bajar al centro de la isla, donde se aglutinan los restaurantes. Al ir bajando empezamos a notar el bullicio de la gente, como si hasta entonces hubiéramos estado en plena naturaleza escondidos de la vorágine del mundo real. Íbamos mirando los menús que había, la mayoría orientados a turistas como nosotros, casi todos por la hora que era estaban con bastante comensales. Finalmente nos decantamos por uno, que tenía gente, buena señal, pero que no teníamos que esperar demasiado. Nos trajeron el menú, que también contaba con una traducción en inglés. Hay que destacar que lo más típico de la isla son las ostras, pero realmente he de reconocer que no me gustan demasiado. Recuerdo que Carlos sí que se pidió un plato que llevaba ostras cocinadas y no estaba mal, una cosa es comerlas crudas y otras preparadas con condimento, la cosa cambia mucho. Yo pedí un arroz con
Platos de comida
curry, porque me encanta cómo lo cocinan, y como me había gustado tanto las veces que lo había comido, quería seguir aprovechando la oportunidad de comer el arroz que allí preparan. Carlos esos fideos con ostras que fue muy original, y que, por supuesto, como casi siempre hacemos, compartimos. Después de reponer energía y saciarnos de agua fresquita, la ruta debía continuar.

Nada más salir, Carlos me dijo que el torii seguía con el agua hasta arriba, así que optamos por adentrarnos en el monte y subir a un teleférico, para subir a la cima de la montaña y comprobar las vistas. Esta era una de las rutas que nos habían aconsejado realizar desde la oficina de turismo cuando nos dieron el mapa. La cumbre más alta de la isla consta de 530 metros, es el monte Misen. Es considerado un monte sagrado. Así que fuimos en búsqueda del teleférico,
Vistas desde el teleférico
había que pagar 1000 yenes (casi 10 euros) y si era ida y vuelta 1800 yenes. Nosotros optamos por comprar solamente ida, a Carlos le parecía buena ida después bajar haciendo senderismo de forma tranquila. Tuvimos que hacer algo de cola, tanto para comprar los tickets, que teníamos que pagar, ya que no entraban con el Jipan Raíl Pass, como para subir. Nos tocó subirnos con dos japoneses que serían casi fotógrafos profesionales, porque llevaban unos objetivos que casi nos sacan un ojo, aprovechamos que parecían entender del tema, para que nos hicieran alguna que otra fotografía. Con ellos llegamos a la primera parada del teleférico, estación de Kayadani, allí cambiamos a otro, en el que íbamos con bastante más gente y de pie, y hicimos el tramo final y más corto hasta  la estación de Shishiiwa, de ahí fuimos caminando hasta alcanzar la cima sagrada. Según Carlos había unas vistas increíbles de la Bahía de Miyajima, no solamente del torii, sino de toda la isla, del mar interior de Seto y de los alrededores. Nos sentamos, después de comer siempre entra algo de sueño, además del cansancio acumulado de los días, además a veces apetece sentarse en algún rincón para oír el viento desde lo más alto. Sin embargo, no éramos los únicos que habían tenido esa idea, y esa idea de tranquilidad se esfumó a medida que la gente iba subiendo y se quedaba sentada intercambiando conversaciones, que enturbiaban la calma conseguida tras llegar a lo más alto. Bueno, sin ser una anti social, descansamos, disfrutamos de las vistas, del momento y de estar ahí. Ahora tocaba bajar, y es cuando le decía a Carlos que por qué no habíamos cógido ida y vuelta en teleférico, pero Carlos me decía que valdría la pena, que no teníamos prisa.

Es cierto que no teníamos porque correr, que podríamos realizar el camino de vuelta con tranquilidad, pero nada más dar unos pasos e intentar empezar a bajar, Carlos se dio cuenta de la dificultad que conllevaba ir con una persona con bajo resto visual. Empezamos con unas escaleras, casi sin barandilla, ningún problema: él se pone delante y yo me agarro a sus hombros, en los tramos en que las escaleras eran irregulares, él me iba ayudando como podía. Sin embargo, a mí la inseguridad de no pisar donde debiera, de no ir con un calzado apropiado y de ver lo lenta que iba, me desanimaba. Pronto abandonamos las escaleras, y empezamos a encontrar más dificultades, pero no podíamos volver hacia atrás, estábamos en medio del monte, no pasaba casi nadie y las piedras que resbalaban, las irregularidades del camino y los saltos cada vez eran más complicados.
No quería desanimarme, pero veía que la gente pasaba por nuestro lado como si nada, cuando a mí me costaba un montón dar un paso, porque Carlos me tenía que indicar en qué piedra poner el pie, estar atento. Los dos acabamos sudando y pasándolo muy mal. Y, son en esos momentos, en los que la fiera que hay dentro de ti sale, y dice la típica frase: “Te lo dije” y sí la pronuncié en varias ocasiones, porque le dije que deberíamos haber cogido ida y vuelta en teleférico. Sin embargo, esos instantes de mal rato, cuando superas las adversidades, cuando el tipo pasa, se olvidan fácilmente y te das cuenta de que fue toda una experiencia. Lo complicado, a veces es lo que mejor sabe. Y fue muy difícil, porque pensábamos que nunca íbamos a llegar, porque pasamos por un riachuelo que teníamos que saltar, por tramos resbaladizos, de desnivel, y porque Carlos, sin querer, me metía prisa, y no es que nos fueran a dar un premio por llegar a la meta, si no que iba viendo que esos 5 km eran el doble o el triple conmigo, que íbamos muy lentos y sobre todo que estaba oscureciendo. No es que fuera muy tarde, pero hay que tener en cuenta que era octubre y atardece más temprano, por tanto Carlos no quería que se fuera la luz y nos quedásemos ahí perdidos en el monte. El cansancio, la desesperación y las ganas por tirar la toalla en varias ocasiones se apoderaron de mí, porque lo único que quería era que alguien viniera a rescatarnos. Sin darme cuenta que quien me estaba rescatando de mis temores y de mis dificultades estaba a mí lado. Me pidió mil veces perdón, porque no sabía que el camino iba a ser, y nunca mejor dicho, tan pedregoso. Sin embargo, la alegría que sentí al llegar a suelo firme fue infinita, así que, al llegar mi cara, mi ánimo y mi enfado desapareció. Además de que Carlos estaba más atento de lo normal, complaciendo todos mis detalles, para compensar el mal rato que había pasado. He de reconocer que él también lo paso mal, y no solamente por la culpa, sino porque iba poco a poco y tenía miedo de que me pasase algo. Finalmente, aunque tardamos mucho más que otros transeúntes del camino, logramos vencer aquella senda tan salvaje, a pesar de que tardamos mucho más de lo que nos habían dicho en la oficina de turismo, pero es que, a pesar de sea una buena idea, no lo es tanto si no ves por donde pisas. 

