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martes, 11 de julio de 2017

Relato: La tortuga naranja

Relato: La tortuga naranja

El niño había estado toda la semana esperando a que llegase el gran día, ese en el que su padre le había prometido llevarle a la playa: el domingo. El domingo era el día que su padre le había dicho que le llevaría a la playa, un lugar idóneo para echar a volar su cometa. El niño a sus ocho años había construido su primera y única cometa. Ahora solamente le hacía falta comprobar si podía volar, como él quería.
Había estado mucho tiempo construyéndola, le había costado lo suyo, pero lo había logrado. Era una cometa de colores llamativos, en los que había dibujado una tortuga en medio de color naranja. Sabía perfectamente que las tortugas de color naranja no existían, pero era su cometa y podía ser cómo él quisiera, y lo único que quería era que volase lo más alto posible, que su tortuga naranja resaltase entre el cielo azul y bailase con las nubes. Para esa construcción había invertido tiempo y materiales recogidos por casa, como: plásticos, cartones, hilos, etcétera. Tras mucho insistir, cuando tuvo que utilizar pegamento para poner los cartones en el plástico y poner los hilos, le pidió ayuda a su padre. Su padre le ayudó a regañadientes,  pero el niño insistió sin cesar hasta conseguir su objetivo. Al final, el padre, que no era muy manitas y tenía otros quehaceres se puso manos a la obra para complacer a su hijo. No es que no quisiera ayudarle, pero no entendía la manía que le había entrado con una cometa, cuando él pensaba que esas cosas ya no se llevaban, no sabía casi ni cómo era eso de una cometa, ni mucho menos cómo se hacía. Sus compañeros de trabajo cuando hablaban de sus hijos, estaban siempre quejándose de que sus hijos de edades similares a la del suyo, siempre estaban enganchados a los videojuegos, y en cambio su hijo no quería ni hablar de máquinas infernales, como las llamaba él. Pensaba que le había salido un hijo raro, pero en el fondo le gustaba no tener que decirle que retirase los ojos de la pantalla, porque en muy pocas ocasiones lo había visto pegado a la televisión.  Su hijo siempre estaba investigando y rebuscando cosas que inventar, y su último invento era la cometa. Al final, el padre, después de navegar por internet y ver cómo se hacía una cometa le ayudó. Una vez lo lograron le prometió que irían a la playa para hacerla volar y ver que su proyecto se había hecho realidad.  

La noche de antes, el niño se quedó a ver las noticias, le interesaba saber qué tiempo iba a hacer el domingo por la mañana. Estaba muy nervioso y no quería que nada frustrase sus planes. No paraba de reír y estaba muy alterado, como si fuera la noche de Reyes, y su padre de reojo le observaba y sonreía, aunque se dirigía a él con un gesto serio, para mandarle a la cama, amenazándole que si no, las sábanas se adueñarían de él y no habría quién le despertase, pero en el fondo disfrutaba viendo a su hijo tan feliz con el plan de compartir el día juntos. 

Cuando el niño se fue a la cama cantando y riendo, el padre recibió un correo electrónico de Estados Unidos, su manager le anunciaba que el proyecto se había adelantado y tenían que presentarlo el lunes a primera hora. No podía creerlo, un sábado por la noche le anunciaban que tenía que estar listo un proyecto que era para dentro de dos semanas. Volvió a leerlo y vió que había más gente de su departamento en copia. Enseguida, después de varios minutos quedándose embobado ante la pantalla del portátil, sin saber qué hacer, cómo organizarse. Empezó a escribir correos como un loco. Tenían que ponerse las pilas para tenerlo listo el lunes a las nueve, si no perderían la subvención, sabía lo importante de este proyecto.  A las seis de la mañana cuando Morfeo se apoderó de él, cayó encima de la pantalla del ordenador.

Al fin, el soñado día del niño llegó. El domingo que le había prometido el padre ya estaba ahí. Lo primero que hizo el niño cuando se despertó, fue ir corriendo al balcón y ver qué día hacía. Una sonrisa delató su alegría,  y fue a grandes zancadas a la habitación de sus padres. Entró sin llamar y se tiró en la cama, gritando y riendo,  diciéndole a su padre que se arreglase, que hacía un día estupendo, que tenían que ir a la playa, que tenían que estrenar la cometa. 
El  padre estaba dormido y con todo el jaleo de última hora, en lo que menos pensaba era en cometas. Había olvidado por completo la promesa, miró el reloj y se dio cuenta que, aunque llevase tres horas de sueño se tenía que poner en pie, para proseguir a contra reloj, despertando a todo su equipo y dirigiéndose a la oficina para poder terminar a tiempo el proyecto.  El niño al ver que había conseguido que su padre se levantase, aunque no le prestase casi atención, se fue corriendo a la cocina, para preparar el desayuno. Vió que su padre entraba a la cocina vestido con traje como cuando iba a trabajar, y no entendía por qué se vestía así para ir a la playa y empezó a reírse como un loco.
-        Papá, piensas ir así de elegante a la playa? Creo que te vas a ensuciar de arena.
El padre serio se le quedó mirando y se sentó en la silla de al lado, le dijo que ya habría tiempo para echar a volar la cometa, que sin ellos no podría ir muy lejos la tortuga y sonrió.
Esa última sonrisa a su hijo no le hizo nada de gracia. No entendía por qué tendría que esperar y mirando al vaso de leche le dijo flojito, pero con rabia:
-        ¡Mentiroso! ¡Me lo habías prometido!
El padre no tenía mucho tiempo que perder, no sabía qué decir, y el teléfono le salvó. Se fue de casa hablando de negocios: cifras, fechas y entresijos de última hora.

