BIENVENIDOS A LA MALETA DE PILI:

Una maleta cargada de ilusiones, aventuras, anécdotas, sorpresas, recuerdos y mucho más…







domingo, 11 de febrero de 2018

Retomando la aventura japonesa: 3ª parada: Osaka



REANUDANDO LA RUTA POR JAPÓN

¡Por fin! retomó una entrada que tenía pendiente, y es que, a pesar del tiempo transcurrido, las memorias sobre nuestro viaje a Japón y Corea del Sur no han terminado. Y, aunque, reconozco que me hubiera gustado tenerlas listas en un tiempo menor, a veces el día a día y los horarios lo complican un poquito más todo, además de que el hecho de ir dejándolo rompe el ritmo, también cuesta más hacer un ejercicio de memoria.
Sin embargo, a pesar de todos los impedimentos, no voy a dejar de relatar nuestras aventuras asiáticas.
Así que, después de Kioto retomamos la odisea japonesa con nuestra tercera parte: ¡arrancamos!  


NUESTRA TERCERA PARADA EN JAPÓN: 2 DÍAS EN OSAKA

El día 17 de octubre viajamos de Kioto a Osaka en el shinkansen, tren bala, y en un momento llegamos: no tardamos ni una hora. Cuando llegamos a Osaka, casi no nos lo podíamos creer, no llovía. Así que, como el hotel estaba más o
Pili en la puerta del hotel con las maletas
menos cerca de la estación, a pesar de ir cargados con las maletas, nos aventuramos a ir caminando al hotel. En este caso el alojamiento elegido fue Hotel Shin Osaka, seleccionamos este hotel por la cercanía de la estación de tren, como en casi todos nuestros destinos. Cuando llegamos, en la recepción nos dijeron que no podíamos ir a la habitación, aún no era la hora del check-in, así que decidimos dejar el equipaje, que nos lo guardasen, y ponernos en marcha, para aprovechar el día sin lluvia en Osaka.



Nuestra primera parada teníamos claro que iba a ser visitar el Castillo de Osaka. No estaba realmente cerca, así que tuvimos que ir al metro y al bajar del metro, parecía una zona con muchos edificios altos, poca gente y nada de castillo a la vista. Pensamos que nos habríamos equivocado de parada, pero el google maps no se suele equivocar, y así era, solamente teníamos que caminar un poquito y, en seguida empezamos a ver gente haciéndose fotos, y a lo lejos Carlos ya divisó lo que sería el castillo. 

Carlos y Pili en unas escaleras y con el Castillo de fondo


Tuvimos que subir unas cuantas escaleras, y a cada rato nos íbamos parando para hacer fotos y contemplar las vistas. Una vez llegamos a la puerta principal, no sabíamos si entrar o no , pero una vez estás allí, tienes que entrar. A pesar de que tienes que pagar, pero tampoco nos parecía tan caro: 600 yenes.  Nada más entrar, entre el calor que llevábamos y la cantidad de gente que había dentro, tuvimos que arreglárnoslas para despojarnos de nuestras chaquetas, suerte de ir a cuestas con la mochila, que puede hacer milagros. Había ascensor, pero era para gente que lo necesitaba, así que fuimos por las escaleras, subiendo todos los pisos. En cada planta había una explicación histórica sobre el castillo. Sin embargo, al ser un castillo pensábamos que sería un museo al estilo de antigüedades, esa preconcepción fue omitir que estábamos en Japón y que ahí, la tecnología es la reina, así que había multitud de recursos multimedia, como pantallas en los que había vídeos, reconstrucciones, etc. En ese sentido nos llevamos un poco de desilusión, porque por muchas reconstrucciones por ordenador que puedan hacer, lo bonito es ver los tesoros que guardaba el castillo. Además, en algunos pisos entre el inglés y el japonés no nos enterábamos mucho, por muchos dibujos que hubiera, por mucho que me lo contase Carlos, a mí lo que me gusta de un museo es que sea interactivo y, sobre todo que se pueda toquitear.

Cuando llegamos al último piso, el octavo, había un balcón, desde donde se podían divisar muy buenas vistas de Osaka, y, sobre todo, notar el fresquito. Dimos una vuelta alrededor del estrecho balcón, y en cada punto, habían un cartel con lo que se podía ver desde ahí, Carlos me lo iba leyendo y me decía si lo veía o no .  Después entramos y compramos un suvenir, que poco tenía que ver con el Castillo, pero que nos hizo mucha gracia, porque debe ser muy típico de ahí, ya que pudimos notar que mucha gente los compraba y los llevaba colgados como si fueran amuletos, y no es otra cosa que unos cascabeles. Compramos unos cascabelitos de gato, los dos iguales, para ponerlos en  nuestras mochilas, así si Carlos se alejaba yo sabría donde estaba. Lo malo que nos duraron poquito, no pasaron de Osaka, ya que no tenían un enganche apropiado para llevarlos en la mochila, bueno, ni en ninguna parte, solamente era un hilo al que tenías que hacerle un nudo, así que, como comprenderéis no duró mucho.

Al salir del castillo, un poco decepcionados por lo que había dentro, casi que es más bonito por fuera y sus alrededores que lo que hay dentro, nos encontramos en un parque del que no sabíamos salir. Google maps dentro de un recinto se vuelve un poco loco, y no había manera de encontrar la salida a la calle, así que creo que recorrimos todo el parque hasta encontrar la puerta que nos llevaba a la calle. Si no hubiéramos tenido hambre, si hubiera sido más pronto, no nos  hubiera importado quedarnos un poquito más por el parque y sus alrededores, ya que también visitamos sin querer un templo que había cerca del parque, pero el hambre acechaba y necesitábamos salir de ahí, para saciar nuestro hambre. 


Selfie de Carlos, Pili y el Castillo de Osaka desde el parque



Una vez salimos del parque, nos entró ganas de comer en un Mc Donald, sé que estábamos en Japón y lo normal es ir a un restaurante típico japonés o envolvernos en la gastronomía japonesa, sin embargo, y no preguntéis el porqué, nos apetecía probar un restaurante de esos de comida rápida, para ver qué tal era en Japón. Según el marketing en cada país es diferente y hace gracia ver cómo es en cada sitio y qué especialidad tienen. Google Maps marcaba que estaba cerca, pero eso de cerca y lejos a veces es muy relativo, cuando caminas por calles que no conoces, cuando lo único que te acompaña en una ciudad es el tráfico, que a cada paso te va contaminando y parece que no llegues al destino. Finalmente llegamos a un Mc Donald, nos sorprendió lo  pequeño que era, pero tenía otro piso y arriba era mucho más grande, tampoco exagerado, pero teníamos sitio para estar sentados y degustar nuestra hamburguesa de teriyaki. Como me imaginaba tenían su propia especialidad y en este caso fue la hamburguesa teriyaki, con una salsa peculiar, que hacía que estuviéramos en un restaurante de comida rápida y que puedes encontrar en todo el mundo, pero con una hamburguesa que no es típica en todas partes. Lo que más me sorprendió es que no pudiéramos elegir tamaño del menú, había el estándar y ya está, ni menú grande, ni gigante, ni nada por el estilo, eso es lo que había. Quizás por ello, por la buena gastronomía que tienen y porque no abusan de las cantidades no hay tanta obesidad como ocurre en otros países.  

Después de descansar y degustar una hamburguesa, sin destino claro, nos pusimos a caminar y a callejear. Teníamos que aprovechar que aún no se había hecho de noche, para caminar, sin rumbo, pero al fin y al cabo caminar por las calles de Osaka. Nuestro primer objetivo fue buscar una cafetería, para mantenernos más despiertos, sin embargo, la elección no me gustó mucho. Era una cafetería, en la que había zona de fumadores, pero yo, según me dijo Carlos, era la única mujer del establecimiento, además, como he dicho en ocasiones, soy fumadora rara, y el hecho de que el lugar no estuviera bien ventilado no me gustaba, porque no era agobiante, pero no había buena ventilación y cuando eso ocurre, parece que te fumes tu cigarro y el del resto. Fuese como fuese, eso solamente fue una parada, para centrarnos y ver hacia dónde nos dirigíamos. Pensamos en ir caminando al hotel, aunque tuviéramos más de una hora caminando, no teníamos otro objetivo,  y lo bueno, de hacer turismo o visitar un país sin prisas, es que las horas del reloj no tienen importancia y te da la libertad de hacer lo que quieras.

Así que caminamos con el GPS activado, pero sin saber exactamente por dónde pasábamos, hasta que llegamos a una zona comercial con tiendas de esas que tanto le gustan a Carlos. Sin darnos cuenta, habíamos llegado a Namba, a un barrio muy concurrido y donde puedes encontrar de todo, pero, sobre todo: estábamos en una de esas calles que salías de una tienda de muñecos de anime y te encontrabas al lado otra casi  igual. Para Carlos fue el paraíso y descubrió muñecos de One Piece a mucho mejor precio que los que había visto en Akihabara en Tokio . Así que no lo dudo, y se compró varios. Entramos en todas o en casi todas las tiendas, en alguna de ellas, tenían a todos los personajes de un anime que veía cuando era pequeña que era Arale, pero no me compré ninguno, porque después son pongos que no sé qué hacer con ellos, y no es que fueran baratos precisamente.

