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jueves, 8 de junio de 2017

Relato: El secuestro de los sentimientos

EL SECUESTRO DE LOS SENTIMIENTOS

No me puedo levantar de la cama, porque cada paso que intento dar es un paso en falso y me caigo. Me siento inútil, me siento que no valgo para ir ni al lavabo, pero ¿a qué lavabo podría ir? Si estoy secuestrada en esta habitación que tiene lavabo, pero como si no lo tuviera, ya que está cerrado con llave. Cada vez que quiero ir tiene que venir alguien a por mí, tengo a una guardiana vigilando todo lo que hago, y cuando digo todo es todo. No me siento libre para hacer lo que se me antoje. Tengo visitas restringidas. No puedo ver a mis padres, ni a mi hermano, ni a mi novio, si es que aún lo tengo. No puedo ver a nadie de los que formaban parte de mi entrono y no he cometido ningún asesinato. No he cometido ningún crimen, solamente ser quien soy, querer estar bien y cuidarme y ellos lo han visto como una amenaza, como dicen ellos: “una amenaza para ti misma, lo hacemos por tu bien”. Estoy de la maldita frase de lo hacemos por tu bien hasta las narices, cada uno podría mirar un poco más por ellos mismos y todo iría mejor, yo no me meto en la vida de los demás, porque suficiente tengo en ocuparme de mí misma.  Eso también me lo achacaban diciendo que me había vuelto muy egoísta, que solamente pensaba en mí, que no me importaba nada, ni nadie. Daniel me llegó a decir que ya no quería pasar tiempo con él, que solamente tenía tiempo para mí, que s i quería estar siempre sola era porque ya no le quería y tonterías de ese tipo. Parecía que él hubiera adquirido el papel de la novia que quiere más mimos y yo el chico que quiere pasar el tiempo viendo el futbol y estando con los amigos. Pero, yo ni estaba con amigas, ya que parecían que pensasen en otras cosas inútiles, ni estaba viendo el futbol, como mucho haciendo deporte, pero, ¿eso qué tiene de malo? Además, ¿no veía que si me cuidaba el cuerpo después estaría más guapa? ¿prefería estar con una vaca como yo? Pues, resulta que una vez esos pensamientos los dije en voz alta, y me dijo que prefería estar con una vaca, que solamente estaba en mi cabeza, porque era la persona de la que se había enamorado, que me veía en los huesos y le daba mucha angustia abrazarme. A ver si ahora quien no estaba enamorado era él.
Aquí tengo mucho tiempo para pensar, demasiado, y el hecho de pensar no es bueno, porque recuerdas cosas que, aunque no hayas matado te hacen sentir que lo has hecho. Como el día que entró mi madre en la habitación para decirme que ya estaba la comida y tuvimos una trifulca de las gordas, allí terminó llorando hasta el apuntador, porque mi hermano Sergio, de siete años, sin motivo aparente, al ver los nervios que reinaban en casa también se puso a llorar, y ¿quién era la culpable? Yo, y ¿por qué? Solamente porque les dije que no quería comer, no tenía hambre, tampoco es un drama. En otros países solamente comen una vez al día, y, aquí hay que hacer tres obligatorias y si no lo haces ya te miran como si tuvieras un grave problema y es por eso que estoy aquí secuestrada. Se piensan que porque aquí me controlen: qué hago en el lavabo, qué hago en el comedor, me calculen lo que como y esté atada a esta cama, me van a tener controlada, pero lo único que van a conseguir es alejarme más y más.