Llegamos de nuevo al centro del pueblo, visitamos algunas tiendas, compramos algunos recuerdos y unos cascabeles. Compramos dos iguales, uno para cada uno, ya que habíamos perdido los que habíamos comprado en Osaka. Fuimos saludando a todos los ciervos que seguían deambulando por ahí, incluso me atreví a tocar a alguno, después de descender de la cima sagrada, ya no me daba miedo nada. Además, cabe decir, que esos ciervos, aparte de estar más que domesticados, no tienen cuernos, parece ser que para no dañar a nadie sin querer o queriendo, se los han debido cortar para que puedan convivir con los turistas que cada día  visitan su hogar: la isla del santuario Itsukushima. Y, para nuestra sorpresa, casi atardeciendo, pudimos acercarnos más al torii flotante, y ya no era tal torii, si no que la marea había bajado tanto, que incluso se podía andar a su lado, y lo mejor para mí: tocar esos altos pilares. Nos quedamos sorprendidos, felices, andando en la arena húmeda, por la que antes había estado bañada de agua salada, ahora la naturaleza hacía que yo pudiera tocar ese famosos símbolo de la isla.  

El torii flotante con baja marea

El torri flotante es muy curioso y muy bonito verlo rodeado de agua, sin embargo, si la marea baja, que suele hacerlo a partir de las tres de la tarde, es una gozada poder pasear por la arena del mar y tocar sus grandes pilares. A mí me daba la sensación de estar bajo una portería, con esos tres palos que significan mucho. En cierta medida, puede dar esa sensación, porque al fin y al cabo es una puerta, una puerta al mundo espiritual. Es muy alto, casi 17 metros de altura. Y los dos grandes pilares, por mucho que intentara abrazarlos eran imposibles, cuenta con un diámetro de 10 metros. La parte superior del gran torii, esa que por su altura no llegamos a tocar, tiene una longitud de 24,4 metros. Esta gran símbolo pesa unas 60 toneladas. Entenderéis que dado que el torii se encuentra gran parte del tiempo bañado por agua salada, sus materiales han sufrido mucho. Aunque, el que tuvimos la suerte de ver y tocar, es la octava vez que ha sido reconstruido, y está ahí desde la última reconstrucción en 1875. Está hecho de madera, una madera natural de alcanfor (que tiene más de 600 años) y se conserva de maravilla. Cuando pasé la mano por una de las bases del torii, pude notar que había incrustaciones del fondo marino, tales como: caracolas, fósiles y musgo. Pero, me gustó notar la sensación de una madera húmeda con historia, con magia, que transmite tanto. A pesar de los años transcurridos, cada día regala al mundo una escena de la naturaleza magnífica, baja y sube la marea ye el gran torii imperceptible a las alteraciones del mar sigue erguido para dar la bienvenida al mundo espiritual a todo aquel que lo contemple.  Dejamos nuestras huellas en la arena mojada, tocamos con intensidad el gran torii, y, por supuesto, nos hicimos bastantes instantáneas para inmortalizar aquel momento. Después nos alejamos, para dejar paso a otros turistas que también querían tener la oportunidad de posar sus manos en aquellas columnas que habían estado enterradas por el mar unas horas antes, y que dentro de unas horas volvería a estarlo. 

