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jueves, 22 de junio de 2017

Un día japonés en Barcelona

UN DÍA DE MATSURI CON WASABI EN BARCELONA

Al llegar el buen tiempo muchos habréis escuchado  que Japón se llena de celebraciones, ya que tienen el Matsuri: Festivales tradicionales, en los que danza, gastronomía y cultura se dan la mano. Imaginaros que una cultura tan lejana y en forma de festival llega a vuestra ciudad, ¿Sí? ¿Os lo imagináis? Pues, no hace falta forzar mucho la imaginación, ya que por fortuna, gracias a una Asociación cultural japonesa acerca la cultura nipona a Barcelona.

Barcelona durante un fin de semana se llena de actividades, música, danza, obsequios y gastronomía japonesa. Esta asociación ya lleva más de cinco ediciones celebrándolo. Este año 2017 no queríamos perder la oportunidad de visitar este festival por nosotros mismos y disfrutar del V Festival Matsuri en Barcelona.

No sabíamos lo que nos íbamos a encontrar, no sabíamos cómo sería, qué harían. A pesar de que leas el programa de actividades, de escuchar comentarios, de saber que habrá carpas y espectáculo, hasta que no llegas no sabes qué es. Cuando llegamos al Moll de la Fusta nos dimos cuenta que ese sábado 10 de junio, a pesar de no estar en verano era como si lo fuera, y Kenzie no estaba por la labor, con toda la razón del mundo en que nos parasemos a cada momento  a contemplar como tontos las tiendecitas que habían colocado, ni mucho menos a que nos parásemos a escuchar la música tradicional. No es que no le gustase el ambiente japonés, ni le molestase la música, ni tampoco las personas que paseaban envolviéndose del ambiente nipón, sino que con altas temperaturas Kenzie deja de ser un perro guía, para ser un perro jadeante, y si a eso le sumas que el suelo quemaba como el mismísimo infierno, ella solamente estaba pendiente en hacer un baile, para no quemarse las almohadillas, y buscaba con ansiedad una sombra.

Finalmente, después de dar un paseo rápido con el fin de que Kenzie aguantase lo mejor posible, buscamos un lugar donde sentarnos, por supuesto ella eligió sombra. Allí Kenzie y yo esperábamos a que Carlos viniera con exquisitos manjares del lejano oriente, mientras ella y yo nos intentábamos relajar y sofocar esos calores con un abanico que nos habían regalado.    

Matsuri: japonesa riendo
Programa de actividades



Probamos algunas cosas, pero, sinceramente, con un calor tan agobiante no apetece comer nada, pero me gustaron algunos sabores que jugaban con los contrastes. No duramos mucho, porque ni nuestro cuerpo, ni el de nuestra peluda estaba para nada más. Así que nos fuimos para casa, para retomar fuerzas y sobre todo para refrescarnos.

Con las pilas cargadas y sin rendirnos en nuestra aventura de adentrarnos en Japón estando en Barcelona, volvimos por la tarde noche a la andadas, volviendo al lugar donde se celebraba todo el festival cultural: Moll de la Fusta de Barcelona. En esta ocasión dejamos a Kenzie a buen recaudo, bien cuidada por los pajaritos, en casa descansando y con la tele. Nosotros nos fuimos a descubrir qué era eso del Matsuri, cuando nos íbamos acercando ya se escuchaba la música de fondo, una música que jamás hubieras pensado escuchar, japonesa, tradicional, alegre y divertida. A todo eso hay que sumarle toda la cantidad de gente que como nosotros se había animado a acercarse al festival, casi era imposible moverse, pero sin llegar al agobio. Pudimos pararnos tiendecita por tiendecita, viendo lo que vendían: kimonos, abanicos, figuritas, monederos, llaveros. Esas paraditas era de tiendas ubicadas en diferentes puestos de Barcelona, habían salido para mostrar sus obsequios, ya que están centrados en la cultura japonesa. 

Llegamos al escenario, donde pudimos escuchar en directos algunas canciones tradicionales, cantadas por japoneses. Al lado del escenario, japoneses, y gente afín bailaba un especie de coreografía, no sé si serían de alguna escuela, pero lo que no cabía duda era de lo bien que se lo estaban pasando, y cuando la gente se lo pasa bien es contagioso y da muy buen rollo.

Paseamos por las mismas mesas que habíamos estado al mediodía con Kenzie, y seguían estando a tope. Sin ningún sitio para sentarse, tampoco pretendíamos hacerlo, así que nos dedicamos a ver todas las paraditas de comida que había, fijándonos a qué se dedicaban cada una de ellas. Una estaba especializada en helados, otra en té, otra en tallarines, otra en sushi, otra en ramen, y así sucesivamente hasta ver todas. Nos entró ganas de algo dulce, Carlos de un helado ya que estaba sediento y a mí de un mochi, ya que lo he descubierto hace poco gracias a una compañera de trabajo.

Después de hacer algo de cola en una de las paradas que vendían lo que ambos queríamos, nos dimos cuenta que habíamos estado perdiendo el tiempo, porque se necesitaba primero hacer cola en otro sitio para conseguir un ticket y poder después hacer la cola para pedir. Nos desanimamos después de ese funesto descubrimiento, pero con ganas de comer algo japonés.

La noche era calurosa, pero apetecible para pasear por el centro de Barcelona. Recorrimos calles y callejuelas hasta llegar a un restaurante japonés: Machiroku muy pequeñito, pero acogedor y con un trato muy agradable, además japonés, japonés, no de esos que hay ahora que son medio chinos y tienen poco de cultura nipona. Después de degustar unos cuantos sushis, sobre todo de los que más me gustan a mí, los de salmón y de comer otras cosas que soy incapaz de recordar, llegó el momento del postre y pedí mi ansiado mochi, mi gozo en un pozo, no tenían.

Sin embargo, rematamos el día japonés en Barcelona de la mejor manera, dejándonos llevar por los olores de esa comida tan sabrosa, escuchando música alegre, tocando detalles con forma de totoros, viendo un ambiente mágico y degustando platos provenientes del Sol naciente. Un día redondo, con un toque de wasabi, como a mí me gusta. Esos son los días diferentes en la ciudad, esos que por muy pequeños detalles que haya, hacen grande y diferente un día.  





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