Seguimos caminando y Carlos con la mochila cargada y más contento que unas castañuelas llegamos al hotel, lo habíamos logrado, todo el día danzando de un día para otro y ya podíamos subir a nuestra habitación. El hotel era peculiar, porque resulta que en algunas habitaciones se podía fumar, en la nuestra no, pero en los pasillos olía a tabaco y a rancio. Por suerte, la habitación era más amplia que en Tokio, pero el lavabo, que para el cual tenías que subir un escalón, era bastante pequeño, nunca llegando al extremo que lo que habíamos tenido en Tokio, pero era pequeño. En cambio las camas eran inmensas, como dos de matrimonio y tenían el detalle, como en todos los demás, de darte un kimono como pijama y unas zapatillas. Todo un detalle.


No quisimos pasar mucho rato en la habitación, queríamos ver más y sobre todo salir a cenar. Al llegar al hotel de camino habíamos visto uno de esos restaurantes en los que aparecen los platos en el escaparate y no tenía mala pinta, nuestra sorpresa fue que estaba cerrado. Sabemos que no suelen tener el mismo horario que tenemos en España para comer, pero tampoco estamos hablando que fueran las once de la noche, simplemente debían ser las nueve, una hora más que razonable para cenar, pero nos quedamos con las ganas de cenar ahí.

Así que, como habíamos leído que allí era muy típico el Okonomiyaki, quisimos ir a probarlo. El okonomiyaki es una especie de tortilla que le echan un poquito de todo, una tortilla francesa, elaborada en plancha y que según la que elijas te puedes encontrar  que lleve marisco, pollo, cerdo o un poquito de todo. Muy cerca del hotel, encontramos muchos restaurantes, casi escondidos del tráfico, como si fueran tesoros gastronómicos, encontramos uno que nos llamó la atención, ya que se llamaba Okonomiyaki, o al menos lo ponía por ahí, así que, sin dudarlo entramos. Era un restaurante estrecho, con muchos taburetes en la barra, pero más al fondo, donde nos dirigían había mesas. Sin embargo, nos colocaron en unos taburetes, delante teníamos una plancha, y enfrente nuestro elaboraban las comidas. En primera fila del espectáculo gastronómico. Me hace gracia que en los restaurantes, debajo del taburete o la silla, normalmente encontrábamos cajas o cestas, para dejar nuestras pertenencias. Así que, ahí coloqué mi abrigo y mi bolso. 
Había una carta bastante extensa, pero sin dibujos, la cual cosa dificultaba que pedirnos, aunque sí que estaba en inglés. De todas maneras, se notaba un lugar muy auténtico, al estilo izakaya, taberna, y según dijo Carlos, éramos los únicos occidentales del establecimiento. Teníamos que arriesgarnos y probar, ya que nos dimos cuenta enseguida que no tenían mucha idea de inglés, ya que a la hora de pedir la bebida, preguntamos qué era el Spirit wáter, y el camarero tuvo que hacer que viniera un cocinero, que resultaba que debía tener más idea de inglés, pero nos dijo que era una especie de bebida japonesa, así que nos hizo gracia y la pedimos. Nuestra sorpresa fue que eso no era agua, ni coca-cola como nos habían dicho, eso era Whisky con agua, además servido en vaso de tubo, como si fuera un cubata. Nos entró una risa tremenda al descubrir que íbamos a cenar una especie de tortilla con whisky,, y eso que a mí esa bebida no me gusta mucho, pero no podíamos devolverla, suerte que estaba rebajado con agua, y como hay que probar de todo, pues adelante.
En el restaurante se podía fumar en todas partes, no es que hubiera zona de fumadores y no fumadores, se podía fumar en  todo el establecimiento. La cual cosa la aprovechamos, aunque nos sabía mal fumar al lado de la cocina, pero debía ser lo más normal del mundo allí, ya que los de al lado también lo hacían. Se notaba que era una taberna, entre que servían bebidas con alcohol, se podía fumar y estábamos en taburetes, era todo muy auténtico. Cuando nos sirvieron el okonomiyaki, no sabíamos ni qué habíamos pedido, no sabíamos de qué eran. Nos la pusieron en la plancha, pero no sabíamos qué debíamos hacer, porque era la primera vez que lo probamos. A Carlos le dio la sensación que teníamos que esperar a que se hiciera un poco más, y darle la vuelta con una espátula que nos habían dejado. Ese experimento estaba buenísimo, pero llenaba que da gusto. Carlos se había pedido una con pulpo y en general con marisco, yo fui más tradicional y me pedí una con cerdo y queso. Fuimos probando de las dos, pero me gustó mucho más la mía, de hecho yo me la terminé y Carlos no, y no porque no le gustase, si no por lo que llenaba. 


Pili en la puerta del restaurante

Con el estómago lleno nos fuimos a dormir, al día siguiente teníamos que madrugar, ya que íbamos a un parque de atracciones. De hecho habíamos elegido pasar noche en Osaka, solamente por el objetivo de ir al parque un poco más descansados.

Segundo día en Osaka: Universal Studios Japan

Por la mañana lo primero que hicimos fue ir a desayunar, a un lugar  que estaba enfrente del hotel y que tenía  buena pinta, cada mañana lo veíamos y teníamos ganas de probarlo  no sabíamos ni cómo se llamaba porque los caracteres eran en japonés, lo único que entendíamos era cafetería y creíamos que era una buena opción para desayunar.  
La cafetería fue un buen acierto, a pesar de que ni sabían hablar inglés, ni casi sabíamos dónde estábamos, tenían las cartas en inglés, y nos dimos un buen homenaje para empezar el día. Un desayuno con huevos fritos, además podíamos repetir la bebida todas las veces que quisiéramos, siempre y cuando te levantases a rellenar el vaso. Y tuve la gran suerte de sentarme en una mesa que tenía cubiertos.
Con  energía y con ganas nos fuimos al metro, concretamente a la estación con el nombre más largo que he escuchado nunca,  Nishinakajima Minami-gata Station

Estación con nombre muy largo: Nishinakajima Minami-gata Station
De ahí tuvimos que hacer transbordo en Osaka Station y de ahí esperar un metro que ya  iba directo a Universal Studios. Alucinamos con la cantidad de gente que iba al mismo destino, la mayoría gente joven, adolescentes, pero no muchos extranjeros, aunque alguna voz con nuestro idioma nos pareció escuchar. Suerte que pudimos viajar con el JRP y no tuvimos que hacer tanta cola para salir de la estación, ya que hacíamos otra cola, para salir con el Japan Rail Pass.  Una vez allí, empezamos a ver hoteles, restaurantes, y tiendas, todo esto antes de llegar a las taquillas. Las taquillas costaba divisarlas, por la cantidad de colas que había. M esentí como cuando habíamos ido alguna vez a Port Aventura. Después de esperar un rato, pudimos comprar nuestras entradas, fue  un precio que picaba en el bolsillo, no sé si al cambio eran 75 euros, un precio bastante desorbitado, pero que no nos sorprendió, porque ya lo sabíamos y ya íbamos predispuestos a gastar  esa cantidad de dinero.  Sin embargo, realmente, aunque lo sepas, me parece caro, pero ya se saber que los parques temáticos, precisamente baratos no lo son. Este Universal Studios  fue construido en Japón en 2001 y es uno de los más visitados en Japón, sobre todo  desde que en 2014 inauguraron la nueva área destinada a Harry Potter, con el castillo de Hogwarts. 
Carlos y Pili con la popular bola de Universal Studios en la entrada


Una vez dentro, a pesar de llevar un mapa del parque temático, no sabíamos ni por dónde empezar.  Había tantas áreas, que nos dejamos llevar. Alucinábamos con todo, desde los personajes, personas como tú y como yo que iban ambientados para la ocasión, disfrazados de Minion, Super Mario o Snoopy. Suponemos que ya venían vestidos de sus casas así, lo bueno, es que cada uno iba vestido como le daba la gana, sin que nadie dijera nada, a nosotros nos hacía gracia, pero era divertido. También había multitud de tiendas, desde una que vendían gorros gigantescos, ya fuera de Snoopy, Spiderman u otro personaje, como de peluches. No compramos nada, porque debemos ser unos sosos, y porque eran precios demasiado elevados, para algo que probablemente casi ni nos pondremos. 




Pili sonriente con gorro de Minion

A la primera atracción que fuimos fue a Terminator, a Carlos le hizo gracia, ir a la atracción de la película de Schwarzenegger. A mí no me hizo tanta gracia: primero colas para entrar, después un monólogo en japonés que si aún hubiéramos dominado el idioma, aún hubiera estado bien, y después nos sentamos en unos asientos, para ver una especie de espectáculo combinado con pantallas, la cual cosa hacía que me perdiera mucho. El  idioma y las pantallas fue un gran hándicap a la hora de disfrutar por completo de la atracción. Lo único que noté es que hubo un momento que los asientos se movían, pero no sabías por qué, y aunque Carlos hacía esfuerzo por explicármelo, creo que él, a pesar de haber visto qué ocurría, tampoco se enteraba mucho, porque nos habíamos perdido los diálogos. Aunque no fue lo único que perdí, al salir de la atracción me dí cuenta que mi cascabel ya no estaba en una de las cremalleras de mi mochila. Me dí cuenta un poco más tarde, y por muchos esfuerzos que hicimos para recuperar un mini cascabel, volviendo a los lugares en los que habíamos estado y Carlos mirando por todo el suelo, no hubo manera de encontrarlo. Así que, de momento solamente quedaba el cascabel que llevaba Carlos en su mochila.  