Subimos unas pequeñas escaleras que nos separaba de la arena, y vimos un farolillo con mucho encanto, todavía no estaba encendido, pero comenzaba a oscurecer. Aún no era la hora de apagar el telón, así que seguimos paseando, contemplando los ciervos, que ya no estaban tan activos como cuando habíamos llegado, iban buscando un lecho para dormir, aunque a ellos cualquier sitio les iba bien. Aún viendo que había bastantes turistas, querían ver si podrían comer algo que les dieran, nosotros no les dimos nada, más que nada porque no teníamos nada para darles. Seguimos visitando tiendas, y buscamos por el centro la pala de arroz más grande del mundo: O-shakushi. Ésta aparece en la zona más comercial de Miyajima, y en el  mapa que te dan en la oficina de turismo, en la estación del ferry, aparece como un punto para visitar. Esta paleta de arroz tiene 7,7 metros de longitud y 2,7 metros en su punto más ancho. Pesa 2,5 toneladas. La verdad es que es algo curioso de ver, así que si vais, no dudéis en verla, no tenéis que entrar en ningún sitio, y de camino al ferry la veréis mientras paseáis.

No sé exactamente qué hora era, pero debía ser la hora en la que todo el mundo abandonaba la isla, había mucho tránsito de personas de camino al ferry. Así que, antes de embarcar, preferimos sentarnos en un banquito, en el que detrás teníamos un ciervo adormilado en el césped y delante el mar, con el gran torii rojo alumbrando la isla, y el cielo haciendo juego con la gran puesta sagrada. Era un momento relajante, en el que nos dábamos cuenta de dónde estábamos, de lo rápido que pasan de los días y de lo poco que nos quedaba ya por Japón. Así que después de quedarnos pensativos en aquel lugar mágico, decidimos dar un último paseo, hacer las últimas fotos y emprender el camino a Hiroshima.

Había sido un día lleno de emociones, de aventuras, pero sobre todo lleno de momentos que no olvidaremos fácilmente, porque aquella isla tiene algo mágico, que por suerte: lo pudimos comprobar y vivir en primera persona.
Una excursión de un día totalmente recomendable desde Hiroshima. No está muy lejos, y podrás vivir un día totalmente diferente, en el que encontraréis la calma y la magia de una isla con mucho encanto.



jueves, 1 de marzo de 2018

Presentación oficial del logo


EL BLOG TIENE LOGO  


¡Inauguramos logo del blog!


No es solamente una imagen, es mucho más.
Una maleta abierta, para seguir rellenando con contenido, sin exceso de equipaje. Una maleta abierta de: ideas,  de creaciones y de libertad de contenidos. Cuando viajas, la maleta está cerrada, porque llevas lo necesario para el viaje, pero cuando estás en un continuo viaje- como es el de la vida- no hay que cerrarla, para ir colocando: experiencias, viajes, recuerdos, vivencias, historias, libros y mucho más. Todo ello sumado con el día a día, hace que esa maleta tenga contenido, a veces será más interesante, en otras ocasiones no tanto, pero, al fin y al cabo, todos esos momentos plasmados componen el recorrido de la vida. 

Logo de LAMALETA DE PILI


Desde hace tiempo, y sobre todo desde que el blog saltó a las redes sociales me apetecía que tuviera un logo. Así, en todas las plataformas tendría la misma imagen. Al principio, lo que tenía como imagen era una fotografía del título del blog, sin embargo; no era un icono que representase al blog, ya que no caí que al tener el software que utilizo, ZoomText, y al ser un programa que es un magnificador, la imagen no se veía completa y era un trocito del título, sin que se leyese por completo, quedaba con un par de letras sin significado alguno. Como no lo veía y no le daba importancia lo dejé estar durante años, hasta que me di cuenta que eso no era un logo, ni era nada, aunque yo supiera que era el título del blog, el resto de personas no, y no daba muy buena imagen como perfil en redes sociales.  Solamente era una imagen con un par de letras.