Cuando se levantó la madre y fue a la cocina se encontró a su hijo estático, mirando hacia ninguna parte, ausente, mientras sus saladas gotas se juntaban con el vaso con cola-cao que tenía delante. La madre se fue a sentar al lado de su hijo, pero él al ver que era el mismo gesto que unos minutos antes había hecho su padre, se levantó arrastrando la silla y se encerró en su habitación.
La madre pensó que empezaba pronto la adolescencia, que qué complicado lo tendrían en unos años. Llamó a su marido, pero éste no le respondía, quería saber si aunque fuera más tarde podrían ir a la playa, porque el niño estaba hecho polvo, con una rabieta considerable. La madre estaba en una encrucijada, pero optó por coger las riendas. Llamó a la puerta de su hijo, pero éste dio por respuesta la callada, así que entró y se lo encontró dentro de la cama, sollozando como un cervatillo herido, y era como estaba: herido en su orgullo, herido en promesas frustradas, herido. La madre le acariciaba y éste lloraba con más fuerza, diciéndole que se fuera. Ésta cogió la cometa que estaba en el escritorio y le dijo:
-        Bueno, si te quieres quedar todo el día llorando, tú mismo. La tortuga naranja y yo nos vamos a la playa, si no te quieres venir, tú mismo. – Lo dijo con toda intención, con una sonrisa pícara que su hijo escondido no podía ver.
El niño paró de berrear, asomó la cabeza por las sábanas y se le quedó mirando con los ojos como platos: ojos grandes, rojos y brillantes.
-        ¿En serio? Pero… ¿vamos a ir sin papá?  
Al ver que el niño estaba más calmado, se sentó de nuevo en la cama y le dijo que a su padre le habían salido temas importantes de trabajo que tenía que terminar hoy sí o sí.  El niño le rebatió que él llevaba meses haciendo esa tortuga y que no era justo que prometiera cosas que después no podía llevar a cabo, porque siempre estaba ocupado.  La madre no rebatió a eso, estaba harta de siempre defender lo indefendible: sabía que su marido debería dedicarle más tiempo a su hijo, en  vez de dedicar tiempo a sacar adelante programas infantiles: haciendo felices a otros niños, más que al suyo.  
La madre que no había formado parte de la construcción de la cometa, que no sabía cómo iba ni nada, optó por coger las llaves del coche e ir a la playa, su hijo debía saber cómo iba. Conducía seria, porque el día no era como lo había planeado, pero nada sale como lo planeas. Para no darle más vueltas al asunto, le dijo a su hijo que él tendría que hacerla volar, que él sabría cómo. El niño se le quedó mirando, parpadeó y dijo riéndose: “vale, pero no sé cómo podrá volar una tortuga”. Había recobrado la emoción, la ilusión, los nervios de quien quiere ver volar su primera cometa.

Aparcaron y fueron cerca de la orilla. Era invierno y no había casi nadie, iban abrigados, porque hacía bastante frío, a pesar de los rayos de Sol. El niño sacó la cometa y se fue casi a la orilla. La madre se reía viendo la silueta de su hijo con una tortuga gigantesca más grande que él, al menos que su cabeza, que ni se la veía.  Odió a su marido por perderse ese momento y pensó en hacer una fotografía con el móvil y se la mandó.  Ese momento de su hijo caminando por la arena llevando una cometa que le tapaba la cabeza era para inmortalizarlo.
El niño se sentó al lado de la cometa y empezó a desliar los hilos, una vez terminado, se quedó cabizbajo mirando la arena. La madre le preguntó qué ocurría, pensando que se habrían dejado algo en casa, y el niño le dijo que no sabía qué tenía que hacer. La madre que no se rendía fácilmente le dijo que usase la imaginación y rezó para que en ese momento apareciera un experto en cometas haciendo volar la suya y les explicase cómo podían hacer volar ese plástico, pero aparte de algún que otro pescador y alguien paseando a su perro, no había ningún genio de cometas. 