Recorrimos todo el parque, vimos casi todas las atracciones, pero había algunas que por la temporada en la que fuimos o no sabemos exactamente el porqué estaban sin servicio, como fue el caso de una montaña rusa, que tenía muy buena pinta, y estaba en el área de Jurassic Park. Nos quedamos con las ganas y no entendíamos el porqué de que no estuviera en funcionamiento. Justo en esa área vimos un espectáculo de dinosaurios amenizado con la música de la película de Jurassic Park.   


Carlos con el coche de Jurassic Park

Carlos en Hogwarts
En la zona de Harry Potter, en el que se encontraba la escuela de Hogwarts, era

increíble la cantidad de gente que había, creo que era en la zona donde más personas había por todas partes. Entramos en algunas tiendas en las que llegaban a vender desde búhos, hasta trajes de Harry Potter. En esa área probamos la popular cerveza mágica, una cerveza de mantequilla, apta para todos los públicos, ya que no lleva alcohol. Es una bebida que tiene un gusto, a nuestro parecer, demasiado dulce. Nos la bebimos sentados y contemplando el espectáculo de personas viniendo y yendo y con trajes de todo tipo, ya en sí estar dentro del parque era todo un espectáculo. Reconozco que nos costó terminarnos la bebida, ya que era demasiado empalagosa.   
Butter Beer: Cerveza de Harry Potter


Vimos también un desfile de carrozas con personajes del parque, como Snoopy que, realmente no sé qué pintaba en el parque, pero tiene su propia área, dedicada más para niños pequeños. Ese espectáculo lleno de carrozas y público a los lados, estaba amenizado con música que estaba a un volumen bastante alto, nos sorprendió que la música fuera española, aunque realmente no conocíamos esa canción.

Después de recorrer todo el parque, a pesar de que no estábamos con ánimos de subirnos a ninguna otra atracción, quizás por la decepción de la primera, quizás por las horas de colas que había en cada una de ellas, fuera por lo que fuese, no volvimos a subir en ninguna otra. Llegaba la hora de comer, y después de visitar algunos chiringuitos, también repletos de gente esperando a que les atendieran, optamos  por comer fuera del parque, sin tantas esperas y mucho más barato.  Nos dimos cuenta que ya somos mayores, a pesar de que no hay edad para los parques temáticos, pero no lo disfrutamos como niños. Nos cansan las esperas, la impaciencia se adueña de nosotros y optamos por no disfrutar cómo se merecía el parque. Puede que fuéramos con las expectativas demasiado altas y, quizás, por ello nos desilusionó más que otra cosa.

Fuera del parque, como he dicho estaba repleto de: tiendas, restaurantes y hoteles, elegimos uno que tenía menú. Comimos  unos tallarines con algo de carne y nos pusimos en marcha. Fuimos al metro, y ya que estábamos decidimos que aún era pronto para retirarnos al hotel. Así que nos bajamos en el centro y visitamos el barrio de Dotonbori: un paseo comercial, repleto de luces, sonido, tiendas y gente por todas partes. Quisimos ver el famoso cartel luminoso de Glico man. Este cartel de luces de neón, es un cartel publicitario, en el que sale un atleta corriendo los 300 metros, es famoso porque lleva en el barrio desde 1935, y se ha convertido en todo un símbolo de Osaka. Este cartel publicitario, no solamente por su antigüedad y sus luces de neón, sino porque no es solo un cartel publicitario más, sino que anuncia un local de alimentación llamada Ezaki Glico. Sabíamos que no éramos los únicos que buscábamos ver esa publicidad de luces de neón, ya que más turistas en la avenida iban mirando todos los carteles en búsqueda del más popular. 


Carlos haciendo de Glico Man con carteles publicitarios y luminosos detrás


A pesar de que vimos  muchos establecimientos, donde no hubiera estado mal hacer la última cena en Osaka, no teníamos mucho hambre. Habíamos comido tarde, y comer por comer, a pesar de que sea uno de nuestros placeres, lo dejamos para más tarde. Optamos por ir al hotel y descansar, teníamos que preparar la maleta, al día siguiente volvíamos a coger el tren hacia otro destino. Sin embargo, después de estar un rato haciendo el puzle en la maleta, ya que, a veces, aunque saques un par de cosas, después ya no encaja todo tan bien. Nos entró un poco de hambre y fuimos al único sitio que teníamos cerca y estaba abierto, una convenience store, una de esas tiendas que están casi 24 horas abiertas y puedes encontrar casi de todo. Además preparaban algo de comida, y nos pedimos unos pinchos de carne con verdura. No mucho, pero era para engañar el estómago. 

Al día siguiente, abandonamos el hotel, y volvía a llover. Parecía que la lluvia quería ser nuestra compañera de viaje, así que antes de coger ningún tren, preferimos tomarlo con calma e ir a desayunar al mismo restaurante que habíamos ido el día anterior. Esa cafetería al estilo americano tenía encanto, porque tenía algo en lo que no nos habíamos fijado antes. En todas las mesas había unos botones, uno era para llamar al camarero siempre que lo necesitases, como, por ejemplo: una vez ya supieras que querías pedir, y otro botón era para la cuenta, no te traían la cuenta a la mesa, tenías que ir al mostrador a pagar, pero al darle al botón ya te la tenían preparada. Un buen sistema y algo atípico que no habíamos visto antes. Estando en el restaurante desayunando, quisimos comprobar la ruta a seguir con el GPS, y nos dimos cuenta que nos habíamos quedado sin datos en el Pocket Wifi. No podíamos creerlo, aún nos quedaban unos días por Japón y habíamos excedido los gigas que teníamos. No sabíamos cómo sería a partir de ahora nuestra aventura, pero la verdad es que no lo entendíamos cómo había podido ocurrir. Con mochilas, maletas, paraguas y acompañados de la incertidumbre de ir sin Internet nos fuimos a la calle a por un taxi. La estación estaba cerca, de hecho para ir al hotel habíamos hecho el trayecto a pie, pero ahora con la lluvia era otro cantar. En un momento, menos de diez minutos llegamos a la estación de tren de Shin Osaka. Tocaba volver a sacar los pases del JRP y volver a uno de los mejores transportes que hemos conocido: Shinkansen. El tren bala nos llevaría al siguiente destino. Un lugar, que ya avanzo, nos sorprendió gratamente y  nos dio mucha paz. 



domingo, 4 de febrero de 2018

Tecleando: nuevo teclado, nuevos horizontes



¡ARRANCAMOS: EMPEZAMOS A TECLEAR!

Acabamos de darle la vuelta a la hoja del calendario, y ya estamos en otro mes. El mes de Enero ha pasado casi sin darnos cuenta, como hace tiempo ocurre con los días, que se van volando, y cuando te das cuenta, estás en otro mes. Me hubiera gustado estrenar el mes con una entrada estelar, o con cualquier post. Sin embargo, el día a día, la falta de tiempo y la presión de querer hacer una buena entrada, para estrenar el año, ha hecho que el mes de Enero pasase sin dejar rastro por el blog. 
Sé que tengo entradas sobre nuestro Viaje a Japón y Corea que están pendientes de publicar, y, aunque el tiempo vuele, no renuncio a dejarlas por escrito en el blog, ya que sirven de recuerdo. Sé que cada vez me costará plasmarlas, porque la memoria es selectiva, pero cueste lo que cueste, lo haré. Tarde o temprano todo llega, lo que cuesta es arrancar y ya lo estoy haciendo. 

Mi nuevo teclado
Hoy os voy a hablar de mi nuevo teclado, desde donde estoy tecleando esta entrada. Es un teclado de sobremesa, grande y robusto, pero sobre todo es un teclado mecánico.  

¿Qué es un teclado mecánico?
La diferencia principal entre los teclados convencionales y estos es el material que se utiliza. Los teclados que casi todo el mundo suele utilizar son de membrana, más suaves y ligeros. En cambio los teclados mecánicos son aquellos que surgieron con los primeros ordenadores, eran grandes, robustos y se notaban muchos las teclas. Con el tiempo, para abaratar gastos en la producción empezaron a utilizar materiales más sencillos, en los que la estética predominaba y la comodidad a la hora de escribir quedaba relegaba a un segundo plano.
Los teclados dejaban de ser tan pesados, para ser casi imperceptibles al tacto, estando las teclas muy juntas, sencillos y suaves. No se escuchaba el típico ruido que producían los antiguos teclados, similares a los que producían las máquinas de escribir. Muchos debieron agradecer la falta de sonido, pero no se dieron cuenta que la precisión y la durabilidad en los teclados de membrana se esfumaba junto el ruido de las teclas.
Los teclados mecánicos suelen producir tanto ruido, porque tienen un mecanismo parecido al de las máquinas de escribir: cada tecla funciona de forma independiente, teniendo su propio interruptor debajo de cada tecla, como si fueran botones. En cambio, en los teclados de membrana funcionan de forma electrónica.   