Después de tener el canal de Youtube del blog,  y ver que interactuaba más por algunas redes sociales, me entraron ganas de cambiarlo. Empecé a hacer algunos esbozos con un rotulador negro y gordo, de esos que hacen contraste ante un folio blanco. Me quedaban como dibujos de una niña pequeña,  garabatos, pero al fin y al cabo: plasmaba mis ideas. Sin embargo, claro, faltaba pasarlo a sistema digital. Ningún problema, pensé, se hace una fotografía del dibujo y ya está. Pero la cosa no era tan sencilla, porque en la mayoría de fotos no salía el texto entero, o no se veía bien, vamos, que no era lo ideal. Y, recordé que tengo un amigo que es un artista en este tipo de asuntos, le comenté mi idea, le pasé los esbozos hechos por mí, para que supiera lo que buscaba. Él estaba bastante liado, como suele estarlo siempre por temas laborales, pero no me dijo que no. Tuve que esperar un tiempo a que pudiera dedicarse a ello, y me mandó el dibujo que él, como profesional, supo crear ya de forma digitalizada. Me gustó, ya que era una maleta, pero le faltaba el texto, para darle el toque. Sin ninguna palabra solamente era una maleta sin más, y no se sabía que no era una maleta cualquiera, era: La maleta de Pili. Se lo comenté, pero no pudo ponerse a ello de forma inmediata. Así que, como tenía tantas ansias de cambiar el logo, puse como foto de perfil en redes sociales el dibujo hecho por mí con rotulador. No era un dibujo bonito, ni siquiera estaba bien hecho, ni contaba con colores, sin embargo, más o menos se veía el título, y más o menos se distinguía que era una maleta, eso sí con algo de imaginación, aunque estaba hecho con mucho cariño. En el fondo me gustaba, porque lo había hecho yo, se podía ver una maleta y el título del blog, pero mucha gente me decía que como logo no daba imagen, porque ni se veía entero, y, vamos, que se veía un poco chapucero. Me encanta la sinceridad, porque se aprende. A pesar de eso, no lo cambié, total,  había estado con otra foto de perfil que sí que no significaba nada, porque ni se podía leer, ya que solamente eran un par de letras. Al menos en este, por muy chapucero que fuera se leía y se veía bien, tan bien, que se veía que estaba hecho a rotulador por alguien sin mucha experiencia, ni muy diestra en artes plásticas, como es mi caso.
Finalmente, Pablo pudo ponerle texto al dibujo que había creado, y presentármelo. Y hoy estoy aquí para presentaros de forma oficial el logo. Antes de presentároslo y hablar sobre el logo, me gustaría darle una vez más las gracias a Pablo, en  primer lugar por la paciencia que ha tenido y por dedicarle algo de tiempo, que precisamente no le sobra, y en segundo lugar: por haber sabido plasmar tan bien lo que quería. ¡Gracias, artista!
Y, ahora sí: ¡Tachán!
El dibujo es una maleta abierta, dentro de un circulo y rodeando ese círculo aparece el texto: La maleta de Pili, dos veces. Me encanta, porque le da un toque muy original, además el hecho de que sea redondo es perfecto, para que quepa en las fotos de perfil de las diferentes redes sociales. El dibujo central es una maleta abierta y es de color marrón, con su asa y todo. El relleno del círculo es de color azul cobalto, el fondo es de color amarillo y las letras en negrita del título, que rodean el dibujo, son del  mismo color azul. Los colores tienen mucho significado. En primer lugar: elegí estos colores,  para que hicieran un mayor contraste, teniendo en cuenta que ese color azul lo veo bastante bien, y sobre un fondo claro como es el amarillo mucho más.  Además, creo que simbolizan muy bien la filosofía del blog: azul color primario,  eléctrico ya que personas con baja visión, como es mi caso, lo vemos con mayor facilidad. El azul significa paz, tranquilidad, y eso es lo que intento trasmitir, y solamente se puede escribir si estás en un estado anímico de calma. El amarillo es un color que trasmite:  positividad, alegría y felicidad. Sumando todos estos conceptos que simbolizan los colores escogidos da un resultado: genial.  El marrón de la maleta puede recordar: experiencia y recuerdos, con el cúmulo de ellos nos vamos formando y somos lo que somos gracias a la construcción de vivencias.  Esa mezcla de experiencias y recuerdos hace que seamos lo que somos, y, como muchos ya sabéis, sobre quienes más  me conocéis, sabéis que en cada entrada dejo un poquito de mí, de mi alma, en cada escrito.
En general, me gustan los colores elegidos, porque son: vistosos, se dejan ver, no hacen daño a la vista, y juegan muy bien con los conceptos que intento trasmitir.    

El logo significa mucho, es más que una simple imagen,  porque es darle cara al blog, y, en definitiva, darle personalidad. Con el logo se puede distinguir  que el blog está por ahí presente. Esa maleta abierta tiene mucho sentido: una maleta, en la que cabe de todo, y si cabe de todo no puede estar cerrada, porque si no quiere decir que estaría llena, y en este caso, por muchos post que haga siempre estará abierta, para seguir introduciendo más, ya sea sobre: viajes, recuerdos, anécdotas, historia, relatos, lecturas, dichos y mucho más.
Y otro significado que puede tener es, que una maleta abierta, simboliza libertad,  libertad de expresión y de contar lo que me apetezca, como ya sabéis, hay un poquito de todo y no está cerrada a que escriba de algo en concreto, si no que es amplia y caben muchas cosas, para ello tiene que estar abierta, para poder seguir rellenando con palabras, imágenes y vídeos lo que haya que narrar.

Estoy muy contenta de que finalmente el blog, no solamente cuente con redes sociales, sino que tenga una imagen que le haga diferente al resto de blogs. Realmente un blog es diferente a otro por su contenido, lo sé, sin embargo: el logo hace que pueda tener: presencia, carisma, personalidad y una imagen que fácilmente  es identificable en cualquier sitio. 


¿Os gusta? ¿Qué os parece el logo? ¿Trasmite lo que es el blog? ¿Cómo lo veis?