La madre decidida, como si supiera, cogió la cometa con una mano y con la otra los hilos y se puso a correr, pero la tortuga cayó estrepitosamente en la arena. La madre se mordió el labio inferior, deseando que no se hubiera roto, porque eso ya sería completar el día de disgustos.  El niño corriendo fue a ver cómo estaba la tortuga, pero había sobrevivido a la caída. La madre suspiró. 
Repetidas veces el niño intento hacer volar la tortuga, tal y cómo había hecho su madre, sin ningún éxito. Abatidos la madre dijo de ir a la única terraza que había abierta y se tomaron un helado, a pesar de ser invierno, necesitaban algo dulce, para endulzar ese día tan amargo. La madre de vez en cuando iba mirando el móvil y se indignaba cada vez que lo hacía, porque su marido no había contestado a la foto enviada, como si no se preocupase por ellos, por la ilusión de su hijo. Disimulaba delante de su hijo con sonrisas fingidas, le colocó un pelo tras la oreja y le dijo que ya habría tiempo para echar a volar la tortuga, que como era una tortuga estaría invernando. El niño esbozó una tímida sonrisa y con el humor que le caracterizaba dijo, pues la próxima vez haré una mariposa, para que así sí que vuele, y rieron. La madre vio que eran pasadas las doce y tendría que ir para casa, para ir haciendo la comida. Con pena le dijo a su hijo que tenían que ir yéndose. Cuando el camarero trajo la cuenta y vio la cometa, le dijo al niño si la había hecho volar, pero el niño con los ojos brillantes le dijo un rotundo no. El camarero que era un chico joven, no entendió la negativa del niño y siguió hablando, diciendo que él cuando libraba siempre venía aquí con su cometa y bla, bla, bla. Para el niño era un hombre que no callaba y encima podía hacer volar cometas, mientras él no, pero para la madre fue la solución a aquel día. Le dijo al niño que ahora venía que iba al baño, y fue con el camarero para que le explicase cómo podía hacer volar la cometa, le dio un par de trucos: cómo saber de dónde venía el viento, no sacar todo el hilo, si no ir haciéndolo poco a poco a medida que corrías, entre otras cuestiones. La madre agradecida, casi le da un abrazo, pero se contuvo y le dio una buena propina.

Al salir vio al niño ya en pie que al verla ya se dirigía al coche y esta con un silbidito le dijo que viniera que se le había ocurrido una cosa. El niño ya estaba cansado de probar y probar, para nada y lo único que quería era irse.  

Cuando el niño se acercó la madre le arrebató la cometa, sabiendo que el niño ya no iba a hacer ningún intento más, al no ser que viera que era posible. Ella siguiendo los consejos del camarero, se puso a correr como una loca. El niño se le quedó mirando como un pasmarote, sin saber qué hacía su madre, hasta que casi se le salieron los ojos de las órbitas, al ver que su madre estaba consiguiendo su sueño y poco a poco una tímida sonrisa fue asomando, hasta que esa tímida sonrisa se convirtió en una carcajada y fue tras la madre, queriendo ser él quien aupase a su tortuga a los cielos.

El padre que de reojo había visto que le había llegado una notificación en el móvil, cuando vio que todo el equipo estaba más que manos a la obra. Abrió en su despacho el mensaje y vio en la pantalla del móvil a su hijo caminando por la arena de la playa con su cometa. Con una mano temblorosa aguantaba el móvil, con la otra se masajeaba las sienes, como intentando pensando qué hacer. Sin pensárselo más veces, volvió a mirar la foto, vio el faro de la playa donde siempre iba, cogió del cajón las llaves del coche y se fue sin decir nada a su equipo. Solamente dejando un post-it encima de la mesa: “Si me necesitáis me podéis localizar en el móvil, ahora necesito tomar el aire y cumplir una promesa”.
Con decisión y antes de que la razón le paralizase, siguió los pasos de su corazón y se dirigió al coche.  Por el camino pensaba en cuantas promesas había incumplido su padre en el pasado y no quería convertirse en los sueños rotos de su hijo, además, sin decírselo a nadie para no desmotivarles, sabía que era imposible sacar el proyecto en unas horas, así que antepuso algo que debería haber hecho antes.

Las gaviotas anunciaban que se acercaba al lugar donde estarían su hijo y su mujer. Sabía que no sería recibido con los brazos abiertos, porque él mismo no lo había hecho cuando su padre aparecía al final de cada partido, como si hubiera estado durante todo el juego. Pero, tenía que intentarlo.


Aparcó al lado del coche de su mujer y se alegró de saber que aún estaban allí. Miró al cielo como pidiendo ayuda y allá bailando con las nueves vió algo naranja, la tortuga de su hijo. ¡Lo había conseguido! Sin él, pero estaba haciendo volar su tortuga. Esa no era la señal que esperaba recibir del cielo, pero se le iluminaron los ojos al ver que los sueños eran posibles.  Siguió el rastro de la tortuga, como si le fuera a guiar hacia su objetivo: su familia, y así lo hizo. Antes de abrir la boca y plantarse ante ellos, desde la lejanía comprobó que la tortuga, la cometa, seguía volando sin detenerse, a pesar del poco viento que hacía, y se dio cuenta que el tiempo volaba tan rápido o más que la cometa, pero que los momentos felices quedarían grabados en la retina como el paso de una tortuga, a cámara lenta. 


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