¿Por qué me decanté por un teclado mecánico?
Resulta que en el trabajo me querían cambiar de teclado, sin embargo yo estaba muy contenta con el que tenía. Entonces fue cuando por primera vez escuché eso de que a mí me gustaban más los teclados mecánicos. Yo ni siquiera sabía que tenía uno, pero me dijeron la diferencia, y me intentaron convencer que el que me querían poner era más nuevo, pero yo argumenté que se notaban mucho menos las teclas. Una de las principales diferencias entre uno y otro. Así que logré que me pusieran uno, pero igual que el que ya tenía, es decir: manteniendo mi teclado mecánico. Se notan mucho más las teclas, incluso el que tengo, puede parecer una tontería, pero en la tecla Windows tiene una redondita, la cual cosa la distingo a la perfección.
Siempre que íbamos a tiendas de electrónica, me encantaba pasar por la sección de teclados y ordenadores, para ver cuál se notaba más las teclas. Pero, sin intención de comprarme ninguno, simplemente por el gusto de que los dedos jugueteasen por los teclados. Sí, parece  de niña pequeña, toquiteando todo, pero el espíritu de Peter Pan me acompaña. Dejando de lado esta anécdota, finalmente me decidí darme el capricho de comprarme uno. Aunque para ello, tenía que informarme un poquito: descubrí que hay muchos tipos, dependiendo del switch, que no sabía ni lo qué era, y es el tipo de interruptor, si no estoy equivocada. Descubrí que dependiendo del switch te daba más precisión o menos. Muchos de estos teclados están orientados para Gamers, ya que necesitan mucha precisión a la hora de pulsar las teclas y no perder tiempo. No obstante, leí que uno de los swtch que también eran compatibles para escritores eran los blue, que son más ruidosos y notas el clic a la hora de teclear la letra en cuestión.
El teclado escogido fue el: STINGER RX 1000K  

Mi teclado mecánico STINGER RX1000K


Es un teclado mecánico que, aunque esté orientado, para gamers, al tener el interruptor blue también puede servir para otros usuarios, como es mi caso. Además tiene un precio que no es desorbitado, y aún te lo puedes permitir. Tiene multitud de funciones, aunque no he probado las teclas de función rápida. Está iluminado y tiene diferentes modelos de iluminación en las teclas, la cual cosa aún no he probado, ni tengo mucha intención de hacerlo, porque el hecho de que las teclas tengan luz, sinceramente a mí me trae un poco sin cuidado y no lo compré por esa razón. Además, puede parecer una nave espacial. Sin embargo, lo que me gustó es que se notan mucho las teclas, y los dedos más que escribir parecen que estén bailando con las teclas al compás del sonido del tecleo, ya casi imperceptible para mí. Las teclas no es que estén diseñadas, para los dedos, sino que están muy salidas, más de lo habitual y eso favorece que los dedos a ciegas encuentren todas las teclas sin equivocaciones, con más agilidad y facilidad.

El cambio
Eso sí, no todo iba a ser un camino de rosas, por el camino me he encontrado alguna que otra espina. Y es que mis brazos, mis muñecas, se resienten. Había leído que podía ocurrir, no sé si es por mi postura, porque es otra plataforma en la que mis dedos se apoyan y presionan, porque tengo que hacer más fuerza, porque voy más rápido o no sé el porqué, pero desde hace unos días tengo dolores en los brazos a la hora de teclear. Sin embargo, estoy convencida que esto debe ser un tema de ejercicio, de habituarse a un cambio y de darle más a las teclas. Debe ser como cuando vas los primeros días al gimnasio, al principio las agujetas pueden contigo, pero poco a poco, y la mejor manera de combatirlas es haciendo más deporte, pues en este caso será lo mismo, tendré que escribir con más frecuencia para  que mis dedos se habitúen al cambio y no lo vean como algo raro. Además de que cuando lo utilice con más frecuencia, menos diferente me parecerá. Al principio no podré estar más de una hora, después una hora se me habrá pasado como en un abrir y cerrar de ojos, o al menos eso espero.  
Lo malo, entre comillas, y lo sé, y lo reconozco, es mi postura. Aunque realmente esto me pasaría con cualquier teclado.  Intento utilizar mi resto visual, intento ver lo que escribo, a pesar de que me cueste lo mío. Así que hemos incorporado al teclado, una pantalla más grande. Así que tengo el portátil encendido, pero con un teclado mecánico y una pantalla, así que el portátil solamente es como si fuera la torre del PC, está a un lado y ni lo miro, y me centro en mi nuevo teclado, y, sobre todo, y ahí está el problema en la pantalla. Por muy grande que sea necesito tenerla cerca, pero si la tengo tan cerca como la necesitaría,  casi que no me cabe el teclado, ya que la pantalla tiene un pie bastante ancho que impide que me la acerque más, y además necesito espacio para que el teclado esté bien apoyado en la mesa, sin que se suba al pie de la pantalla, si lo hago pierde estabilidad y no puedo escribir de forma cómoda.  Finalmente consigo acercarme lo suficiente la pantalla, pero:  ni la espalda, ni los brazos están en la posición que deberían estar. Sé que debería tener los brazos estirados, relajados, y dejándome llevar y no centrándome tanto en lo que sale en la pantalla. Realmente, aunque tengo un contraste (la pantalla negra y las letras en blanco) intento escribir tan rápido que finalmente, por muy cerca que tenga la pantalla, no llego a distinguir que aparece en la pantalla. Al final son  solamente manchas blancas que se mueven en un fondo negro. Suerte que tengo de apoyo el sintetizador de voz del software que utilizo en el ordenador, ya que el magnificador que tengo, el Zoomtext también cuenta con una voz como el Jaws.

El teclado abre otro tema
Y ahora abro otro tema, que para los que vean y para los que no vean, no entenderán a los que estamos en el limbo entre el ver y no ver. Pero eso ya sería otro capítulo, no obstante, entiendo que no sea fácil entenderlo. Muchos pensaréis que si no veo lo que hay en la pantalla, para qué me la acerco tanto, más aún cuando hay un sintetizador de voz que me va cantando lo que sale en la pantalla. Otros pensaréis que no acepto mi baja visión y además estropeo mi salud por el tema postural y visual, ya  que mis ojos se pueden cansar, y así es. Sin embargo, no quiero renunciar a mi resto visual, me gusta ver esas manchas blancas que se mueven al compás del son del teclear. Me gusta poder utilizar mi resto visual. Además me gustan poco los cambios radicales.

Algo positivo para el futuro
 Además al utilizar la voz como apoyo, e intentar ir incorporando el pleno sintetizador de voz, quizás, algún día, y quién sabe, quizás gracias al nuevo teclado, me atreverá a utilizar todo tipo de comandos de teclado, sin miedo a equivocarme, haciéndolo a ciegas y con una mejor postura y estando mucho más relajada. Puede que mi miedo a la hora de no abandonar el magnificador, sea no saber si estoy escribiendo o no, a pesar de que la voz vaya hablando, a veces la inseguridad gana, además de la fuerza de no querer renunciar al resto visual, aunque mis ojos acaben llorosos.
 Se aceptan todo tipo de consejos, para todos aquellos que hayáis tenido que pasar por una transición similar, y no me refiero a cambio de teclado, ya sabéis a qué me refiero.
  
Y, aunque me haya ido de tema, pero las cosas van surgiendo a medida que van saliendo, en el fondo tiene que ver.  Os dejo estas líneas, sin obviar que tengo entradas pendientes. Sin embargo, hoy quería presentaros mi nuevo instrumento de escritura. Espero que os haya gustado, a pesar de que he explicado otras cosas que poco tienen que ver, aunque al fin y al cabo forman parte de mí, y sí que en cierta manera guardan relación con el teclado mecánico: gracias a su percepción táctil, y porque estoy convencida que gracias a él, conseguiré dar el paso que me hace falta, para prescindir por completo del ratón.

¡Hasta la próxima!  






domingo, 31 de diciembre de 2017

Recorrido por el 2017 a través del blog

RESUMEN DEL 2017 A TRAVÉS DE LAS ENTRADAS DEL BLOG


Señal de Tráfico de Alto




ALTO EN EL CAMINO DEL 2017


A veces es bueno hacer un alto en el camino, detenerse, echar la vista atrás, coger impulso y seguir marcando las huellas en el camino de la vida.

Hoy que es el último día del año 2017, me apetecía hacer un recorrido por lo que ha sido el año a través de las entradas en el blog. Los post no son todo lo que ha ocurrido durante este año, porque me he dejado en el tintero aún mucho que contar, pero sí que es algo significativo de lo que ha acontecido en mi pequeño micro espacio, para ir dejando plasmado lo que ha pasado.

A pesar de que cuando llega el final de un año es bueno hacer un balance, de lo que no me cabe duda, es que si no escribiera en este humilde blog, no sería capaz de recordar muchas de las hazañas que he vivido. La memoria es caprichosa y este ejercicio de escritura me ayuda a no olvidar y registrar cada uno de los momentos vividos. Desde hace unos años a esta parte, los años me pasan más que volando y el hecho de echar la vista atrás, se asemeja a un espejismo. Gracias al blog revivo momento y soy capaz de hacer un recorrido por los meses, gracias a los post escritos.

Con este post que estoy redactando será la entrada número 40 de este año,  que no está nada mal. Así que solamente espero poder seguir uniendo palabras en este nuevo año que a pocas horas está de inaugurarse. Continuar con el mismo ritmo de publicación o superarlo. Os deseo todo lo mejor, muchas aventuras, viajes, lecturas y mucho que contar. De igual modo, espero seguir rellenando todos los huecos que puedan caber en una maleta con muchos post más y que estéis ahí para leerlos.

¡Feliz y dulce año 2018 para todos!