domingo, 25 de febrero de 2018

Cuarta parada en Japón: Hiroshima


Hiroshima: Una ciudad de recuerdos para recordar
La llegada

El 19 de octubre salimos de Osaka para plantarnos en Hiroshima. Una de las ciudades de Japón más tristemente conocidas por la tragedia que sufrió a finales de la Segunda Guerra Mundial. Una ciudad que acabó devastada, pero que supo reponerse. No sabíamos qué nos encontraríamos, ni cómo sería Hiroshima. Teníamos ganas de llegar, y con el Shinkansen una vez más llegamos en un tiempo récord.  Una vez llegamos al destino nos sentimos algo perdidos. Ahora no contábamos con Google Maps, ya que habíamos consumidos los datos contratados con el PocketWifi. Así que era el momento de buscar una oficina de turismo, pedir un mapa y preguntar cómo podíamos llegar a nuestro hotel. No sé si por su inglés o por el nuestro, pero no nos enteramos de mucho. Así que acabamos justo enfrente: en otra estación de tren, pensando que allí podríamos coger algún metro, para llegar a nuestra meta. Afortunadamente había otra oficina de turismo y volvimos a preguntar, nos comentaron que teníamos dos maneras de llegar:
Una a través del bus, que además era gratuito con el JRP ó con tranvía. Finalmente hablando con la chica de la oficina de turismo nos decidimos por el tranvía, ya que tal y como íbamos de cargados, sería más cómodo. Además nosotros somos más de metro que de autobús, y quieras que no, un tranvía es como un metro, pero al aire libre. Nos enteramos que en Hiroshima no hay metro, solamente: bus, tranvía o ferrocarril. Nos parecía raro que no contase con líneas de metro, como había ocurrido en las otras ciudades que habíamos visitados, pero más tarde me enteré que por la situación que tiene Hiroshima y al estar en un delta es complicado la construcción de líneas de metro subterráneas.
Da igual, fuese como fuese, sabíamos que teníamos que coger el tranvía número 6 para llegar a nuestro alojamiento.  
La estación del tranvía estaba relativamente cerca de la estación de tren. Eso sí, tuvimos que bajar unas cuantas escaleras (no había ni ascensor, ni mecánicas), así que Carlos tuvo que hacer varios viajes, para ir bajando las maletas y después acompañarme a mí, es lo que tiene ir cargados. 

Carlos con el tranvía


El trayecto en tranvía se hizo un poco eterno, porque eran más de doce paradas. Nos hizo gracia escuchar en el tranvía a compatriotas que hablaban nuestro idioma, pero no intercambiamos mucho, porque no estaban por la labor, pero nos dibujó una sonrisa. Una vez bajamos del tranvía, Carlos pudo rescatar con mi móvil algo de señal wifi y activando el Pocket wifi con Google Maps, más los mapas que llevamos y gracias a su orientación: encontramos nuestro alojamiento.
Esta vez el alojamiento que habíamos escogido era algo diferente, era un Ryokan: hospedaje tradicional japonés. Teníamos muchas ganas de comprobar si dormir en el suelo es tan incómodo como nos imaginamos, y de sentirnos cómo japoneses en su tierra. Nuestro Ryokan se llamaba: Ikawa Ryokan

en la puerta del hotel Ryokan

El alojamiento: Ryokan
 Al entrar, en lo que pensábamos que era la puerta principal, no había nadie. A pesar de estar un rato esperando y que alguien más también lo hiciera ante una barra desierta. Desistimos y salimos, nos dimos cuenta que justo la puerta de la recepción estaba al lado. Más tarde supimos que habíamos entrado por una puerta que es para los clientes, pero con horario, sin embargo, la puerta de la recepción está las 24 horas abierta. Lo que parecía quera una barra, lo era, pero era tipo barra de bar, ya que también era restaurante y servían desayunos, aunque, como digo, no había nadie para atenderte, ni orientarte. Una vez en la recepción, nos pareció un poco extraño que nos pidieran los pasaportes de los dos, se hicieran fotocopias y casi no nos explicasen nada, eso sí, entre ellas, que nos pareció que eran familia sí que hablaban en japonés, sin entender nosotros nada de nada. Solamente había una chica joven que sí que sabía inglés, y nos explicó el tema de la puerta, los horarios y nos llevó hasta nuestra habitación, que se tenía que acceder mediante ascensor. 
 Dentro de la habitación alucinamos. Nunca habíamos visto un alojamiento similar, ¿dónde estaban las camas?  No había camas, solamente una especie de colchón, finísimo en el suelo, un colchón doblado, que más tarde, una vez fueras a dormir tendrías que desdoblar, para que cupieras. Pero, no nos sorprendió solamente eso. Nada más entrar a la izquierda estaba el lavabo que tampoco era nada del otro mundo, nos sorprendió más el de Kitoo con su televisión en la bañera, éste era pequeño, y, aunque también tuviera  los típicos botones de limpieza en el váter, no nos sorprendió. Un lavabo sin más. Antes de entrar en la habitación, separada con una puerta corredera, como ya era costumbre, había un escalón pequeño, que significaba que tenías que dejar el calzado ahí, cerca de la puerta. Al descorrer la perta entendimos el porqué, ya que todo el suelo era de tatami, era como si todo el suelo fuera una esterilla gigante, y estaba muy limpio. Esa era nuestra habitación: un tatami con dos futones en el suelo, un escritorio y un armario gigante. Un armario con puerta corredera en el que cabías dentro, incluso alguien podría dormir allí dentro poniendo una almohada un nórdico, doy fe, porque lo comprobé, sintiéndome el gato cósmico de los dibujos, Doraemon. No tenía televisión, pero ni falta que nos hacía, lo que sí que tenía y nos iba de maravilla para organizar horarios y demás, era wifi. 