Hace más de un mes que no mantengo ningún tipo de contacto con el exterior, ni he podido hablar por teléfono, ni mandar un whatsap, ni nada de nada. El psicólogo dice que hasta que no demuestre un cambio de actitud seguirá siendo así, será mi recompensa. Pero, quizás lo que no entienden es que yo no quiero ver a nadie. Son ellos los culpables de este secuestro y todo porque soy menor de edad, si fuera mayor de edad y viviera sola, nadie se hubiera dado cuenta. Aunque no lo entiendo, porque en el comedor también hay gente de otras edades, incluso de cuarenta que están aquí. No lo entiendo. La mayoría de las que estamos aquí somos mujeres, pero casi todas queremos hablar con nosotras y no entablamos mucha conversación. El otro día se sentó a mi lado una chica que no paraba de hablar, no sé cómo tenía tantas ganas, parecía que llevase años sin abrir la boca, yo creo que era un juego, su estrategia era hablar y hablar, para que así se pasase la hora de comer y no le diera tiempo a terminarse el plato, pero debía llevar poco aquí, porque lo que no sabía es que no hay un cronómetro para comer, sino que hasta que no te terminas toda esa cantidad que te ponen no te dejan ni levantarte, por mucho que te estés meando, durante la hora de la comida, no dejan que nadie se levante, aunque te encuentres mal y estés a punto de vomitar, el otro día una chica arrojó todo encima del plato. No sé si fue una estratagema para no comerse lo que había en su plato, o es cierto que le dio mucho asco, pero le trajeron otro, así que eso tampoco sirve de nada. Es cierto, que desde ese día no la he vuelto a ver por el comedor, según dice la vecina de la habitación de al lado, ahora la tienen sin salir del cuarto y le llevan allí la comida.
He podido levantarme sin marearme y empiezo a contar los pasos, es lo que tiene el aburrimiento. En esta habitación que es toda blanca, insulsa y no hay nada qué hacer, me aburro mucho. No hay espejo, ni básculas, ni ordenador, ni libros….esto es un secuestro.   
Me da por pensar que este secuestro me está arruinando la vida por completo, me ha lan sesgado sin darse cuenta, por mucho que me sigan diciendo que es por mi bien, no se dan cuenta que es un año definitivo, un año en el que mi carrera está en juego. El año de la selectividad, el año que mejor notas estaba sacando, porque, al contrario de lo que pensase Daniel, lo que hacía era estudiar duro, para poder sacar una buena nota en selectividad y dedicarme a la medicina. Pero ahora todos los sueños se han hecho añicos, los intento recoger y vislumbrar algo de positivismo, pero no lo veo por ninguna parte. Se me hace un nudo en la garganta y me aprieta tanto que la amargura me sale por todas partes, nariz y ojos, y no tengo ni un miserable pañuelo. La rabie se apodera de mí y grito: “¿Qué os pensáis que me voy a comer los pañuelos?” ¿por qué no hay ni un rollo de papel higiénico?” 
Enseguida mis gritos despiertan a las compañeras y se forma un revuelo en mi habitación digno de espectáculo televisivo, hasta que las enfermeras vienen con un doctor y no recuerdo nada más. Al día siguiente con el psicólogo me pide una explicación, esta cabreado, pero yo también lo estoy, si se piensan que estoy enferma, voy a acabar enferma de verdad, voy a enloquecer.  Él sigue mirándome muy serio.
-        Ana, tienes 17 años, pesas 32kg estás enferma.- me lo dice serio, preocupado y con mucha rotundidad, pero me lo diga cómo me lo diga, sé que no es verdad. Al no contestarle, no quiero hablar, él prosigue.- Sé que no me contestas, porque piensas que no lo estás, pero y si no lo estás, ¿desde cuándo hace que no te viene la menstruación? ¿por qué te has qué se te cae tanto el pelo? ¿por qué no te aguantas casi en pie? ¿por qué..
-        ¡Basta! ¡Basta! ¡Basta!- y otra vez el maldito nudo que me ahoga la garganta y hace que mi rabia y mi impotencia se expresen…
La sesión concluye con un sabor amargo y salado, yo creo que más que bien me hace mal ir ahí, porque me siento peor cada vez que voy, pero no es algo optativo, así que esto debe formar parte del secuestro y debe ser parte de la tortura. Me ha mandado deberes y parte de esos deberes es escribir y desahogarme. Me ha dado una libreta, otra nueva, para que cuente porqué creo que estoy enferma. No les entra en la cabeza que yo no creo, ni estoy enferma, es cosa de los demás, pero ellos siguen pensando algo que yo también debo creer. Se me ocurre que como a los locos les debería seguir la corriente y así quizás me dejan salir de esta cárcel. Mentir desde hace unos meses se convirtió en un arte, incluso utilizaba una libreta para apuntarme algunas, ya que no quería que me pillasen infraganti y tuve que aprender a recordar, ahora podría hacer lo mismo escribir la historia de arrepentimiento nunca jamás escrita y ser la niña que quiere volver a ser la que era. No es ser mala, simplemente es hacerles creer lo que ellos quieren oir, cuando alguien oye lo que quiere, ya te dejan en paz.  Esta noche comenzará el plan.  