EMPEZANDO RECORRIDO POR EL 2017 A TRAVÉS DE LOS POST DEL AÑO

El 2017 lo estrené con un post sobre los libros que habíamos ido leyendo en el grupo de Facebook: Saboreando Libros. La lectura es fundamental que esté en nuestras vidas, ya se sabe que es otra manera de viajar, de relajarte, de dejarte llevar y de ampliar tu vocabulario. Mi primera lectura del año fue: Patria de Fernando Aramburu. Este libro narra el conflicto de ETA en el País Vasco desde diferentes puntos de vista. Ha sido, para mí, sin duda, el libro del año, porque sin miedo relata lo que significó ETA, tanto desde dentro, como para familiares y víctimas. Ha ganado diferentes premios por ser un libro que ha tratado el tema del terrorismo desde diferentes vertientes y en una zona que estuvo muy golpeada por esa lacra terrorista.
El título del libro, Patria, que significa: Lugar o comunidad con la que una persona se siente vinculada o identificada por razones afectivas.
Y, como si de un preludio de lo que iba a acontecer este 2017 con palabras y términos como: patria, tierra, identidad, país y demás términos se ha hablado bastante en este año. El patriotismo llevado al extremo, tanto de un lado como de otro, nunca es bueno, ya que, como siempre digo, los extremos siempre dañan. Pero, sobre todo, si a todo esto se le suma la violencia, la represión y se niega a que entre en juego la palabra y el diálogo, perdemos todos.  

Más tarde, llegó a nuestras vidas llegó un nuevo miembro en la familia. Un pequeño plumas, una ninfa, que se llama Pingu y nos alegra los días con sus cantos. Ha venido, para hacer compañía a Rufi, pero, a pesar de que ellos convivan juntos en la jaula y vuelen juntos en sus ratos de ocio, no solamente le hace compañía a ella, ya que, como digo, nos alegra con sus silbidos y  sus cariños a todos. En este tiempo que lleva con nosotros, que todavía no hace ni un año, ya ha aprendido a silbar varias melodías, a hacerse mimos con Rufi, a volar a sus anchas y seguirte allá donde vayas de casa, con lo que conlleva tener un cuidado con las ventanas y puertas.  


Foto de nuestra ninfa Pingu




Con el estreno de la primavera recobré la inspiración y volví con la creación de textos olvidados. Incluyendo pequeños bocados de textos, los llamados microcuentos y celebrando los dos años del grupo de Saboreando Libros, un grupo en el que se sugieren libros, se comparten opiniones y, de vez en cuando, hacemos lecturas en común, para ir leyendo un mismo libro a la vez que se comenta y se dan diferentes puntos de vista.   

Aquí os dejo un ejemplo de todas las entradas creativas, en las que he escrito algunos textos. Espero que en 2018 la creatividad, la inspiración y las ganas me sigan acompañando, para no abandonar el arte de con palabras crear un escenario, unos personajes y una trama.
Relatos publicados en el blog en 2017:

Reflexioné sobre la Semana Santa y el cambie de fecha en el calendario. Seguro que muchos de vosotros ya sabíais el porqué, pero a mí, el hecho de escribir el blog, no solamente me sirve para escribir y dejar mis memorias por escrito, sino que con cada post que hago aprendo, ya sea con alguna fecha, con algún nombre, definición o recuerdo olvidado. En este caso quise indagar y compartir con vosotros el porqué del cambio de fecha cada año de la Semana Santa.  
He querido compartir qué día de la semana me gusta más, y, aunque pueda parecer una tontería, seguro que siempre hay algún día que agrade más que otro, ya sea porque es inicio o final, porque notas en el ambiente más sonrisas o simplemente porque te gusta. A veces este tipo de preguntas como qué color es tu favorito, o qué te gusta más esto o esto, puede tener diferentes respuestas, dependiendo en el momento en que estés, pero casi seguro que tendrás respuesta. ¿Y, a ti, qué día de la semana te gusta más?

Abrí la puerta a hablar de los podcast, ese mundo, para algunos todavía desconocido, pero que es muy entretenido. Un mundo que está repleto de voces, donde podrás encontrar audios de todo tipo, desde música, hasta cine, desde misterio hasta deportes, y seguro que puedes encontrar alguno que te pueda aportar mucho. Sobre Podcast hice varias entradas, y más que tendré que hacer, porque hay mucho que descubrir. Uno de ellos fue sobre: El mundo de los podcast  y otro orientado a los podcast que te pueden ayudar a sumergirte en el idioma de Shakespeare: Podcast para aprender inglés.

En 2017 descubrimos el Parque Nacional de Aigüestortes, viendo el lago de San Mauricio helado, respirando en plena naturaleza, viendo a la peluda Kenzie pasárselo en grande en la nieve, pero, sobre todo desconectamos haciendo una Escapada al Pallars Sobirà.  A veces, a pesar de que no sean semanas, simplemente un par de días, ya sirve para desconectar del día a día. A veces no hace falta ni moverte de tu sitio de confort, pero a veces si que es necesario, escaparte y respirar otros aires, para renovarte y seguir adelante con la rutina.

Me di cuenta de que, a veces algunos post del blog, por muchas fotos que incorpore y vídeos que pueda incluir, era mucho mejor contarlo con mis propias palabras. Además, a veces me encontraba en la tesitura de querer colgar algún vídeo grabado por mí, y no sé si por la plataforma que utilizo o el porqué, pero después  en algunos dispositivos no se podía reproducir correctamente, y tenía que pasar los vídeos a Youtube para poder subirlos en la entrada del blog que quisiera que estuviera ese vídeo en cuestión. Es por ello que pensé en renovar el blog, y ya que cuenta con el soporte de redes sociales como: Facebook y Twitter, faltaba que tuviera su propio canal de Youtube. Así que me animé a crear el Canal de Youtube de LamaletadePili, así el blog tendría también cara. Creo que es una manera de darle más visualización, publicar otro tipo de contenido que, a veces con soporte audiovisual ayuda a completar un post. Además, así todos los vídeos que suba están en el canal y todo queda vinculado.  


Celebramos como si de un cumpleaños en toda regla se tratase el cumple trimestre de Pingu. Queríamos celebrar por todo lo alto la buena adaptación que ha tenido el pequeño plumas de la casa. Lo bien integrado que se siente y que nos sentimos con el nuevo miembro de la familia.

Recordé fechas en el calendario que marcan la diferencia, porque siempre hay números en el calendario que están escritos como los demás, pero que para ti significan mucho más que unas cifras en un papel. A veces, si piensas y echas la vista atrás, puedes ver que hay números que, aunque a primera vista parezcan que no significan nada, te das cuenta de que el destino es muy caprichoso y hace que haya fechas, números, cifras que signifiquen mucho más. Entonces, es cuando los recuerdos afloran y ves que las coincidencias te pueden dibujar sonrisas.

En junio cuando el calor ya empezaba a hacer de las suyas, fuimos a que Kenzie disfrutase de la playa para perros que habían instalado en Barcelona. Así que, estrenamos la playa para perros en Barcelona. A ella, a pesar de la edad y los achaques, la playa es un lugar que le encanta. Y, a pesar de que ya sabe sus limitaciones y se cansa más, aún disfruta como una cachorro. A nosotros nos encanta ir a sitios en los que pueda sentirse libre y jugar, verla feliz nos hace feliz a nosotros también. Y, ya que seguimos sin ninguna área para perros en el barrio, para que pueda jugar de forma controlada, tenemos que buscar otros sitios en los que lo pueda hacer. Puede que no lo hagamos con la frecuencia que se merece, pero al no tener ninguna área cercana destinada a los canes, no podemos hacerlo con la asiduidad que nos gustaría. Espero que, aunque no lo pueda disfrutar como lo hubiera hecho en años anteriores en este 2018 el Ayuntamiento de Barcelona se ponga las pilas con este tema y le den un buen regalo a nuestros peludos. Ellos se lo merecen, después de que sus dueños se pasen, en la mayoría de casos más de ocho horas fuera de casa. En el caso de Kenzie, al ser un perro guía, está todo el día en tensión, trabajando y se merece tener su momento de diversión, de desconectar y sentirse como un perro más.  

En lo que sí que se pusieron las pilas el Ayuntamiento de Barcelona fue en ponerme los semáforos sonoros que tanto tiempo llevaba solicitando. Sé que aún hay mucho camino por hacer en cuanto a barreras arquitectónicas, y para que haya plena accesibilidad. Sin embargo, no entendía cómo costaba tanto instalar unos semáforos acústicos en una zona que no solamente había solicitado yo, sino que me consta que muchas más personas que apoyaban mi causan lo habían hecho. Yo necesitaba cruzar cada día por esa avenida tan transitada, y quería hacerlo sin tener ansiedad, con seguridad y cuando quisiera. Al fin, lo conseguí, y ahora aquella hazaña que tanto me costó la recuerdo  cada vez que tengo que cruzar para ir a mi puesto de trabajo y sigue sonando a música celestial cada vez que está en verde para mí.    



Además aprovechamos para descubrir un festival que se realiza en Barcelona. Un festival que sirve para conocer otra cultural, y en este caso, con lo que estábamos planeando no podíamos faltar. Festival Matsuri en Barcelona, un evento que te acerca la cultura japonesa.