Doraemon en el armario y Nobita en el suelo. AnimePili probando a hacer de gato cósmico, Doraemon, dentro del armario

Una vez dejamos el equipaje en nuestro tatami y vimos un poco por Internet que ruta tomar, nos fuimos a la calle. Parecía que volvía a llover, la lluvia quería acompañarnos y no había manera de sacarla de encima. Por suerte eran gotitas sin importancia, y después de las tormentas que tuvimos que soportar en Kioto eso no era nada y se podía sobrellevar. Al ser al mediodía optamos por ir en busca de un sitio para comer. No sabía adónde ir, porque tampoco teníamos antojo de nada en particular, simplemente queríamos comer. Quisimos alejarnos un poco del parque de la Paz que lo teníamos muy cerca, para encontrar algo que no fuera muy turístico. A pesar de que en Japón puedes comer a cualquier hora, tampoco queríamos que se nos hiciera muy tarde. Y después de barajar diferentes posibilidades optamos por uno, en el que no había mucha gente, no había ni mesas, ya que se comía en la barra y en taburetes, y ahí comimos. Realmente  no me acuerdo ni el qué, no es que fuera una comida deliciosa, además el suelo estaba algo pegajoso, eso sí que lo recuerdo. Pero, el trato fue correcto, y una vez más, como ya era costumbre, nos sirvieron té. Sea como fuere, aunque no fuera un menú pera recordar, nos sirvió para ponernos en marcha y empezar nuestra ruta.

Parque Conmemorativo de la Paz
El primer sitio que visitamos fue el Parque Conmemorativo de la Paz, un parque amplio, muy grande y en el que reina el silencio. Es uno de las atracciones más visitadas de la ciudad, y en el que cada 6 de Agosto se reúnen para recordar a las víctimas del bombardeo atómico. A pesar de que un parque muy extenso, cada año en agosto se llena de gente, y no cabe ni un alfiler. De hecho cuando llegamos vimos a más turistas como nosotros, pero también vimos a grupo de colegiales, que a Carlos le hacía gracia que fueran todos con gorras amarillas, todos en silencio, con la cabeza para abajo y guardando respeto a las víctimas, todos ellos enfrente de un monumento a las víctimas. Impresionaba ver el silencio, y es que aunque notases que tenías gente a tu alrededor, podías notar su presencia, pero también escuchar el silencio. Sé que parece raro lo que digo, pero es cierto que a Carlos y a mí nos daba  esa sensación, de hecho  si hablábamos era casi con susurros, ya que el lugar daba respeto y porque si te fijabas nadie levantaba la voz.
El parque se construyó en la zona más afectada de la ciudad el 6 de agosto de 1945, era el centro neurálgico, el centro de negocios y justo donde cayó la bomba. Ahora es un lugar, en el que se respira el silencio,  se respetan a las víctimas y se les homenajea con monumentos, y símbolos de paz.
Paseando por el parque vimos una llama:  La llama de la paz que está encendida desde 1964 es un homenaje más a las víctimas del bombardeo atómico que sufrió la ciudad. Este fuego permanecerá encendido hasta que todas las bombas nucleares del planeta desaparezcan.
Seguimos paseando por el parque, porque allá por donde mirases encontrábamos algún monumento que representaba un símbolo o un recuerdo de la tragedia. Cerca del parque vimos la famosa imagen de la cúpula de la
Pili y cúpula de la bomba atómica
bomba atómica, un edificio que quedó solamente parte de la cúpula y su estructura de acero. Si te quedas mirándola, desde fuera, por seguridad no se puede entrar, de hecho no puedes ni acercarte mucho, ya que está totalmente rodeado por verjas, para que nadie pueda entrar, te puedes hacer a la idea de lo que fue que cayera un bomba como Little Boy en una ciudad como Hiroshima, haciendo desaparecer a miles de personas y convirtiendo en cenizas edificios. Esa cúpula de 25 metros no es solamente un edificio, no es solamente unas ruinas, es mucho más, es todo un símbolo de la ciudad, de lo que quedó, y cómo supo recuperarse ante las adversidades. La verdad, es que aunque no lo viera del todo, podría contemplar el silencio, las descripciones de Carlos , y lo cierto, es que impresionaba: estar en el mismo lugar en el hace más de 70 años ocurrió una tragedia como la que vivieron.