Pero, Sandra, la chica de la habitación de al lado, con quien más confianza, entre comillas, tenía,  llamó a la puerta, le dejé pasar  algo extrañada, porque aunque fuese con quien más  hablase e incluso a la que más cosas sobre mi vida le había contado, pero tanto como para pasar por la noche de habitación en habitación, pues no. Estaba llorando así que le invité a pasar, si quería hablar, pues tampoco tenía nada mejor que hacer, así que le escucharía. Cuando pude entender algo, entendí que su mejor amiga en el centro, Ariadna, la chica que era muy charlatana y llevaba poco había desaparecido. No entendía nada, ojalá hubiera prestado más atención a aquella chica y me hubiera contado cómo salir de esa pesadilla. Y, al final, lo entendí todo, entendí que solamente había dos formas de salir de ese maldito secuestro por las buenas o por las  malas y ella había decidido hacerlo por las malas, no había resistido más esa tortura y no llevaba ni un mes. No sé si la edad, aunque solamente era dos años menor que yo o simplemente la impotencia de estar encerrada y no poder hacer lo que más ansiaba que era comer y comer había podido con ella, pero Sandra entre lagrimas me dijo que no quería que acabásemos como ella. Ariadna había querido terminar con todo aquello poniendo punto y final al espejismo que vemos todas, no aguantó más. Después de un rato de charla con Sandra me quedé sola en la cama, con la luz apagada y solamente arropada por un nórdico y mis pensamientos. No pegué ojo en toda la noche, reflexionaba sobre lo ocurrido la visita inesperada de Sandra, su estado y sobre todo el shock de que alguien prefiera abandonar esta vida, porque le han querido encerrar aquí por el famoso por su bien. De repente, pensé que yo no podía acabar como ella, tenía que salir de ahí por la puerta grande, porque yo no había hecho nada, no quería acabar con mi vida, porque tenía muchas cosas por delante. Sergio mi hermano siempre decía que cuando fuera mayor tenía que ser doctora que él me veía operando y yo sonreía, pero ¿y ahora dónde estaba esa sonrisa? ¿dónde estaban esos sueños? ¿Dónde estaba Sergio? Me dí cuenta que en todo ese tiempo no había reservado ningún hueco para pensar en mi hermano, mi pequeñajo, el que siempre me sabía dibujar sonriente en sus dibujos y en la vida real. Puede que por ello, por no pensar en él no hubiera sabido sonreír, pensé que no tenía motivos para hacerlo, pero tenía una familia, gente que me quería, les habría defraudado, pero lo difícil no es caerse es levantarse. 

Y sí, empecé a rellenar la libreta del psicólogo, pero no con la estratagema que pensé que sacaría de ahí, sino con los sentimientos que parecían haberse desvanecido con mis kilos, pero que aún estaban ahí. Quería salir, era la primera vez que quería salir del centro hospitalario, para estar como una profesional y no como una paciente más, quería estar en mi casa con los míos, quería seguir viviendo. Es muy fuerte que, a veces, hasta que no sucede algo lo suficientemente grave, aunque no sea a ti, pero a alguien que conoces, no sepamos tomarnos la vida en serio. A pesar de que me pareció algo cobarde la reacción de Ariadna, solamente ella y su situación sabe porque lo hizo, pero a partir de ese momento despertó en mí sentimientos olvidados y un cambio de actitud que ni recordaba tener. 

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