El mes de julio llegó y se notó que la gente era más feliz, porque se acercaban las vacaciones para algunos, por el calor y por el efecto de la serotonina. Fue un mes de efemérides, ya fuera por el 25 aniversario de las Olimpiadas en Barcelona. A pesar de que ha llovido y nevado bastante desde aquella época, recuerdo con cariño algunas cosas de aquel 92 que hizo cambiar mi ciudad.   
Además, también se cumplieron 20 años del asesinato a manos de ETA de Miguel Ángel Blanco, alguien a quien no conocía, pero que durante aquellos días del 97 todos lo hicimos uno más de la familia. Puede que, aunque no lo recuerde con nitidez por el tiempo pasado, por mi edad de aquel entonces, me marcó, ya que fui a una de las manifestaciones más multitudinarias. El pueblo sin miedo salió a la calle, para condenar esa muerte y para gritar a los terroristas: ¡Basta ya!

En uno de los meses del año que más gente viaja, aunque la dinámica poco a poco va cambiando, dejé 25 frases para viajeros.  Además de presentar una herramienta que puede venir muy bien en el día a día, o cuando viajas, para ir escribiendo tus memorias, y esos no son, ni nada más ni nada menos, que mis queridos mini teclados. Sin estos pequeños teclados portátiles no escribiría con tanta frecuencia en el móvil, ya que gracias a ellos, me resulta mucho más fácil poder hacerlo.
Hablé de lo poco que nos gustan los días de lluvia a Kenzie y a mí.  
Pero, sin duda y desgraciadamente, lo que más marcó fue que el terrorismo
Imagen: Barcelona con lazo negro
acechó a mi querida ciudad de Barcelona. ¿Quién me iba a decir a mí, que después de hablar un mes antes de la muerte de Miguel Ángel Blanco, del terrorismo y de la manifestación a la que asistí con 13 años, el terrorismo volvería a ser el protagonista, volvería a salir a la calle para demostrar que no teníamos miedo? Pues, así fue, por una de las calles más pisadas de Barcelona, Las Ramblas, el terror, la barbarie y la sinrazón se cebó con ciudadanos de a pie. Barcelona se quedó sin palabras, pero salimos a la calle para solidarizarnos con las víctimas y gritar que no teníamos miedo.   

Septiembre con la vuelta al cole, volví a recordar la importancia de la lectura y recomendé 10 libros para 10 ciudades. Pero, sobre todo, me volví a dar cuenta que los años van pasando y ya es una década los que la peluda Kenzie cumplía, así que fue el turno de cederle la palabra a Kenzie. Y, aunque sea un sentimiento agridulce ver que la peluda ya tiene diez años, sobre todo lo es de felicidad. Nos alegra que siga con nosotros, que siga demostrando su carácter, que siga guiando, y, que a pesar de todo, siga al pie del cañón.  

Kenzie y Pili con la estatuilla que le dieron la Asociación de perros guía por su décimo aniversario


Empecé a dejar unas pinceladas sobre nuestro próximo viaje, el viaje del año. Nuestras vacaciones se acercaban y ya estaba casi todo listo, así que solamente me quedaba compartirlo con los lectores del blog. Estábamos emocionados, ilusionados y con la incertidumbre de no saber cómo sería ir a un destino desconocido.  Al fin y al cabo, después de meses esperando y viendo cómo todos se iban y venían de sus vacaciones, llegaron nuestras ansiadas vacaciones.  Aunque a veces las esperas se puedan hacer eternas, todo llega. Y tal y como llega se va, así que después de nuestro viaje a Japón, sufrimos las consecuencias del Jet Lag, aunque reconozco que fue mucho peor al llegar al destino que al volver.  

Una vez que volvimos de nuestro viaje, tocaba volver a la realidad y enfrentarnos de nuevo a la rutina diaria. Sin embargo, no podía dejar escapar la oportunidad de plasmar mis primeras impresiones generales sobre nuestro viaje a Japón y Corea.  



Y, a pesar de que este blog no esté centrado en viajes, ya que hablo un poco de todo, ya que todo puede caber en una maleta, y, en este caso la mía, la de Pili, fuimos nominados a los premios Liebster awards, gracias a unos asiduos lectores como son Nunitravelers.  Nos hizo mucha ilusión que pensasen en Lamaletadepili para nominarnos, porque, a pesar de que hablo de todo, sí que es cierto que creé el blog cuando iniciábamos un viaje, Viaje aDublín, y que siempre que realizamos alguna escapada o viaje lo intento narrar en algún post, para que quede en el recuerdo. 

Este año aún no había seguido con la dinámica de seguir publicando Refranes y dichos populares, su significado y origen. Ese tipo de expresiones que utilizamos en el día a día , que están muy presentes en nuestro habla, pero que llevan años utilizándose. Así que, haciendo referencia a la expresión: La curiosidad mató al gato, me puse a descifrar algunas de esas expresiones que contienen la palabra gato. Aunque de esta saga titulada: Refranes y Dichos Populares solamente lleve cuatro entradas, espero poder ir escribiendo más en este 2018, porque aún hay muchas expresiones de las que me gustaría saber de dónde vienen, y a medida que lo descubro poder compartirlo con vosotros.

Después de escribir unos retazos gigantescos y detallados sobre nuestro viaje a Japón y Corea, tocaba centrarse en ir por partes para que fuera lo más detallado posible, ya que un viaje de estas características no lo habíamos realizado hasta el momento. Así que empezamos desde el Vuelo, el vuelo más largo hasta el momento que hemos emprendido.  Y siguiendo por las diferentes paradas que hemos ido haciendo durante el viaje. De momento llevamos publicadas las paradas de Tokio y Kioto.  Aún nos quedan unas cuantas paradas que contar sobre nuestro viaje, así que, en 2018 seguiré publicando paso a paso y lugar a lugar cómo fue nuestra aventura por el país nipón y por Seúl, Corea del Sur.    

¡Un brindis por todos los momentos compartidos y por todos los que vendrán!  

¡Por muchos más viajes, más aventuras y más posts!

Y ahora toca darle al PLAY del 2018 y empezar a jugar. 


                 
Señal de Tráfico de Alto




2018




domingo, 24 de diciembre de 2017

Segunda parada: Nuestros 3 días en Kioto

3 días en Kioto


Kioto nos recibió tal y como nos había despedido Tokio, con lluvia. Así que, aunque el hotel estuviera más o menos cerca de la estación, no era plan de mojarnos y menos ir cargados con las maletas y mochilas. Cogimos un taxi, dimos la dirección del Hotel, pero no había manera de que nos entendiera. El conductor no sabía inglés. Le enseñamos el papel de la reserva, en el que estaba escrito el nombre del alojamiento. Se quedó igual, no es que no supiera leer, pero no entendía los caracteres occidentales, como ya nos había avisado que podía ocurrir, fuimos previsores y llevábamos una copia de la reserva en japonés. Se lo enseñamos y su cara se iluminó con una sonrisa, asintiendo, como diciendo que eso era ya otra cosa. En pocos minutos llegamos al hotel River East Nanajo.  

Nada más llegar nos dio muy buena impresión, porque, a pesar de que no era la hora de entrada, nos dejaron realizar el check in y nuestra habitación ya estaba lista para nosotros. Además la recepcionista fue muy amable y hablaba un inglés perfecto, la cual cosa nos alivió. La habitación era mucho más que una habitación, era como un apartamento: con nevera, cocina, baño, lavabo, comedor, armario y cama. Estábamos sorprendidísimos. Pero, había una norma, dejar el calzado en un rellano que había antes de pisar la súper habitación. Para ello nos habían dejado varias zapatillas a nuestra disposición. Todo un detalle.  
Después de ver la sorpresa que nos había deparado nuestro alojamiento en Kioto, dejamos las cosas y nos fuimos en búsqueda de un sitio para comer y visitar el Santuario Fushimi Inari.  

Aparte de la buena ubicación de la guest house, sus instalaciones y su buen trato,  esa misma noche nos dimos cuenta que en la entrada había un cartel dando la bienvenida a los huéspedes que entraban ese día. Y ahí estaba el nombre de Carlos en la entrada, dándole la bienvenida. 

Cartel Bienvenida en el hotel  con nombre de Carlos




Ya no llovía, por tanto fue un descanso meteorológico y una calma a la hora de hacer turismo sin necesidad de ir con chubasquero, ni paraguas, aunque lo llevábamos por si acaso. El restaurante lo encontramos de camino, estaba más o menos cerca del hotel, y nos gustaron los platos que tenían en el escaparate. En muchos casos, los restaurantes dejan el menú del día en el escaparate, al contrario que aquí que nos encontramos con la típica pizarra con los platos del día, allí son platos de cerámica recreados a la perfección de como son, y así aunque no sepas qué es con el nombre, sabes qué contiene y te puedes hacer una idea de lo que contiene el plato. Al entrar vimos que en las mesas había ceniceros, una vez más se podía fumar en el restaurante. El menú era indescifrable para nosotros y la dueña, muy amable, pero sin saber inglés no
Menú indescifrable en japonés
nos podía ayudar. Así que tuvimos que salir afuera, para saber qué queríamos pedir. Decidimos, Carlos su ansiado ramen y yo un arroz con curry. El menú estaba muy bien de precio y muy rico. 