Antes de que se hiciera más tarde, queríamos entrar en el museo conmemorativo de la paz: un museo que narra el antes, el durante y el después del bombardeo atómico. Vimos que todavía nos daba tiempo de entrar, el museo cerraba a las seis de la tarde, así que teníamos tiempo de recorrerlo con calma. Además el precio no era muy elevado, como la mayoría de museos en Japón. Además, por muy duro que fuera, no podíamos estar ahí y no entrar. De hecho, hasta cogimos una audio guía, para completar nuestra visita, lo malo, entre comillas, es que la audio guía solamente estaba en inglés, pero ya nos serviría para ir completando lo que veíamos. Solamente cogimos una, no por el precio, sino porque con que la tuviera uno, que fui yo la que iba con el auricular a todas partes, ya era más que suficiente. Nos guardamos los abrigos en las mochilas y empezamos a sumergirnos en lo que era Hiroshima. Nada más entrar, había una recreación vía imágenes que impresionaba mucho, a pesar de que no lo pudo disfrutar con exactitud, sí que cuando me acercaba a una especie de círculo que había en el suelo, veía como se iluminaba el suelo: era cómo era Hiroshima, y llega un momento que hay una gran explosión, y todo se funde a negro. Realmente impresiona, y si lo ves supongo que mucho más. Creo que ahí estuvimos durante varias recreaciones, porque no podíamos ni movernos. Fuimos viendo imágenes que había desde cuadros, fotografías a vídeos. El museo cuenta con varias plantas, y cada vez que Carlos veía un vídeo, me pasaba el número de audio que me tocaba, y después compartíamos impresi0ones: con lo que yo había entendido en inglés en la audio guía con lo que él había visto. Una de las plantas que más me gustó fue la tercera porque aparte de imágenes que Carlos iba viendo y leyendo, yo me apartaba y me quedaba absorta escuchando el audio. Además, muchas de las explicaciones estaban en Braille, lo malo es que yo aún no lo domino y creo que el kan ji no ayudaba mucho a que pudiera entender ni una letra, pero lo mejor es que esas explicaciones accesibles estaban tanto en inglés como en japonés, y describían los objetos que había. Uno de los objetos que más me impactaron fue tocar una botella de cristal de cómo era, original, a cómo quedó después del ataque atómico. Otro objeto que agradecí mucho es tocar cómo era el edificio de la Cúpula antes y el después, en el que solamente se podía casi detectar la cúpula, aunque ya no era la misma y el esqueleto de acero del edificio, cambiaba mucho.  
Pili ante la maqueta de la Cúpula en el museo


La verdad, es que, a pesar de que fuera un museo duro por la tragedia que narraba, me gusto mucho en cuanto a accesibilidad y el detalle de poder tocar las cosas, toda la información que te facilitaban y ayudaba mucho a entender lo ocurrido. Además de concienciar a la  población de todo lo que sufrió unos habitantes de Japón, y como poco a poco fueron reponiéndose: y la ayuda que han facilitado en otros puntos del planeta que también han sufrido las consecuencias de un catástrofe nuclear, como fue el caso de Chernóbil. Así que no solamente es un museo que cuenta qué pasó y se basa en el morbo, sino que conciencia a todos y cuenta las consecuencias y cómo investigan en todo lo relacionado con las enfermedades que vinieron después. La parte de abajo puede que me gustase menos, ya que sí que era más dura con recreaciones de niños, ropa y fotografías, contando en cada vitrina la vida de cada uno de aquellos seres humanos que perdieron la vida. Vimos gente con  lágrimas y a nosotros se nos quebró la voz en más de una ocasión.

Necesitábamos salir, tomar el aire y nos sentamos en un banco del parque, casi sin palabras, pero compartiendo impresiones sobre lo impresionante del museo y todo lo que había ocurrido. Después de coger aliento, seguimos caminando por el parque, aún quedaba mucho por ver. Yo quería ver un monumento que había leído sobre las mil grullas de papel. Es un monumento que tiene historia: es un memorial a Sadako Sasaki. Sadako tenía dos años cuando la bomba atómica
Pili bajo las patas del monumento
cayó en Hiroshima, ella quedó expuesta a la radiación y a los diez años vio las consecuencias. Después de varios desmayos y encontrarse mal, sus padres le llevaron al hospital y le diagnosticaron el mal de la bomba atómica, leucemia. Estaba bastante avanzado y había poco que hacer, le quedaban meses de vida. Una amiga le regaló un papel dorado y le hizo un origami, contándole una leyenda sobre la magia de éstos: quien hiciera mil grullas de papel podría pedir un deseo que se le concedería. Eso alentó a la pequeña Sadako a tener algo de esperanza e ilusión y cada día con cualquier trozo de papel, aunque fuera con la caja de medicamentos hacía uno. A la edad de doce años y con más de 620 grulla Sadako no pudo ver cumplido su deseo de curarse y falleció. Fue enterrada con todos los origamis que había hecho. Todos sus compañeros de colegio, desolados, quisieron rendirle un gran homenaje: haciendo las mil grullas de Sadako, después hicieron campañas de recaudación para hacerle un monumento en recuerdo a ella y a todos los niños que perdieron la vida por el bombardeo. Doce años después consiguieron que se levantase un monumento para Sadako, en la que aparece encima de un origami, extendiendo las alas. El día de la inauguración estaba repleto de niños, había mil grullas y muchos niños homenajeando a todos los niños que habían perdido la vida a consecuencia de la bomba atómica.
El monumento es precioso, aunque muy alto. La base son unas patas de bronce de un origami, en el que dentro se encuentra una campana que con el viento se escucha repicar, arriba del todo hay un ángel extendiendo las alas. Abajo del todo, en una losa negra hay una inscripción en japonés que pone:

"Este es nuestro llanto, esta es nuestra plegaria: para construir paz en el mundo".  

Monumento de Sadako

Alrededor del monumento, Carlos me fue contando que había vitrinas con muchos tipo de origami, de colores, grandes, pequeños, de todo tipo. Eran de niños que siempre que van a visitar el monumento llevan las grullas que han construido en honor a Sadako. Este monumento es un homenaje, pero simboliza la paz, por eso es llamado: Monumento de la paz a los niños. Fue un monumento construido para una en concreto, pero es para todos los niños que cayeron por consecuencia del bombardeo, y además fue llevado a cabo gracias al ímpetu de los compañeros de Sadako que querían que se le hiciera algún monumento de recuerdo. Es muy bonito, ya no por el monumento en sí, sino por toda la historia que hay detrás.