Con la barriga llena fuimos a conocer el Santuario Fushimi Inari estaba muy cerca. Todo estaba cerca del alojamiento, porque el restaurante estaba en línea recta a dos calles, y a tres calles más todo recto, encontramos un gran torii que nos daba la bienvenida al reciento. Había varios templos, y a medida que íbamos subiendo escaleras veíamos más y más gente que como nosotros quería conocer el escenario donde se rodó Memorias de una Geisha. Este santuario es muy famoso por la cantidad de toriis rojos que van haciendo un camino.  
Pili tras torii rojo

Todo el camino está flanqueado por miles de toriis rojos que te acompañan durante toda la ruta, además de escaleras. Se podría decir que no es muy accesible por la cantidad de escalones que hay que ir subiendo sin barandilla, pero gracias a la mochila de Carlos y a los toriis no tuve mayor problema. Son más de 4 km que van rodeando y subiendo el monte Inari, así que es muy cansado. Reconocemos que no subimos toda la colina entera, porque cuando parecía que llegábamos a la meta, había más y
más escaleras para ascender, así que, después de un buen rato subiendo, nos paramos, descansamos y decidimos descender. A todo esto, nosotros íbamos disfrutando del lugar, haciéndonos fotos en cada rincón, haciendo fotos a otros
Escaleras y más escaleras
turistas que nos pedían que hiciéramos de fotógrafos,
Pili tocando relieve de letras japonesas - Kanji-
sentándonos en bancos para disfrutar del ambiente, tocando los toriis, sus inscripciones y rodeándolos. Pensando en la cantidad de años, incluso siglos que llevaban allí. Fue cansado, pero muy placentero visitar un santuario de estas características, y además gratis. A la hora de descender, fuimos viendo santuarios, en el que había papeles en murales, en los que la gente dejaba sus deseos. En otros ya eran más elaborados y los mensajes estaban colgados con maderas. Había estatuas de zorros, ya que se representaba de esta manera al mensajero del Dios Inari. Además de ver algún que otro buda. A pesar de ser un lugar muy concurrido, y en algunos tramos encontrar masificaciones, en otros rincones éramos los únicos del lugar. Nos encantó por la calma, por lo mágico del lugar y por estar en uno de los santuarios más antiguos y populares de Kioto. Era maravilloso descender y sentir la calma en un monte, un lugar bucólico y simbólico, a la vez que notábamos el sol rojizo del atardecer.

Este santuario es un imperdible si viajas a Kioto, por su belleza, por lo que te hace sentir, por su magia, por su historia, porque es gratis y está abierto las 24 horas del día.    

Carlos rodeado de torii rojos


Por la noche, como no encontrábamos nada cerca del hotel para cenar, aunque
Pili por la noche en Kioto
seguramente sí que habría. Fuimos a Pontocho, para ir allí fuimos  al metro. El metro de Kioto, poco tiene que ver con el de Tokio, nada lleno de gente y mucho menos intuitivo, porque las líneas no se conectan tan fácilmente, además costaba un poco orientarse, además de las pocas líneas que hay. Al final con un mapa del metro y con paciencia nos aclaramos y llegamos a lo que sería el centro de Kioto, Pontocho, o uno de los barrios de Geishas junto el de Gion. No vimos ninguna Geisha, estarían escondidas o no supimos verlas. Pero, sí que nos sirvió para ver tiendas, comprar algún souvernir, ver muchos turistas, ver restaurantes y muchas luces. Nos sirvió para cenar, a pesar de que parecía más un restaurante chino que japonés, pero nos sirvió para saciar nuestro hambre. Costó bastante pedir un tenedor, pero al final a Carlos se le ocurrió enseñarle una imagen con el móvil, y me trajo uno. Pedimos un poco de todo, fideos y cosas para picar. Una vez más se podía fumar, pero por muy fumadores que seamos no lo entendemos. Al lado había unos japoneses trajeados que comían y fumaban a la vez, esa combinación se nos hacía rara, pero ellos sabrían. 
Después de pasear un poquito más por el barrio sin conseguir el objetivo de ver a ninguna Geisha, ni a ninguna Maiko volvimos a la estación de metro, para ir a nuestro alojamiento a descansar. Para ser el primer día y no haber llegado a primera hora del día, no había estado nada mal. Fushimi Inari nos había más que eclipsado. 

Carlos y Pili con torii rojos en Fushimi Inari



Día 2 en Kioto: Kiyomizu Dera y Pabellón Dorado

La lluvia volvió a despertarnos el día que más actividad teníamos programada, sin embargo, a pesar del frío, la humedad y la lluvia, no nos detuvo y con paraguas y chubasquero nos lanzamos a la aventura. Teníamos que visitar el Templo Kiyomizu Dera. En el alojamiento no entraba el desayuno, así que lo primero que hicimos fue desayunar en una tienda de conveniencia, una de esas tiendas que están abiertas durante casi todo el día y tienen un poquito de todo. Tenían máquina de café y pastas para comprar. Así que, compramos algo para estar con el estómago lleno y el café. Desde allí nos fuimos caminando al templo, a pesar de la lluvia, abrimos nuestro paraguas y nos pusimos en marcha.
Antes de llegar pasamos por unas tiendecitas callejeras, que eran el preámbulo a lo gran puerta del templo. Nos hubiéramos parado a ver qué había en cada tienda, pero con la lluvia y los paraguas, no era tan agradable, así que Carlos me iba contando lo que con un vistazo rápido veía al pasar, sin detenernos.
Al llegar ya vimos que era muy diferente al Santuario Fushimi Inari que habíamos visitado el día anterior, en este caso teníamos que pagar para entrar al recinto. La entrada cuesta 300 yenes, que no es que sea mucho, pero ya hay que pagar. Había mucha gente, eso no es novedoso en una de las atracciones más turísticas de Kioto, ya que es Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO desde 1994. Sin embargo, cuando llegamos al salón principal, totalmente cubierto de madera, nos dimos cuenta que estaba de obras y eso nos chafó un poquito la estampa. Dentro, al menos nos podíamos refugiar del aguacero, ver gente rezando, sentir el olor a incienso y madera y notar la paz de aquellos que ofrecían sus oraciones. Después de pasar por el salón, salimos afuera donde la lluvia seguía acechando y, según decía Carlos las vistas del monte eran impresionantes. Kiyomizu significa literalmente: agua pura, agua limpia, de ahí que las cascadas que hay en el recinto lleven el nombre de Kiyomizu. 
Carlos con el paraguas sintiendo el agua pura de Kiyomizu

 No obstante, sí que escuché alguna, sí que pasamos por ahí, Carlos vio alguna, pero con el agua que ya nos caía por encima, no era tan agradable el paseo. Dimos una vuelta más, ya que habíamos entrado dentro y merecía la pena, pero si el día, como era nuestro caso, no acompaña no es tan agradable el paseo. Por mucho que lleves paraguas y chubasquero, los pies y los pantalones se te van empapando y hace que la visita no sea tan mágica como lo debe ser en un día soleado. Así que, después de ver un poquito más los alrededores, decidimos abortar e irnos. Estábamos tan helados que queríamos un café calentito. Encontramos una cafetería que tenía muy buena pinta, y sí, realmente el café lo hacían de primera. Eso sí, el  precio también lo fue, pero es que nos dimos cuenta que estábamos en una de esas cafeterías con historia, ya que nos dieron un librito en inglés, en el que explicaba cuándo se había inaugurado. De hecho cuando Carlos fue a pagar le enseñaron la máquina registradora, que estaba ahí y funcionaba, desde que la  habían inaugurado, de aquellas antiguas, de principios del Siglo XX. 

Más tarde, algo más templados con el café, nos armamos de valor y pensamos que la lluvia no nos iba a arruinar nuestros planes. Fuimos en búsqueda de un autobús que nos llevase hasta el Pabellón Dorado o Kinkakuji. El autobús que mejor nos iba era el 205, aunque sabíamos que teníamos un buen rato, casi 45 minutos. Al menos en el autobús no nos mojábamos. Intentamos mirar a ver si había posibilidad de ir en metro, pero nos dimos cuenta que era mucho mejor el autobús. En Kioto, a pesar de que sí que hay metro, no es tan utilizado como el bus. Al llegar, antes de ir al Pabellón, buscamos algo para comer. Un restaurante, cafetería, algo pequeño, nos sirvió para pedir un ramen y calentarnos. De ahí fuimos al Pabellón que también había que pagar 400 yenes. Pagamos y entramos, solamente entrar ya había mucha gente haciendo fotos, incluidos nosotros, ya que de lejos se veía el Pabellón dorado. Seguimos caminando hasta estar más cerca, a mí me hubiera gustado tocarlo, pero no se podía tocar, ni siquiera entrar, pero si pasear por los alrededores. A mí me pareció ver algo, pero estaba algo lejos, ya que el edificio de tres plantas está separado del camino por un estanque. Debe ser una estampa muy bonita, con el
agua que se refleja en el edificio. 
Pabellón dorado y el estanqueSin embargo, el día no acompañaba, y sin Sol ese edificio pierde mucho, porque está recubierto de pan de oro, y con un día iluminado debe brillar mucho, pero no era el caso. Cuando no es un día despejado, la estampa no es la misma, porque pierde mucho. El brillo del edificio quedó empañado por la lluvia. Nos quedamos un buen rato haciéndonos fotos delante del Pabellón, aunque como digo, me hubiera gustado tocarlo, pensé que se podría visitar por dentro, pero no fue el caso. Visitamos los alrededores, paseando por el camino de gravilla que había, pasando por pequeños puentes de madera y haciendo como que la lluvia no nos afectaba, pero nos iba calando. Así que, se puede decir que fue una visita breve. De ahí volvimos al autobús, porque teníamos un buen trecho hasta el hotel.
Ese día estábamos tan cansados y aplacados por la meteorología que cenamos en el alojamiento. De camino a casa compramos unas sopas instantáneas, y algo más y nos lo comimos en la mesa que teníamos en la habitación. Teníamos que aprovechar que el alojamiento contaba con microondas y con una buena mesa con sillas para comer.

Día 3 en Kioto: Arashiyama 

No podíamos creerlo, nos despertamos y seguía lloviendo a cántaros. Incluso por la noche me había despertado en algún momento el sonido del agua, no paraba de llover, parecía que no iba a parar nunca. Ese día teníamos programado ir a Arashiyama. Tuvimos que ir en autobús, un gran recorrido, dentro vimos que había más turistas como nosotros, así que nos imaginamos que era el correcto.

La primera parada fue ir a visitar el Parque de monos, Itawayama.  Desde la parada del autobús tuvimos que caminar un poquito, pero nada que seguir a los turistas y fiarnos de Google Maps no pudiera solucionar. Al llegar a la entrada tuvimos que pagar para entrar. Pagamos a gusto, ya que a Carlos le hacía mucha ilusión ver a los monos en libertad, así que 400 yenes no era nada comparado con su ilusión. Entramos con paraguas y chubasquero, ya que la lluvia no cesaba, a pesar de que los inmensos árboles del parque aplacaban un poco el goteo. Sin embargo, nos dimos cuenta de que no era un camino fácil, ya que estaba repleto de escaleras, con barandilla, pero al fin y al cabo no eran 20 escalones, eran mucho más y el cansancio de los días anteriores se iba notando. Era muy bonito pasear por el bosque, pero con la climatología en nuestra contra, mis dificultades para subir las escaleras y las agujetas de los días anteriores, se hacía un poco pesado. Intentamos disfrutar del camino, pero parecía que todo se pusiera en nuestra contra. Finalmente después de más de 20 minutos, o al menos a mí me pareció eterno el recorrido, llegamos a la colina, donde había una casa de madera. Nuestras caras cambiaron al ver lo que
Mono en libertad a cuatro patas que parece un perro
yo pensaba que eran perros, ya que andaban a cuatro patas, monos en libertad, paseando al lado nuestro. Había bastantes normas: No darles de comer, no tocarles, no hacer fotografías- aunque todo el mundo, incluidos nosotros, les hacían-. Dentro de la caseta de madera, era como si nosotros estuviéramos dentro de una jaula y viéramos a los monos que estaban fuera, ahí por 1 yen, menos de un euro, podías comprar algo de comida, para darles. Solamente podías darles de comer dentro de la caseta, imagino que lo hacen, para controlar qué comen, y para que no se peleen entre ellos si se lo das fuera. Fue muy gracioso darles de comer, porque con sus garras y con todo el cuidado del mundo, te cogían solamente el cacahuete que le ofrecías. Afuera todo un panorama ver a los monos en libertad, paseando como si tal cosa, sin miedo, a los monos. De hecho, incluso al llegar a la cima, parecía que la lluvia había disminuido. Estuvimos un rato en ese entorno, sintiéndonos un mono más, incluso nos hicimos alguna foto en un cartel de esos que están dibujados y dejan un hueco, para que pongas tu cabeza, ahí le hice una foto a mi mono favorito, Carlos. 

Carlos haciendo el mono con un cartel en el que aparece su cara y  justo  hay un mono que pasa por ahí

Después de hacer miles de fotos, del paisaje, de los monos, de nosotros y de todo lo que vimos, empezamos a descender. A mí me cuesta mucho más bajar que subir, ya sé que puede parecer contradictorio, ya que subir siempre cansa mucho más, pero si no ves, tienes que ir con mucho más cuidadito a la hora de bajar, y si el suelo está resbaladizo, ya ni te cuento.

Afortunadamente llegamos a la entrada, para salir del parque de monos. Como siempre digo, cuanto más cuesta algo, mayor es el saboreo de la victoria, y esa excursión que tanto me había costado subir y descender, había merecido mucho la pena, porque no solamente disfrutó Carlos, sino que los dos disfrutamos como monos viéndoles. De ahí nos fuimos a comer, casi que fuimos al primer lugar que encontramos, porque se puso, una vez más, a llover con gran fuerza. El restaurante elegido, a pesar de ser la primera elección, fue más que acertado. Un menú en el que incluían un poquito de todo, sopa, pollo, té, agua, arroz. La sopa, yakisoba, nos entró de maravilla. Todo lo demás también, pero imaginaros después de un día pasado por agua lo que más no apetecía era algo calentito. Al lado nuestro había una pareja de españoles, y ya se sabe, el idioma nos unió. Nos contaron que estaban haciendo una ruta por Japón, ya que estaban de Luna de Miel. Nos hizo gracia encontrarnos a otros españoles en un lugar tan recóndito.

Después de comer y armarnos de valor, me volví a vestir con mi chubasquero, ya que seguía lloviendo. Mi chubasquero, si está plegado no ocupa, ni pesa nada, ya que es ideal para viajar. Sin embargo, estéticamente no es que quede muy bien, como veréis en las fotografías, parezco un preservativo andante,  ya que es de plástico transparente, con su gorro y muy ancho, al estilo poncho, pero con mangas. De todas maneras, apliqué el dicho de: “Ande yo caliente, ríase la gente” porque aunque no me quedase muy bien, no me iba mojando del todo, y al ser tan ancho, como una capa, me servía para proteger un poco la mochila. El paraguas, por muy grande que fuera, nunca cubre del todo, así que fue una buena idea llevar el chubasquero. 

De ahí, protegidos, para lo que ya era una tormenta, nos fuimos al Bosque de
Carlos con el paraguas en el bosque de bambú
Bambú. Estaba cerca del restaurante, así que en pocos minutos ya estábamos rodeados de bambú, cañas muy altas, que pude tocar y que flanqueaban nuestro camino. El bosque por la altura de árboles, y, sobre todo, del bambú, era algo sombrío, pero en algunos tramos eran aliados nuestros y nos resguardaban del aguacero. Lo visitamos algo rápido,  ya que si el tiempo nos hubiera acompañado, quizás nos podríamos haber recreado un poco más en el recorrido. 
Pili tocando caña de Bambú

Google Maps nos indició que podíamos volver a nuestro alojamiento yendo en tren, así que hicimos caso a la aplicación de Google. Además con el Japan Rail Pass no teníamos que pagar el trayecto. Nos dimos cuenta que en el tren había algunos niños, todos con sus uniformes y otros japoneses ya medio dormidos. En poco rato ya estábamos en la estación de Kioto. Pasamos un puente y vimos como si fuera un faro la torre de Kioto iluminada. Fuimos al hotel, para hacer una pausa en el camino y cambiarnos de ropa, ya que los pantalones estaban empapados. Después salimos para ir al centro y ver tiendas, necesitaba fuera como fuese un abrigo que me protegiese un poquito más de la climatología del lugar. En el centro comercial escuchamos a más españoles, ya que se nos nota cuando estamos. Creo que todos estábamos en esa tienda de topa con el mismo objetivo, buscar un anorak que nos salvaguardase del mal tiempo. Encontré un abrigo que no era una ganga, pero que me encantó y que serviría como recuerdo, para el viaje y para todo el año. No dejaría de llevar el chubasquero, o un poquito más sí, pero también iría más abrigada, ya que quise ser tan optimista con el tiempo que no me llevé ninguno al viaje, y ya estábamos casi en noviembre.

Con mi abrigo nuevo que estrené al momento. Fuimos a cenar, ya que para mi alegría volvimos a encontrar un Coco en Kioto.   

Plato de Curry en Restaurante Coco


Así que rematamos la última noche en Kioto con curry y encima cerquita de nuestra Guest House. Nos daba mucha pena dejar Kioto, porque nos había encantado, aunque la climatología se hubiera confabulado en arruinarnos los días. Sin embargo, a pesar de la mala suerte con el tiempo, nos quedamos con un buen sabor de Kioto. La gente resultó ser mucho más amable que en Tokio, y con esto no quiero decir que en Tokio no lo fuesen, pero hay que pensar que Kioto es más pequeño, es más tradicional y puede hasta resultar como un pequeño pueblo, aunque no lo sea. Las casas, los templos, los santuarios te transportaban a un Japón más antiguo, en el que la tradición está muy presente. Nos faltaron muchos rincones que visitar como el Pabellón de Plata o Ginkakuji, entre otros muchos lugares, pero siempre hay que dejar algo para volver. No lo hicimos con la intención de volver, pero, como digo el tiempo no acompañaba, y, a pesar de que en tres días se pueden visitar muchos más sitios de los que visitamos, tampoco nos gusta ir con prisas, sino saboreando cada rincón.


Al día siguiente teníamos que abandonar el River East Nanajo, antes de salir, nos despedimos de la simpática recepcionista. Ella se disculpó, como si fuera culpa suya, del mal tiempo, incluso dijo que no era habitual en esa época del año, pero que se estaba acercando un tifón. Me quedé alucinada con la palabra tifón, quise no haberlo entendido bien. Salimos con nuestras maletas, mochilas y paraguas a esperar un taxi. Ahora tocaba ir a la estación de tren, utilizar el JRP y aparecer en Osaka. La aventura continuaba.     

De momento os dejamos con el vídeo recopilación de Kioto que hemos preparado. Esperamos que os guste.