Después de visitar ese monumento y de ver más del parque, porque en cualquier esquina encuentras algún recuerdo, nos alejamos de la zona. Queríamos ver el castillo de Hiroshima, pero entre que ya era de noche, estaba oscuro, no sabíamos muy bien dónde estaba y se ponía a llover. Lo intentamos y a Carlos le pareció verlo a lo lejos, pero dada la hora que era estaría cerrado. Así que nos queda pendiente para otra visita, porque, sin duda, tendrá otra visita nuestra en ocasión. Eso sí, si volvemos iremos por la mañana con luz, para disfrutar de la ciudad con más intensidad.

Hondori: paseo comercial por Hiroshima
A pesar de las gotas que empezaban a caer, empezamos a caminar sin cesar, sin ningún destino concreto. Era casi uno de nuestros últimos días en Japón y aún queríamos hacer algunas compras, así que fuimos en búsqueda de alguna zona comercial. Llegamos a Hondori. Encontramos un paseo repleto de tiendas de todo tipo, además con la ventaja de que estaba cubierto y no nos mojábamos. Entramos en algunas tiendas y algún que otro suvenir nos llevamos. No de la ciudad en sí, pero sí de Japón. Después de entrar en  varias tiendas y quedarnos una vez alucinados con la variedad que había, quisimos encontrar algún sitio para comer. Sabíamos que si volvíamos a la zona del Ryokan no encontraríamos nada y por ahí parecía que había movimiento y mucho para elegir.

Había bastantes restaurantes, pero también muchos que ya estaban llenos. En algunos nos hubiera entrado ganas de entrar por lo escondidos que estaban y el encanto tan tradicional que desprendía, al estilo izakayas, pero estaban a tope de gente, así que no tuvimos suerte y descartamos algunos. Finalmente a Carlos le dio por ver uno que tenía un cartel, pero era muy raro, porque teníamos que subir unas escaleras. Nos aventuramos a entrar y ver qué nos encontrábamos. Y, resultó ser una Izakaya similar a la que habíamos estado en Tokio con Jiwon. Era un sitio de esos que entras, te dirigen a una mesa, o más bien sala, y tienes una tablet, para ver qué quieres pedir. Era muy íntimo una mesa con sofá solamente para nosotros, sin nadie que hablase más alto que otro, porque todo el resto de mesas estaban separadas por biombos, y aunque sí que se escuchaba que había gente cada uno iba a lo suyo, porque era como estar en una sala para ti. Carlos empezó a mirar en la tablet, pero todo estaba en japonés. Había una opción de llamar al camarero y le llamamos para preguntarle por los takoyakis y nos ayudó a pedirlo. De hecho, sin haber pedido aún nada, o sí, nos trajeron una especie de pinchos de pollo, aunque estaba un poco fríos, creemos que fue un detalle del camarero, porque no nos suena que lo pidiéramos. En este tipo de establecimientos, aparte de repetir las veces que quieras y lo rápidos que son, puedes beber lo que quieras, nosotros pedimos unas cervezas japonesas y además puedes fumar, con la ventaja de no molestar a nadie, ya que no hay nadie a tu lado. Pedimos bolitas de pulpo, takoyakis, que enseguida volaron, y algunos pinchos más. Por último repetimos de esas bolitas rellenas de pulpo, porque estaban muy ricas, calentitas y bien de precio. Nos quedamos saciados con las veces que repetimos, además e descansados. Tardamos en irnos, porque estábamos muy a gusto en ese sofá, hablando de lo que haríamos al día siguiente y de los días que nos quedaban.

Una vez repusimos fuerzas, nos enfrentamos al frío nocturno de la noche y nos dirigimos al Ryokan, por primera vez dormiríamos en el suelo. Durante el trayecto a pie nos fuimos parando en muchas tiendas, no para entrar, porque a esas horas ya estaban cerradas, pero sí para contemplar algunos escaparates. Nos seguía sorprendió todo, sobre todo en un restaurante que había un robot. Carlos dijo de hacerme una foto, me puso al lado de lo que yo pensaba que era un muñeco o estatua, y me pegué un gran susto cuando el robot se movió y encima Carlos me decía que me miraba, me daba un poco de mal rollo. 

Pili con un robot


Carlos durmiendo en el futón, en el sueloEn el Ryokan todo estaba en silencio, se notaba que era un lugar de tranquilidad y de reposo. Abrimos nuestra cama en el suelo, un colchón finito, con un nórdico y nos pusimos a dormir. Nos costó un poco, porque se nos hacía raro estar estirados en el suelo, con los cables de todos los aparatos cargándose al lado, y nosotros ahí intentando dormir, pero nos entraba la risa. Sin embargo, el cansancio nos venció y enseguida sucumbimos en los brazos de Morfeo. 


Al día siguiente sería otro día, en el que tendríamos que madrugar, porque queríamos aprovechar el día y hacer una excursión a una isla cercana a Hiroshima. No os diré que isla es, para dejar la intriga, pero adelanto que es mágica, tiene un torii flotante y muchos ciervos.



Continuará…